Transcripción de una sesión matinal de meditación
— Hagamos una cosa: hoy hablemos de agradecer y de celebrar. — ¿De fiestas? — No, de lo que significa celebrar que estamos vivos. De esas pequeñas celebraciones de cada día. — Como este encuentro que hacemos por las mañanas.
Hay muchos motivos. Celebrar es importante. Pero, ¿qué relación hay entre celebración y agradecimiento?
Celebrar es entrar en el agradecimiento
Cada vez que celebramos, lo hacemos porque estamos contentos por algo. En sí misma, la celebración no deja de ser un ritual, una manera de agradecer una situación determinada.
Estamos acostumbrados a agradecer cuando las cosas ya han pasado, cuando ya son reales. Y dentro de la experiencia de vida, una de las claves es aprender a agradecer también por aquello que todavía no ha sucedido.
Cuando estamos en procesos de cambio, a menudo entramos en la dinámica de comparar, de especular o de tener miedo ante lo desconocido por venir, y terminamos centrándonos más en la incertidumbre que en el agradecimiento. Una de las cosas importantes es poder agradecer también aquello que todavía no conocemos.
En este instante llevamos en nosotros toda la memoria y la experiencia de la humanidad. Crecemos, evolucionamos, y nuestra reactividad a veces responde a una programación inconsciente que no siempre es la más adecuada para nosotros. ¿Cómo sabemos que esa programación no funciona? Para mí es simple: el no ser capaz de agradecer es la señal de que algo interno necesita revisarse.
Más allá del dar y recibir
El agradecimiento es uno de los atributos más importantes que tenemos como humanos, aquí y ahora. El problema es que arrastramos un patrón muy transaccional: si me das esto, te lo agradezco; si no, no. Vale la pena revisar ese automatismo. El agradecimiento real va mucho más allá de una cuestión de intercambio; es un estado profundo del corazón por el simple hecho de lo que la vida nos ofrece.
Lo vi de pequeño en casa. Mi abuela era una mujer sabia, entregada a su fe, que, tras pasar por situaciones de vida bastante duras, nunca perdió su actitud de agradecimiento interno. De mi madre no recuerdo haber oído jamás una palabra crítica hacia nadie; estaba agradecida por el simple hecho de poder seguir adelante. No recuerdo que me lo explicaran como una filosofía; simplemente las vi vivir así.
Y es que, viéndolas a ellas, entiendo que somos capaces de imaginar que podemos cambiar, de sentirlo y de permitir que ocurra, estando agradecidos por la transformación aunque aún no sepamos cuál será el fruto. Al fin y al cabo, a nivel interno, la manera en que percibimos la vida depende de nosotros.
Entonces, ¿significa esto que el dolor desaparece por arte de magia o que se puede elegir no sufrir ante una enfermedad grave, una pérdida o una violencia real? No exactamente. El dolor, cuando es real, es real. Lo que sí tenemos es un margen de maniobra: la manera en que nos relacionamos con lo que nos pasa, aunque no hayamos elegido que nos pase.
Cuando decides vivirlo de otra manera, lo único que queda es soltar y permitir que la acción sea fácil, que suceda por sí misma. Dejar que el agradecimiento ocupe todo el espacio y hacer de cada instante una celebración.
Todo se transforma
La experiencia de lo que sentimos a nivel interno va más allá de todo lo que pueda estar pasando fuera (aunque aquí al lado haya excavadoras haciendo un agujero para construir un edificio, eso también forma parte del momento).
Para entenderlo, me ayuda ver la experiencia como una proyección de la mente que no podemos atrapar. En el momento en que intentamos agarrar un instante, desaparece; cambia constantemente. Y lo mismo pasa con el sufrimiento y con el miedo básico por nuestra seguridad: tampoco se pueden sostener mucho tiempo. Todas las situaciones, tarde o temprano, son insostenibles.
A veces nos aferramos a lo conocido por miedo a lo nuevo, pero el cambio y la muerte de cada instante forman parte constante de nuestra existencia. Y aunque esto nos asuste porque pensamos en nuestra propia finitud, en realidad es una gran ventaja: nos permite ver la ilusoriedad de lo superfluo y nos invita a profundizar en lo que somos realmente, más allá de lo que aparece y desaparece.
Cuando observamos lo que nos perturba sin juicio ni interpretación, permitiendo que se vaya diluyendo por sí mismo, aparece un espacio de coherencia interna mucho más profundo.
El espacio del silencio
¿Qué hacemos con todo esto? Llevarlo a la práctica. Este es el momento de agradecer, justamente dentro del espacio desconocido.
Nos sentamos, sentimos, observamos y soltamos. Soltar es una decisión. Cuando surge un pensamiento o una experiencia que me descentra, suelto. Simplemente soltar la sensación de lo que estoy pensando.
(Nos permitimos un espacio de silencio, soltando…)
Para mí, agradecer forma parte de mi manera de vivir. Desde el momento en que me hago responsable de mí mismo y de lo que siento, cada instante es una oportunidad de aprender. No clasifico los estados emocionales en buenos o malos —sé que son temporales y se diluirán—; solo me centro en atender el momento presente para seguir experimentando la vida.
Hay una frase que me acompaña a menudo:
«Gracias por los dones del día, todavía no manifestados.»
Imaginémonos vivir con esa actitud: sentirla, y dejar que esos dones que todavía no vemos, simplemente se manifiesten.
Gracias. Un abrazo, hasta mañana.

2 respuestas a “Agradecer lo que todavía no ha pasado”
Gràcies Alfons!!!
Gràcies Alfons per recordar-ho