Dejar la forma

Dejar la forma

Capítulo 5 de 12

Al principio necesitamos una forma.

Nos sentamos de una determinada manera, colocamos el cuerpo, cerramos los ojos o los dejamos entreabiertos y dirigimos la atención hacia algún lugar. Quizá observamos la respiración, sentimos los pies o utilizamos una pregunta. Hay una intención y una cierta disposición que nos ayudan a entrar.

La forma es útil.

El problema puede aparecer cuando empezamos a confundirla con la meditación.

Podemos llegar a pensar que meditamos porque estamos sentados de una determinada manera o porque hemos conseguido mantener la atención durante cierto tiempo. Si aparecen demasiados pensamientos, creemos que algo no está funcionando; si el cuerpo se inquieta, intentamos corregirlo y, si un día experimentamos una profunda calma, recordamos las condiciones en las que ocurrió para intentar reproducirlas la próxima vez.

Poco a poco, la forma puede convertirse en una garantía: hago esto y debería suceder aquello.

Pero la experiencia no siempre responde como esperamos.

Podemos sentarnos de la misma manera dos días seguidos y encontrarnos con situaciones completamente distintas. Un día el cuerpo está tranquilo y otro aparece inquietud. A veces la atención parece reunirse con facilidad y, en otras ocasiones, la mente salta de un pensamiento a otro sin apenas descanso.

Entonces empezamos a corregir.

Modificamos la postura, volvemos a la respiración, ponemos más atención o buscamos otra técnica.

Pensamos que quizá no hemos encontrado todavía la manera correcta de hacerlo y que, si conseguimos ajustar suficientemente la práctica, algo terminará sucediendo.

No estoy diciendo que las técnicas no sean útiles. Lo son.

Tampoco que la postura no tenga importancia o que dé exactamente igual cómo nos sentemos. Necesitamos una cierta estructura, especialmente al principio.

Si quiero aprender a tocar la guitarra, tendré que colocar los dedos, repetir movimientos y practicar.

Hay una forma. No puedo coger el instrumento por primera vez y esperar que la música aparezca simplemente porque me he abandonado al momento presente.

Primero practico.

Durante un tiempo necesito prestar atención a cada movimiento. Miro dónde coloco los dedos, repito un acorde y vuelvo a empezar cuando algo no suena como esperaba. Poco a poco, el cuerpo aprende.

Aquello que al principio necesitaba una enorme cantidad de atención empieza a incorporarse y llega un momento en que, mientras toco, ya no puedo continuar pensando conscientemente en cada dedo.

Si lo hago, probablemente la música no fluya demasiado.

La técnica no ha desaparecido. Los dedos continúan colocándose en las cuerdas y todo lo aprendido sigue presente, pero mi relación con la forma ha cambiado. Ya no necesito dirigir cada movimiento de la misma manera.

Con la meditación puede ocurrir algo parecido.

Nos sentamos, sentimos el cuerpo y llevamos la atención hacia la respiración o hacia aquello que hayamos elegido como referencia. Si nos perdemos completamente en un pensamiento, en algún momento nos damos cuenta y volvemos.

Hay una intención y, al principio, también un cierto esfuerzo.

Pero quizá llegue un momento en que podamos dejar de sostener cada parte de la experiencia.

Esto puede resultar extraño porque estamos muy acostumbrados a intervenir. Si la mente se dispersa, queremos recuperarla; si aparece tensión, intentamos relajarla; si sentimos sueño, procuramos estar más despiertos. Siempre parece haber alguien vigilando y corrigiendo lo que sucede.

A veces esa intervención es necesaria. Si estamos completamente adormecidos, quizá debamos abrir los ojos o cambiar de posición. Si el cuerpo necesita atención, lo atendemos. No se trata de adoptar una actitud pasiva ante todo.

La cuestión es más sutil.

¿En qué momento la intervención deja de ser necesaria y, sin embargo, continuamos sosteniéndola?

Es posible estar sentados, atentos y presentes y seguir haciendo pequeños ajustes interiores para asegurarnos de que la meditación continúa correctamente. Comprobamos la respiración, observamos si estamos suficientemente presentes y vigilamos que la mente no se aleje demasiado.

Es agotador.

Hay una especie de meditador dentro de la meditación intentando que todo permanezca en su sitio.

Y quizá, en algún momento, podamos aflojar.

No hacer nada.

La frase parece muy sencilla, aunque la mente puede complicarla inmediatamente. Escuchamos «no hacer nada» y enseguida intentamos realizar la acción de no hacer.

Ahora tengo que abandonarme.

Tengo que soltar.

Tengo que dejar de intervenir.

Y ya estamos otra vez ocupados.

Me recuerda a una conocida viñeta de Quino. Mafalda presenta a Libertad y a Susanita. Libertad comenta que le gusta la gente simple y Susanita responde, encantada de sí misma, que ella es increíblemente simple. Entonces Libertad se vuelve hacia ella y le exige: «¿Ah, sí? ¡A ver, demostrámelo!»

La gracia está precisamente ahí.

¿Cómo se demuestra que uno es simple?

En el momento en que intentamos realizar la acción de ser simples, probablemente ya hemos complicado bastante el asunto.

Con el no hacer sucede algo semejante. Queremos saber cómo hacerlo, qué sensación debería aparecer o qué tenemos que soltar exactamente. Buscamos una instrucción que podamos seguir y, sin darnos cuenta, convertimos el abandono en otra tarea.

Quizá no sea algo que podamos realizar directamente.

Podemos crear unas condiciones. Nos sentamos, dedicamos un tiempo, sentimos el cuerpo y atendemos. Todo eso forma parte de nuestra disposición. Después puede llegar un momento en que ya no necesitemos empujar continuamente la experiencia.

La forma ha cumplido su función.

No tenemos que expulsarla ni decidir solemnemente que a partir de ahora meditaremos sin forma. La respiración continúa, el cuerpo sigue sentado y la atención está ahí. Simplemente dejamos de sujetar con tanta fuerza aquello que nos ha permitido entrar.

Esto no ocurre siempre de la misma manera. Habrá días en los que necesitemos volver muchas veces al cuerpo o a la respiración. Otros días puede aparecer una cierta estabilidad con bastante rapidez. No creo que podamos establecer una norma.

También podemos abandonar la forma demasiado pronto.

Nos sentamos, respiramos dos veces y decidimos que ya estamos preparados para permanecer en la no acción, mientras la mente continúa a la misma velocidad con la que llegó.

Tampoco se trata de eso.

También hay una implicación por nuestra parte. Nos hemos sentado porque hemos decidido parar y dedicar un tiempo a la práctica. No esperamos que todo suceda mágicamente.

La paradoja es que ponemos una intención para poder dejar de sostenerla.

Quizá por eso resulta tan difícil explicarlo. Estamos acostumbrados a pensar que, si algo funciona, debemos continuar haciéndolo. Si atender a la respiración nos ayuda a reunir la atención, seguimos vigilando la respiración. Si sentir el cuerpo nos permite salir durante un momento del discurso mental, intentamos mantener continuamente la sensación corporal.

La herramienta que nos ayudó a entrar puede convertirse en el lugar donde permanecemos.

No hay nada incorrecto en ello. Existen prácticas construidas alrededor de la atención a la respiración, la repetición de una oración o un mantra, y pueden tener una enorme profundidad.

No necesitamos abandonar una forma simplemente porque exista la posibilidad de soltarla.

Aquí estamos investigando otra cosa.

Estamos observando nuestra necesidad de sostener.

Incluso cuando la experiencia no necesita ya nuestra intervención, podemos continuar dirigiéndola.

Quizá porque hacer nos resulta conocido. Sabemos cómo concentrarnos, cómo volver y cómo corregirnos. En cambio, dejar de intervenir nos sitúa en un lugar mucho menos controlable.

No sabemos qué sucederá.

Puede aparecer silencio o puede surgir un pensamiento. Quizá el cuerpo permanezca tranquilo o empiece a inquietarse. La experiencia deja de responder al programa que habíamos preparado.

Y ahí podemos sentir la tentación de recuperar rápidamente la forma: volver a la respiración, concentrarnos, hacer algo.

A veces será necesario. Otras veces quizá podamos permanecer un poco más sin corregir inmediatamente lo que sucede.

No para conseguir una experiencia más profunda.

Simplemente para observar qué ocurre cuando dejamos de sujetar.

La forma nos ha permitido parar, reunir la atención y reconocer algunos de nuestros movimientos. Nos ha traído hasta aquí.

Pero una puerta no es el lugar al que queremos llegar.

Podemos agradecer que esté ahí, utilizarla y atravesarla.

Después, quizá, ya no necesitemos continuar agarrados al marco.


Este texto forma parte de una serie de doce capítulos sobre la meditación, el silencio y la exploración directa de nuestra propia experiencia.

Próxima entrega: Capítulo 6. «¿Quién observa?»


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