El caos ordenado, el silencio eléctrico y la libertad de perderse

Llegué a Shanghái un 21 de mayo a las seis de la tarde. Tras dejar atrás Xi’an, lo primero que te descoloca al llegar aquí es el choque con la luz y el tiempo. China funciona oficialmente con una única zona horaria, la Hora Estándar de China, la de Pekín, así que en ciudades tan al este como Shanghái el sol se adelanta bastante respecto a lo que uno esperaría por posición geográfica.
Al llegar a Shanghái, nada más salir de la parada de metro para ir al hotel —el Campanile Shanghai Bund, muy bien ubicado— me topé con un barco gigantesco en medio de la ciudad. Resultó ser un centro comercial, pero la estampa impresiona muchísimo. Dejé mi mochila y salí a explorar. Viajo siempre con lo mínimo para no facturar, confiando en que encontraré lo que necesite en el camino. Viajar ligero te hace darte cuenta de la cantidad de cosas prescindibles que acumulamos; con un par de mudas vas sobrado, y más sabiendo que en muchos hoteles hay lavanderías donde puedes lavarte tú mismo la ropa.
Para comunicarme y escribir esto utilizo una eSIM internacional. En China existe lo que se conoce como el Gran Cortafuegos (Great Firewall), un sistema de filtrado y control digital que limita el acceso a muchas aplicaciones y servicios habituales si te conectas con una wifi o una SIM local. Mi eSIM, al funcionar por itinerancia internacional, me permitía saltarme ese muro sin problemas, aunque muchas marcas lo vendan como si llevaran una VPN integrada. Eso sí, tener un número de teléfono chino va muy bien para ciertas actividades o para comprar entradas online, porque muchas veces te piden un número local para verificar. Por suerte, la gente aquí es resolutiva: si ven que eres extranjero y no tienes número, a veces los propios taquilleros ponen el suyo personal o el de la empresa y te venden el ticket igualmente.
Como no había comido nada desde que salí de Pingyao a las diez y media de la mañana, mi prioridad era buscar un restaurante. Shanghái tiene una oferta culinaria de altísima calidad. Al lado de los típicos bares de barrio donde sirven fideos, wonton y comida tradicional, conviven locales espectaculares. El primero que me llamó la atención fue un restaurante japonés. Entré y la comida resultó ser excepcional. El ambiente era muy agradable y el chef, un japonés superatento, salía a la barra con la simpatía de un cocinero de alta cocina a preguntarte qué tal estaba todo.

Para rematar la noche, tocaba hacer el bautismo obligatorio de todo recién llegado: ir a ver el skyline desde el Bund, el famoso paseo junto al río. Ver esa línea infinita de rascacielos iluminados al otro lado del agua es impresionante. Había muchísima gente paseando y haciéndose fotos, pero la verdad es que en China se circula muy bien. No me está resultando una experiencia agobiante a nivel de multitudes, ni en las calles ni en el metro; el único sitio donde realmente sentí agobio fue en los Guerreros de Xi’an. Tras un paseo precioso empapándome de la vida nocturna de la ciudad, tocó volver al hotel a descansar.

Al día siguiente me levanté listo para seguir mi método favorito: moverme sin planes estrictos, descubriendo los rincones momento a momento. Después de la ducha, salí a buscar un sitio para desayunar. Acabé en una cafetería estupenda comiéndome un croissant de almendras digno de París. Y es que Shanghái tiene una fuerte herencia europea; la Concesión Francesa fue una zona bajo administración francesa desde 1849 y marcó el carácter urbano de la ciudad durante décadas, con una huella arquitectónica y cultural que todavía se nota en cafés, calles arboladas y edificios bajos. Esa mezcla se ha quedado grabada para siempre en el alma de la ciudad.

Con las fuerzas renovadas, caminé unos dos kilómetros hasta mi primer destino: el Templo Jing’an, el Templo de la Paz y la Tranquilidad. El contraste es notable: te encuentras un templo budista tradicional, precioso y enorme, encajonado y rodeado por gigantescos edificios modernos de cristal. Aunque hoy en día es una atracción turística, el lugar mantiene su mística intacta, con unas estatuas y columnas de madera que cortan la respiración. Ya que estaba allí, decidí unirme a los lugareños: compré unas varas, encendí el incienso en el enorme pebetero y me senté un rato a meditar ante el Buda, pidiendo por el beneficio y el bienestar de todos los seres. El budismo Chan, que más tarde se desarrollaría en Japón como Zen, tiene profundas raíces chinas y se consolidó a lo largo de siglos a través de monjes, traducciones y viajes de ida y vuelta entre culturas. Sus raíces empezaron a asentarse en China a partir de la dinastía Han y se desarrollaron mucho más tarde gracias a figuras como Xuanzang.


Al salir del templo, justo enfrente, me encontré con otro tipo de templo moderno: una macrotienda de Apple. Es curioso ver cómo la marca de la manzana mordida funciona de fábula aquí. De hecho, buena parte de los dispositivos que todos llevamos en el bolsillo se ensamblan en este país. Recordé que hay un libro excelente, Las factorías de Apple en China, que analiza precisamente cómo la exigencia tecnológica de Apple impulsó y transformó de arriba abajo el tejido industrial chino, sirviendo de molde para que luego surgieran muchas de sus propias marcas punteras.

Por la tarde decidí cambiar radicalmente de tercio y me dirigí al M50, en Moganshan Road. Es una antigua zona industrial de fábricas textiles reconvertida en el distrito de arte contemporáneo de la ciudad, repleto de galerías, talleres de diseño y cafeterías con encanto. Nada más llegar, me metí en un local precioso a comer algo de cocina tradicional, pero con una presentación moderna y sofisticada: una sopa de remolacha deliciosa, un pescado con verduritas fresquísimo y, cómo no, una cerveza local. Las cervezas aquí son suaves y ligeras, así que entran solas con el calor.

El distrito M50 me pareció un lugar fascinante para perderse. Las galerías se van fusionando unas con otras sin que te des cuenta, permitiéndote pulsar las tendencias artísticas de la juventud china. Es una cultura emergente brutal, que oscila entre cuadros surrealistas y propuestas vanguardistas hipermodernas. Si os gusta el arte, es una visita obligatoria; e incluso si no os apasiona, el sitio es curiosísimo, salpicado de grafitis impresionantes por todos los rincones.

Me llamó especialmente la atención un artista local cuyas ilustraciones mostraban figuras infantiles, hechas con una delicadeza y una gracia asombrosas; de esas piezas que no te importaría tener colgadas en casa.

Al salir de allí sentí la necesidad física de alejarme del asfalto. Los parques en Shanghái están cuidados al milímetro, con un césped impecable que parece una alfombra. Son auténticos pulmones verdes, pero tienen truco: no te dejan salir de los caminos pavimentados. Hay vigilantes por todos lados y, en cuanto intentas pisar la hierba, te llaman la atención al momento. Me quedé con unas ganas tremendas de caminar descalzo por la tierra, pero me lo apunté como misión para los días siguientes.

El 23 de mayo salí a explorar otra zona del barrio de mi hotel y me fijé en un detalle del que te das cuenta al pasear por cualquier urbe china actual: el fuerte peso de los vehículos eléctricos. Aquí las matrículas verdes suelen identificar a los vehículos de nueva energía y las azules a los de combustión, aunque la casuística exacta puede variar. Se ven muchísimas verdes. Esto hace que el ruido ambiental de la ciudad esté bastante atenuado; el tráfico apenas suena, solo escuchas el rodar de los neumáticos sobre el asfalto. Cuando pasa una moto o un coche de combustión antigua, te sorprende el ruido y el olor a humo, porque te acostumbras rápido a una atmósfera mucho más limpia. Por cierto, el orden vial tiene sus propias reglas: los coches respetan estrictamente los semáforos, pero peatones, bicicletas y motos comparten una especie de circulación más libre. Hay miles de bicicletas públicas repartidas por las aceras. Es un espectáculo ver cómo, a la hora de la salida del trabajo, oleadas de cientos de personas las cogen en masa para volver a casa.

Me preguntaba cómo se iban a cargar tantos coches si la mayoría del parque móvil fuese eléctrico, y resulta que ya han resuelto parte del problema con sistemas de cambio de batería en vez de recarga convencional. En algunos puntos entras en unos pequeños túneles automáticos y en menos de tres minutos te cambian la batería por una completamente llena. Lo interesante es que, en estos modelos, la batería no siempre pertenece al propietario del coche, sino que puede quedar vinculada al fabricante o al servicio. Todo eso no está aún extendido a todo el parque móvil, pero sí forma parte de una transición real y cada vez más visible. Yo me preguntaba dónde iban a ir a parar tantas baterías, porque a nivel de contaminación la acumulación podría ser brutal, pero parece que ya hay una lógica de reutilización y reciclaje bastante desarrollada.

Hoy en Shanghái hace muchísimo calor y una humedad ambiental pesada, así que me he ido perdiendo hacia el centro buscando un sitio para desayunar. En mi caminata he cruzado Nanjing Road, una calle peatonal larguísima, repleta de luces de neón y de tiendas de marcas internacionales. Para desayunar me he desviado por una callejuela buscando un sitio local y he acertado de lleno: me han servido una sopa de wonton deliciosa y unas gyozas a la plancha crujientes buenísimas.
He continuado andando hasta el Bund para ver el skyline de día, y es tan imponente como de noche.

Cruzar al otro lado del río, a la zona de Pudong donde están los rascacielos, no es tan evidente si vas a pie. Puedes ir en metro, claro, pero si quieres ir caminando tienes que buscar los embarcaderos del ferry público. Siguiendo la orilla del río en busca del ferry, he atravesado un parque increíble repleto de flores y árboles, con unas vistas espectaculares del skyline… pero de nuevo, custodiado por vigilantes para que nadie pise el césped.

El ferry funciona de maravilla y se paga directamente con la misma tarjeta de transporte del metro y el autobús. Al desembarcar en Pudong y plantarte bajo las torres, te das cuenta de su verdadera escala. Desde lejos impresionan, pero de cerca te sobrecoge la grandiosidad de la ingeniería humana.

Me he quedado un buen rato admirando la imponente Torre de Shanghái y la silueta de la Torre de la Perla Oriental desde las pasarelas elevadas que conectan los edificios. No he querido subir a los miradores, pero la perspectiva desde abajo ya vale muchísimo la pena.

Antes de regresar, he entrado en un centro comercial enorme —el primero de todo el viaje— y es una locura de dimensiones. Pisos y pisos llenos de tiendas de ropa, zonas gastronómicas de todo tipo y plantas enteras dedicadas al mundo freak y tecnológico.
Un consejo de supervivencia digital para vuestro viaje: no os preocupéis jamás por la batería del móvil. En muchos restaurantes, tiendas y centros comerciales hay estaciones públicas llenas de powerbanks. Solo tienes que escanear el código QR con Alipay o WeChat, dejas un depósito y te llevas la batería contigo. Cuando la devuelves en otra estación, te cobran solo el tiempo usado. Una comodidad absoluta.

Tras un merecido descanso por la tarde —con la inmensa fortuna de resguardarme justo cuando caía una monumental tormenta— decidí salir de nuevo a las seis y media.
Caminando sin rumbo fijo llegué a las grandes avenidas comerciales. Es un entorno espectacular donde conviven las marcas más famosas del mundo. Entré en una óptica que, lejos de parecer una tienda convencional, se asemejaba a un museo de arte cibernético y posmoderno.

Más adelante me crucé con uno de esos pasos de peatones masivos que emulan al famoso cruce de Shibuya en Japón: una marea humana cruzándose en forma de estrella con un dinamismo fascinante.
Una de las visiones más brutales del lujo contemporáneo me la encontré en una de estas avenidas comerciales: una imponente y vanguardista instalación de Louis Vuitton integrada en la arquitectura del propio centro comercial.

Al caer la tarde, las plazas y parques cobran vida. Aunque en Shanghái no he visto tanta actividad como en Pekín o Xi’an —probablemente porque los días lluviosos invitan a la gente a quedarse en casa—, sigue siendo hermoso observar a los grupos que se reúnen de forma espontánea en cualquier rincón para bailar ritmos de salón y danzas variadas. En esos instantes percibes la enorme importancia que tiene para los lugareños el hecho comunitario, el simple placer de juntarse y compartir el baile.

Hay algo que me llama poderosamente la atención de este país, y es su sistema de paquetería y mensajería. Hay un flujo constante de repartidores trasladando paquetes de un lado a otro. Lo asombroso es el profundo respeto por lo ajeno. Si el destinatario no está, los paquetes se dejan en las puertas de las casas o en estanterías abiertas en la calle a la vista de cualquiera. Nadie los toca. En Shanghái se vive una sensación de seguridad y tranquilidad ciudadana; puedes caminar a cualquier hora sin percibir el más mínimo peligro ni atisbo de altercado.

Al día siguiente amaneció gris. Mi plan original de dedicar la jornada a los museos, el arte y los teatros se vio condicionado por una lluvia persistente que nos acompañó casi sin tregua. Sin embargo, el agua no impidió que hiciera un gran hallazgo. Llevaba días preguntándome dónde compraba la gente la verdura, ya que en los puestos callejeros abunda la fruta pero apenas se ven hortalizas. Por fin, justo al lado del hotel, descubrí un mercado local con una fantástica exposición de tubérculos y las verduras autóctonas con las que cocinan habitualmente.

Desde allí me dirigí a Tianzifang, un laberinto de callejuelas tradicionales rehabilitadas. Aunque hoy en día es un lugar muy enfocado al turismo, ideal para comprar pañuelos de seda, tés o recuerdos, si buscas bien esconde pequeñas joyas. En un puestecito minúsculo, de apenas cuatro mesas y una cocina a la vista llevado por una gente encantadora, me comí los mejores jiaozi de todo mi viaje por China.


Una auténtica delicia oculta entre los callejones. Al salir, no me quedó más remedio que comprar un paraguas para poder seguir moviéndome. Apunté este rincón en mi memoria, pues sería el lugar perfecto para regresar el último día a hacer las compras y repetir esa maravillosa comida.
Continué mi ruta hacia el Teatro del Circo de Shanghái, del que hay muy buenas referencias. No obstante, al llegar vi una enorme cantidad de público infantil y excursiones escolares, por lo que preferí seguir deambulando por la zona. Mientras caminaba bajo la lluvia, empecé a fijarme en la estructura urbana. En Shanghái es muy común el modelo de los xiaoqu: núcleos residenciales de varios edificios que, aunque integran pequeñas calles comerciales, suelen estar vallados y cuentan con accesos controlados. No es que la ciudad esté cerrada, es que una parte importante de su tejido urbano está estructurada en comunidades muy delimitadas y seguras orientadas a los vecinos.
Para regresar, opté por tomar el autobús urbano, una forma fantástica de ver pasar la ciudad a cubierto. Cabe recordar como apunte logístico para turistas que para usar el autobús suele ser más cómodo llevar activada la tarjeta de transporte digital dentro de aplicaciones como Alipay, ya que a diferencia del metro, a bordo del bus no siempre hay opciones sencillas de compra física.
Antes de llegar al hotel, pasé junto a Zhangyuan, un complejo colonial de ladrillo visto bellamente restaurado. Es un barrio puramente fashion lleno de locales con mucho diseño y cafeterías ideales para resguardarse de la lluvia. Para comer, entré en uno de estos locales modernos de comida rápida digitalizada que tanto abundan aquí: entras, escaneas el código QR de tu mesa con Alipay o WeChat, seleccionas tu plato en el menú digital, pagas al instante y el personal te lo sirve directamente. Es un sistema sumamente eficiente, muy económico y donde la comida sigue estando deliciosa.
A las seis de la tarde ya estaba de vuelta en la habitación para descansar. En los viajes a veces ocurre esto: hay un descuadre constante entre las expectativas y la realidad; los planes que diseñas sobre el papel se rompen por la meteorología. Pero un día de lluvia también tiene su reverso positivo. Te regala una jornada de calma, de observación y de introspección. Estar de viaje te otorga la libertad de romper los planes y no hacer nada. Pero, al mismo tiempo, el clima o el entorno te condicionan, y es ahí donde te das cuenta de las ataduras de tu propio personaje. Estar fuera de tu espacio habitual, lejos de tu entorno laboral, social y de confort, actúa como un espejo limpio. Los patrones mentales de control y de limitación vuelven a surgir, pero al no estar en su escenario cotidiano, se vuelven mucho más evidentes.
El 25 de mayo amaneció despejado. Tras el día lluvioso, se agradecía. Ya tenía mi destino fijado: me fui directamente al Gongqing Forest Park, el Parque Forestal de Gongqing, que está a una hora en transporte público desde el hotel. Tenía muchísimas ganas de pisar algo que no fuera asfalto o pavimento. En China todo tiene un punto fantasioso, casi de cuento. Al llegar al parque, que está a las afueras de Shanghái, ya se nota un cambio de atmósfera. Por allí pasa una de las arterias principales de la periferia y el tránsito es distinto: circulan muchos coches y camiones de combustión tradicionales. Es curioso, pero después de tantos días sin oler los gases de combustión, el olfato lo detecta rápidamente.
El Gongqing Forest Park es precioso. Es un espacio inmenso —cuenta con nada menos que 1,31 millones de metros cuadrados—, está impecablemente cuidado, permite pisar el césped y tiene infinidad de senderos para perderse. Aquí, como en casi cualquier rincón, siempre encuentras a alguien con ganas de conversar. Me crucé con un señor jubilado que llevaba una cámara imponente. Estaba fotografiando pájaros, que es su gran pasión. Me enseñó algunas de sus capturas y eran verdaderamente preciosas; lo hace por puro disfrute, para distraerse y conectar con la naturaleza. Este paseo me ha revitalizado. Tras días sumergido en el asfalto de la gran urbe, este respiro me ha permitido salir de mi espacio habitual y reubicarme.
De vuelta a la ciudad, decidí poner rumbo al City God Temple, el Templo del Dios de la Ciudad, un importante centro taoísta ubicado en la Old City, la Ciudad Antigua de Shanghái. A diferencia del budismo, el taoísmo es una tradición filosófica y religiosa nativa de China que busca la armonía con el Tao, el flujo del universo. En sus templos no se adoran budas o bodhisattvas, sino deidades, protectores locales y figuras asociadas a la vida espiritual y urbana. Este templo se encuentra en un barrio histórico que se ha conservado, aunque hoy en día es una atracción turística vibrante y llena de comercios. Las fachadas tradicionales mantienen su arquitectura original y actualmente están restaurando varias zonas.
El templo taoísta sigue una estructura muy similar a los budistas que he visitado en este viaje: un recinto cerrado que alberga tres grandes edificios o patios sucesivos, cada uno con sus respectivas deidades. Al ser un espacio con mucha devoción local, lo mejor que puedes hacer como turista es buscar un rincón, sentarte y observar en silencio. No corras a hacer fotos por todos lados; simplemente quédate quieto. Ver cómo los ciudadanos realizan sus plegarias y se mueven es la verdadera forma de aprender de una cultura, tanto en los lugares sagrados como en las plazas de la ciudad. Allí coincidí y charlé con una pareja y con un fotógrafo nativo de Pekín que se mudó a Shanghái hace cinco años con su familia. Es un hombre joven, pero ya está jubilado. Es algo que he visto que ocurre a menudo aquí: personas relativamente jóvenes que deciden reducir sus gastos, vivir de una manera más humilde y pausada, respetando su propio ritmo de vida.
Después visité a fondo el resto de la Ciudad Antigua. Es un gran centro comercial abierto, estéticamente muy bonito, ideal para comer algo, pasear y comprar algunos regalos, repleto de puestos de comida callejera.
Pasear por aquí es viajar en el tiempo. Antiguamente, durante la época de las concesiones extranjeras, cuando franceses e ingleses controlaban sus propios barrios de la ciudad, la Ciudad Antigua china se mantenía protegida tras una gran muralla. Sin embargo, a comienzos del siglo XX, en pleno proceso de modernización urbana, la muralla fue derribada y en su lugar se trazó una gran avenida circular. Cuando hablo de modernidad en Shanghái, hablo de un desarrollo trepidante. Pensar que hace unas cuatro décadas toda la zona financiera del Pudong era prácticamente terreno agrícola, y que en este tiempo ha evolucionado de forma vertical con rascacielos altísimos, impresiona. Al haber sido siempre una ciudad cosmopolita por su herencia internacional, a los que venimos de Occidente nos resulta una ciudad muy fácil y cómoda de transitar.
Un detalle curioso: el metro de Shanghái no se siente tan ultramoderno como el de Xi’an o Pekín. Al ser más antiguo, conserva vagones de otra generación y no cuenta con tantas pantallas o indicadores luminosos modernos para las paradas. Aunque los carteles están en caracteres chinos y caracteres latinos y los avisos también se dan en inglés, tienes que ir más atento. El teléfono ayuda mucho para no pasarte, pero descubrí algo interesante: no tener una pantalla parpadeante frente a mí me obligó a usar más la memoria espacial y a observar el entorno. Me di cuenta de que estar pendiente de los carteles luminosos a veces es más estresante que el simple hecho de mirar fuera y fluir.
Como a mí lo que me gusta es perderme, me desvié de las rutas principales. Y me perdí de verdad. Menos mal que el mapa del teléfono me ayudó a reorientarme, pero en ese proceso de desorientación descubrí la auténtica vida local. Lejos del bullicio de los turistas occidentales y chinos, te adentras en callejuelas donde los vecinos sacan sus mesas y sillas a la calle por la tarde para charlar, relajarse y jugar a las cartas o al Mahjong, ese juego tan popular.
Caminando por esas zonas, siempre acabas encontrando un pequeño refugio. En un parquecito encontré una cafetería monísima donde me pedí un café con canela y un cinnamon roll. Lo mejor de la repostería aquí es que apenas le ponen azúcar a los dulces, lo cual me va de fábula porque no me gusta el dulce empalagoso. Me quedé allí un buen rato, ordenando mis pensamientos en el más absoluto silencio. China me está regalando mucho de ese silencio interior. El hecho de pasear tranquilamente, contagiado por el ritmo suave de sus calles y el bajísimo ruido de los motores eléctricos, me empuja a ir hacia dentro. En este viaje no estoy escuchando música ni me pongo los auriculares; simplemente contemplo o leo.
Ya en mi penúltimo día, al caer la noche me acerqué de nuevo al Bund para despedirme de esa panorámica. Ver todos esos rascacielos gigantescos iluminados, transformados en pantallas colosales llenas de luces, colores e imágenes en movimiento, es algo impresionante. Sin duda, uno de los mejores skylines que he visto en mi vida. De camino de regreso al hotel, la noche me dio un último regalo en forma de local pequeño y acogedor. Me encanta encontrar estos sitios para tomar algo antes de dormir. En este había música en directo de mucha calidad: dos cantantes, uno haciendo versiones en inglés y otro en chino. Aunque era lunes, el local estaba lleno de gente joven y de todas las edades, cenando o tomando una copa. Hay un ambiente nocturno musical muy vivo, con espacios cuidadísimos y una acústica y calidad de sonido que vuelve a sorprender. Cerré la noche en ese local fantástico en el barrio de Xintiandi, un rincón con un ambiente estupendo donde me tomé una cerveza relajadamente mientras escuchaba el concierto.
El último día, el 26, la tarea era simple: hacer la maleta lo primero de todo y luego pensar cómo exprimir las últimas horas. Por la mañana decidí marcarme un rumbo fijo. Primero fui a desayunar a una cafetería que había fichado el día anterior: Fascinated Bakery, ubicada en el complejo The INS Project en Fuxing Park, justo al lado de donde se encuentra el imponente espacio de Louis Vuitton. Es un barrio muy fashion, repleto de marcas de alta costura, pero con una peculiaridad: es un lugar sumamente tranquilo. No tiene nada que ver con esas grandes avenidas comerciales donde te arrollan miles de personas; aquí se respira algo más íntimo y adictivo. Me tomé un café y dos cruasanes que estaban buenísimos.
Con las fuerzas renovadas, me tracé el destino principal de la mañana: el templo budista de Jing’an de nuevo, pero esta vez para recorrer la zona caminando tranquilamente. Al recorrer esta zona —que no conocía— me impresionó el cuidado extremo que dedican a los jardines y a cada pequeño detalle urbano. Caminé por la famosa Nanjing West Road, una avenida espectacular donde los centros comerciales de vanguardia y las tiendas de lujo se entrelazan de forma orgánica. Lo curioso de Shanghái es que te mueves de un barrio a otro y el espacio se fragmenta; creo que eso es precisamente lo que distribuye tan bien a la multitud. Las calles no resultan agobiantes, la densidad de gente se diluye y te permite pasear sin agobios.
El día avanzaba y empezó a caer una lluvia persistente. Para protegerme, entré en una pequeña galería de arte inaugurada recientemente, MINISO Gallery, disfrutando de las exposiciones.
Al salir, mientras caminaba, me fijé en un fenómeno que ya venía observando estos días: la cantidad de chicas jóvenes que visten con una estética muy particular, casi como muñecas de porcelana, con lentillas que agrandan la mirada y rostros extremadamente blancos. Es la subcultura Lolita, una tribu urbana que fusiona la estética victoriana y rococó europea con la cultura kawaii japonesa, creando un estilo visual muy reconocible. En Shanghái se hace visible en algunos distritos modernos y convive con la fiebre por el Hanfu, el vestido tradicional inspirado en distintas dinastías chinas, que se ve mucho en la Old City. Me llama la atención esa búsqueda deliberada de la palidez; van siempre protegidas con sombrillas y protección solar para mantener esa tez inmaculada, un canon estético de elegancia y estatus que contrasta con la modernidad tecnológica que las rodea.
De ahí me dirigí de nuevo a Tianzifang. Volví al cabo de dos o tres días de mi primera visita; la verdad es que viajando pierdo la noción del tiempo, y eso es lo que más me fascina. Más allá de saber el día que entro y el día que salgo, intento no mirar ni la hora ni el día en que vivo. Tianzifang es un laberinto de callejuelas que antiguamente albergaba comunidades de artistas y que hoy se ha transformado en un gran zoco comercial flotante. Es un sitio ideal para las últimas compras por la cantidad de pequeños detalles artesanales que ofrece. Mi intención inicial era comer allí, en ese pequeño local que descubrí el día lluvioso frente a una tienda de té, pero al llegar no tenía hambre y preferí no comer por obligación. Lo que sí hice fue cumplir con el ritual: comprar té.
Antes de moverme hacia mi siguiente parada, di una vuelta larga por la Concesión Francesa. Es una delicia perderse por sus calles y observar la arquitectura colonial de la época, las casitas bajas y los parques. Pasé por Fuxing Park, un jardín precioso y, como todo aquí, excelentemente cuidado. Para recorrer esta zona hay que tener ganas de andar; no es que busques un monumento concreto, sino el placer de encontrarte rincones bonitos, pequeños barrios residenciales históricos, tiendas boutique y cafés tranquilos.
A media tarde decidí ir hacia Qibao Old Town. Quería conocer algo nuevo antes de dejar la ciudad, sin la presión de visitar grandes monumentos, solo por el gusto de explorar. Qibao conserva la arquitectura tradicional de los canales de las dinastías Ming y Qing. Y allí, por fin, encontré lo que llevaba buscando en Shanghái desde hacía días: una auténtica casa de té tradicional a la orilla del canal. Me sirvieron un té riquísimo acompañado de fruta y snacks, realizando el ritual de preparación paso a paso. Te enseñan cómo tomarlo, lo que te obliga a beberlo con calma, saboreando el espacio y el tiempo. Al igual que me costó encontrar lugares donde pisar tierra y conectar con la naturaleza, me ha costado encontrar este remanso de paz para el té, pero la espera valió la pena.
Impregnado de la calma que me dio ese ritual, regresé a la zona del Templo Jing’an. Como os decía, este templo budista emerge justo en medio de un mar de rascacielos de oficinas. En los alrededores hay zonas de té muy exclusivas, auténticos espacios VIP con salas privadas donde los ejecutivos cierran negocios o buscan quietud. Yo me dirigí directamente al restaurante vegetariano y vegano que había visto por la mañana, ubicado en el tercer piso de un edificio comercial. Es un local budista excelente que recrea la cocina tradicional china en versión vegetal. Cenar allí fue una delicia y un remanso de paz. Tengo que decir que para los que somos vegetarianos o veganos, viajar por China de forma estricta es un tanto complicado. Hay mucha fruta, sí, pero la verdura suele estar cocinada con caldos de carne, y los dumplings o wontons van casi siempre rellenos de cerdo. Estos días he comido más cerdo que en los últimos veinte años, y los que me conocéis sabéis que apenas lo pruebo. Pero cuando viajo no tengo complejos: me adapto a lo que hay, me gusta probarlo todo y disfruto de la experiencia. Encontrar este restaurante en Jing’an demostró que, aunque difícil, no es imposible comer vegetariano y bien en Shanghái.
Tras la cena, llegó el momento de regresar al hotel a recoger la maleta que tenía en consigna. Decidí ir caminando, sin prisas, para regalarme una última vista y un último sabor de China antes de subirme al metro en dirección al aeropuerto. Y ahora ya estoy aquí, en el aeropuerto, esperando que salga el avión que despega el día 27 a las 00:44, balanceando la experiencia. La impresión general de China ha sido inmejorable; me ha encantado. Es un país sumamente fácil para el turista, con gente muy agradable y dispuesta a ayudar. Eso sí, recuerdo a todo el mundo la importancia de venir con las aplicaciones de pago, Alipay o WeChat Pay, ya activadas y vinculadas a las tarjetas de crédito desde casa. Facilita la vida por completo. El efectivo ya no es tan común, no hay casas de cambio en las calles y en el aeropuerto las comisiones son altísimas. Con las aplicaciones, el cambio es el interbancario y pagas en cualquier puesto.
Shanghái es una ciudad inmensa, vibrante y donde se come de maravilla. Me quedo con las ganas de haber visto algún espectáculo de danza contemporánea, pero resulta que la temporada fuerte empieza ahora en junio, así que he llegado un pelín antes de tiempo. A cambio, me llevo la energía de su ambiente diurno y nocturno. Es impresionante ver cómo funciona este país y cómo han logrado generar un movimiento tan eficiente, una dinámica que arrastra tanto a jóvenes como a mayores. En Occidente a veces tenemos una visión sesgada o distorsionada, pensando que la sociedad vive bajo una explotación constante. Es obvio que para llegar hasta aquí las generaciones pasadas han sufrido y realizado un esfuerzo titánico, pero la realidad que se respira en la calle es la de un estilo de vida que, al menos en muchos ámbitos urbanos, parece sostenible y digno para gran parte de la población. Por supuesto, como en toda gran metrópolis, hay desigualdades. He visto personas pobres y gente pidiendo en la calle. La indigencia, aunque tiene una raíz social evidente, a veces también responde a encrucijadas personales donde el individuo se abandona o se pierde en los engranajes del sistema. Es algo que vas a encontrar en todas las sociedades humanas, por muy sofisticadas o modernas que pretendan ser.
Una vez de vuelta, cuando me doy ese tiempo de adaptación, ese tiempo de estar en calma y en silencio observando, te das cuenta de cómo pasa el tiempo. Mientras estás en el viaje, estás tan absorto en lo que está sucediendo que en cierta forma te vas olvidando del día anterior. Y una vez vuelvo a la rutina, me doy cuenta del tiempo pasado, de lo aprendido, de lo vivido, de lo experimentado. Me queda un buen recuerdo de lo que ha sido China. No tenía ninguna expectación, no sabía qué me iba a encontrar. Tenía opiniones y referencias que se han ido cayendo conforme he ido conociendo el país. Siempre como turista, como siempre os digo, me gusta perderme y en ese perderse encuentras las pequeñas cosas que están fuera de las calles principales, que son tanto o más importantes, y son esas pequeñas cosas las que te muestran el funcionamiento de un país, de una cultura, de una ciudad. Me llevo dentro de mí una dulzura en silencio. Me llevo muchas anécdotas y vivencias que seguramente no explicaré en el blog, pues sería imposible y se alargaría demasiado. Aunque los viajes cansan cuando te entregas profundamente y a veces hasta te agotan, como solo es un tiempo, cuando llegas a casa y sientes esa confortabilidad en ti, el cuerpo se recupera y al mismo tiempo recupera lo aprendido y lo experimentado. Me doy cuenta de lo bien que me va este tipo de viaje hacia lo desconocido, hacia lo nuevo. Y aunque mi mente olvide y solo se quede el recuerdo, mi cuerpo sana y la mente lo acompaña. China me deja una huella profunda y una energía fantástica. Nos vemos a la vuelta.