Capítulo 10 de 12
Va la décima entrega de la serie. Las anteriores iban de un vocabulario y de sus trampas: el silencio, la conciencia, la no dualidad, y la última avisaba de lo que pasa cuando todo eso se convierte en una posición. Esta vuelve al sitio más simple: alguien sentado, una campana que suena, y una pregunta que aparece justo después.
Se pregunta cuándo consideramos que estamos meditando y cuándo creemos haber salido. Y termina donde termina cualquier sesión, antes o después: de pie.
En muchas de las sesiones que comparto, en el silencio que comparto, doy un toque de final con la campana. Pero a veces sigo con el silencio un buen rato y vuelvo a tocar la campana.
Una de las personas que asistía al seminario comentó que después del sonido de la primera campana empezó a darse cuenta con más claridad de lo que sucedía. Sentía los pies, percibía si se movían y reconocía momentos de alteración y otros de quietud. Había más pensamientos y, al mismo tiempo, una percepción más clara de la experiencia. Entonces apareció una duda:
No sabía si eso seguía siendo meditación.
Tenemos una imagen clara de alguien meditando. Está sentado, quieto, probablemente con los ojos cerrados y, si puede ser, con una expresión serena. Desde fuera parece que todo está en su sitio.
Cuando el cuerpo empieza a moverse, en cambio, podemos sentir que algo se ha roto. Cambiamos de posición, abrimos los ojos, sentimos los pies y quizá pensamos que hemos salido de la meditación.
¿Pero salido de dónde?
Parar puede ayudarnos a reconocer movimientos que, en medio de la actividad cotidiana, pasan fácilmente desapercibidos. Sentimos el cuerpo, percibimos impulsos y observamos cómo una sensación puede conducir hacia una acción.
La quietud nos ayuda a verlo.
Pero el movimiento también forma parte de la experiencia.
En aquella práctica, la primera parte había sido más formal. La persona permanecía sentada y sentía que tenía que sostener la meditación. Después del sonido de aquella segunda campana, la forma empezó a aflojarse. Aparecieron más sensaciones y más pensamientos, pero también una percepción más nítida de lo que sucedía.
Le pregunté cómo se encontraba.
«Mejor», respondió.
Le dije que justamente eso era meditar: había dejado de intentar hacer meditación y estaba dándose cuenta. La segunda parte no era mejor porque hubiera alcanzado otro estado, sino porque la atención estaba más viva y el esfuerzo había disminuido.
Esto me interesa porque solemos relacionar la meditación con determinadas condiciones. Si hay pocos pensamientos, el cuerpo está tranquilo y sentimos calma, pensamos que estamos meditando. Cuando aparece inquietud o movimiento, empezamos a dudar.
Pero la atención no desaparece necesariamente cuando el cuerpo se mueve.
Podemos sentir un pie.
El pie se mueve.
Y podemos reconocer el movimiento.
No necesitamos detenerlo para poder percibirlo.
Hay una secuencia muy sencilla: sensación, impulso y acción.
Muchas veces todo sucede tan deprisa que lo vivimos como un único movimiento. Aparece una molestia y ya hemos cambiado de posición; sentimos algo y ya estamos haciendo.
Cuando permanecemos quietos, esa secuencia puede hacerse más visible. Pero tarde o temprano el impulso desemboca en una acción y el cuerpo se mueve.
¿Qué sucede entonces con la atención?
Quizá ahí empieza otra parte de la práctica.
Mientras estamos sentados podemos crear unas condiciones favorables. Reducimos estímulos, permanecemos en un lugar y dedicamos un tiempo a observar. No necesitamos responder a demasiadas cosas y, durante un rato, nuestra vida se simplifica.
Pero no podemos vivir siempre así.
Tendremos que levantarnos.
Y en cuanto nos levantemos aparecerá una enorme cantidad de información. El equilibrio cambia, los músculos responden, dirigimos la mirada hacia algún lugar y quizá recordamos inmediatamente algo que tenemos que hacer. Unos segundos después estamos caminando y, poco más tarde, puede que hayamos olvidado completamente que estábamos observando.
No pasa nada.
No hemos perdido un estado que debamos recuperar.
Quizá simplemente la experiencia se ha vuelto más compleja y nuestra atención ha sido absorbida por aquello que hacemos.
Esto sucede continuamente. Podemos caminar de una habitación a otra y no sentir un solo paso.
Llegamos a la cocina, abrimos un armario y, de repente, nos preguntamos qué habíamos ido a buscar.
El cuerpo ha realizado todo el recorrido.
Nosotros estábamos ocupados en otra parte.
No creo que debamos convertir cada movimiento en una práctica de atención. Sería agotador caminar todo el día pensando: «Ahora levanto el pie, ahora lo apoyo, ahora siento la pierna». La meditación caminando permite observar con mucha precisión cada fase del movimiento, pero no hace falta vivir permanentemente vigilando el cuerpo.
La cuestión es otra.
¿Puede el darse cuenta aparecer también mientras nos movemos?
Podemos estar caminando y, de repente, sentir los pies. No porque hayamos decidido hacer una práctica, sino porque durante un instante reconocemos el contacto con el suelo. Quizá estamos hablando con alguien y percibimos que la mandíbula se ha tensado. Seguimos en la conversación, pero algo ha sido visto.
No necesitamos detener inmediatamente lo que hacemos.
Esto cambia un poco la relación con la meditación. Si creemos que únicamente meditamos cuando estamos sentados, la práctica queda limitada a un tiempo y a unas condiciones determinadas. Nos sentamos durante media hora, meditamos y después volvemos a la vida.
Pero ¿qué significa volver a la vida?
La respiración que observábamos sentados continúa mientras caminamos. El cuerpo que sentíamos sobre el cojín sigue respondiendo cuando hablamos con alguien. Los pensamientos no desaparecen al abrir los ojos y las emociones continúan modificando nuestra experiencia.
No hemos entrado en otro mundo.
Simplemente hay más movimiento.
Quizá por eso paramos. No porque la quietud sea superior, sino porque el movimiento nos arrastra con mucha facilidad.
Cuando reducimos la actividad podemos empezar a reconocer cosas que, en medio de la inercia, suceden demasiado deprisa.
Aprendemos a sentir.
A percibir.
A darnos cuenta.
Después nos movemos.
Y comprobamos qué sucede.
No como un examen. No tenemos que mantener un estado de presencia mientras caminamos ni demostrar que podemos estar atentos en cualquier situación. Probablemente nos perderemos muchas veces.
Estamos hablando con alguien y, cuando nos damos cuenta, llevamos varios minutos preparando nuestra respuesta en lugar de escuchar. Caminamos por la calle mientras repasamos una conversación y llegamos a un lugar sin apenas recordar el recorrido. Nos enfadamos y quizá solo reconocemos la tensión del cuerpo cuando ya hemos dicho aquello que queríamos decir.
Eso también forma parte de la experiencia.
El darse cuenta puede aparecer antes, durante o después.
A veces percibimos el impulso antes de actuar. Otras veces reconocemos lo que sucede mientras estamos completamente dentro de la acción. Y muchas veces lo vemos después.
No creo que tengamos que establecer una jerarquía.
Evidentemente, reconocer un movimiento antes de actuar puede abrir posibilidades, especialmente cuando nuestra acción puede dañar a alguien. Pero convertir la atención en una vigilancia permanente también puede alejarnos de la experiencia.
No necesitamos estar continuamente mirándonos.
Podemos vivir.
Hay momentos en los que la acción necesita toda nuestra participación. Si estoy tocando la guitarra, no quiero observar cada movimiento de mis dedos desde una especie de torre de vigilancia interior. Quiero tocar. Si bailo, puedo sentir el cuerpo sin tener que supervisar cada gesto.
Quizá el darse cuenta no consiste siempre en crear una distancia respecto a lo que sucede.
Podemos estar completamente dentro de una acción y, aun así, no estar ausentes.
Esto resulta difícil de explicar porque el lenguaje vuelve a crear dos lugares: alguien que se da cuenta y algo de lo que se da cuenta. No hace falta resolver ahora esa dificultad.
Podemos volver a algo mucho más sencillo.
El pie se mueve.
Hay movimiento.
La experiencia continúa.
En aquella práctica del seminario, la pregunta «¿estoy meditando o no?» parecía surgir porque la forma anterior había empezado a aflojarse. Mientras permanecemos quietos tenemos referencias claras.
Cuando esas referencias cambian, necesitamos saber si continuamos dentro de la práctica.
Pero quizá no haya un dentro y un fuera tan definidos.
Nos sentamos y después nos levantamos. Permanecemos en silencio y más tarde hablamos. Hay momentos de mucha claridad y otros en los que estamos completamente absorbidos por nuestros pensamientos.
Todo cambia.
La capacidad de darnos cuenta también parece cambiar. A veces es muy evidente y otras apenas aparece. No necesitamos convertirla en una presencia constante que debamos mantener.
Si nos damos cuenta, nos damos cuenta.
Y la vida continúa.
Por eso me cuesta entender la meditación como algo que sucede únicamente sobre un cojín. El cojín puede ayudarnos mucho. La postura, el silencio y el tiempo dedicado a sentarnos crean unas condiciones que permiten observar con mayor claridad.
Pero la práctica no puede depender completamente de que esas condiciones permanezcan.
En algún momento abriremos los ojos.
Moveremos un pie.
El cuerpo cambiará de posición.
Y nos levantaremos.
Quizá entonces descubramos que no hemos salido de ningún sitio.
Tarde o temprano tendremos que levantarnos.
Este texto forma parte de una serie de doce capítulos sobre la meditación, el silencio y la exploración directa de nuestra propia experiencia.
Próxima entrega: Capítulo 11. «La quietud no se construye»
Del libro «El Ferrari Espiritual», sección «Tarde o temprano tendremos que levantarnos».
