Capítulo 1 de 12
Este texto es la primera entrega de una serie de doce capítulos dedicados a explorar la meditación, el silencio y la experiencia de estar presentes.
A lo largo de estos capítulos no pretendo ofrecer un método cerrado ni una nueva técnica de meditación. La propuesta es mucho más sencilla: detenernos, observar e investigar nuestra propia experiencia.
Comenzamos con una pregunta aparentemente elemental:
¿Qué es meditar?
Parece una pregunta sencilla. Todos tenemos una idea más o menos formada sobre la meditación.
Hemos leído, escuchado a alguien hablar de ella o quizá llevamos años practicando. Sin embargo, si por un momento dejamos a un lado todo lo aprendido, la pregunta continúa abierta.
A mí me gusta entender la meditación como una herramienta que nos permite parar, atender, investigar y experimentar. Es algo parecido a un microscopio: dependiendo de las lentes que utilicemos y de hacia dónde dirijamos la mirada, podremos observar diferentes aspectos de nuestra experiencia.
Podemos sentarnos y atender a la respiración, sentir el cuerpo, observar los pensamientos o permanecer en silencio. También podemos utilizar una pregunta o seguir una práctica determinada.
Hay muchas formas de aproximarse a la meditación, pero, antes de decidir qué forma es la correcta, quizá podamos hacer algo mucho más sencillo: parar y observar qué sucede.
Parece fácil.
Nos sentamos, cerramos los ojos y permanecemos quietos. Desde fuera, probablemente, ofrecemos una imagen bastante convincente de alguien meditando. Por dentro, sin embargo, puede estar sucediendo cualquier cosa.
«Tengo que hacer esto.»
«Después he de llamar a alguien.»
«¿Dónde iremos de vacaciones este verano?»
«Todavía no hemos hecho la reserva.»
Y el discurso continúa.
Es posible permanecer completamente quietos y, al mismo tiempo, recorrer medio mundo con el pensamiento.
Recordamos una conversación, imaginamos otra que todavía no ha sucedido, discutimos mentalmente con alguien y, unos segundos después, estamos organizando lo que haremos mañana. El cuerpo permanece sentado y nosotros, aparentemente, también. Sin embargo, ¿dónde estamos?
Quizá por eso me interesa tanto el acto de parar. No porque al detenernos desaparezcan los pensamientos ni porque entremos inmediatamente en un estado de silencio, sino porque parar nos permite observar.
Pero para detenernos tienen que darse ciertas condiciones.
Cuando estamos en una situación de supervivencia resulta muy difícil sentarse a investigar la propia experiencia. Si no sabemos qué comeremos mañana, estamos huyendo de una guerra o nuestra vida corre peligro, probablemente no tengamos demasiada disponibilidad para observar cómo aparece un pensamiento.
Primero sobrevivimos.
Cuando las condiciones lo permiten, aparece otra posibilidad: parar. Entonces podemos empezar a percibir movimientos que, en medio de la actividad cotidiana, pasan fácilmente desapercibidos. Quizá descubrimos que la mandíbula está tensa, que la respiración cambia o que ha aparecido una molestia en la espalda. Una imagen cruza la mente y, casi inmediatamente, el cuerpo responde.
No se trata de comprenderlo todo. Podemos empezar por darnos cuenta.
Aquí la meditación puede empezar a incomodarnos. A veces hablamos de ella de una forma demasiado idílica. Parece que uno se sienta, respira y entra en un maravilloso estado de paz. Puede suceder, por supuesto. Podemos experimentar calma, tranquilidad e incluso momentos profundamente agradables, pero también puede aparecer inquietud.
Empieza a dolernos la espalda, se nos duerme una pierna, nos molesta el cuello y, poco después, aparece «la loca de la casa»: esa actividad mental que salta de un pensamiento a otro y parece tener siempre algo que comentar.
También esto forma parte de lo que está sucediendo.
Podemos levantarnos y pensar que, para estar así, meditar no tiene demasiado sentido. O podemos permanecer un poco más, no para luchar contra los pensamientos, obligarnos a estar quietos o conseguir que la experiencia cambie, sino simplemente para observar.
¿Cómo aparece un pensamiento? ¿Qué sucede en el cuerpo cuando surge? ¿De qué manera una imagen puede modificar la respiración? ¿Cómo pasamos de una sensación a una historia? ¿Qué ocurre justo antes de movernos?
No hace falta responder inmediatamente. Podemos investigar.
Para mí, la meditación tiene mucho de esta forma de observar. Sin embargo, estamos acostumbrados a hacer cosas para obtener resultados. Aprendemos una técnica para mejorar, practicamos para avanzar y nos esforzamos para llegar a algún lugar. Es fácil trasladar exactamente el mismo movimiento a la meditación.
Queremos hacerlo bien, progresar, liberarnos de nuestros patrones, alcanzar el silencio o llegar a algún lugar. Incluso cuando nos sentamos sin hacer nada, podemos estar completamente ocupados intentando conseguir algo.
La mente tiene una extraordinaria capacidad para convertir cualquier propuesta en una tarea.
Quizá no necesitemos luchar contra ese movimiento. Podemos verlo, sentarnos, permanecer y observar qué está sucediendo. El cuerpo respira, aparece un sonido y surge un pensamiento. Quizá sentimos calma. Quizá no.
No necesitamos buscar una experiencia especial ni convertirnos en otra persona. Tampoco necesitamos responder todavía a la pregunta con la que hemos empezado.
¿Qué es meditar?
Podemos dejarla abierta. Hay preguntas que no necesitan ser resueltas inmediatamente; algunas pueden acompañarnos durante mucho tiempo.
Quizá el primer movimiento consista simplemente en reconocer nuestra necesidad constante de llegar, verla y permanecer un momento aquí, tal como es.
Sin buscar nada.
Quizá meditar empiece ahí.
Este texto forma parte de una serie de doce capítulos dedicados a la meditación, el silencio y la investigación de nuestra propia experiencia.
Próxima entrega: Capítulo 2. «No estamos solos»
