Murallas, templos y la vida que late en la calle
Xi’an fue una de las grandes capitales de la historia china y el punto de partida de la Ruta de la Seda, desde donde salían caravanas, mercancías e ideas hacia Asia Central y más allá.
También es la ciudad vinculada al primer emperador de China, Qin Shi Huang, que unificó el país en el 221 a. C. y dejó como gran legado la Muralla inicial, la estandarización del imperio y el ejército de terracota

Ya estoy dejando atrás Pingyao y el siguiente trayecto me llevará directo hacia Shanghái, pero antes de salir, aprovecho para dar una última vuelta. Mi tren no sale hasta las diez y media de la mañana. Me despido del hotelito donde me he alojado estos días; un espacio gestionado por una gente humilde y agradable, que se convirtió en un refugio muy amable durante las jornadas de lluvia.
Hoy, por fin, ha salido el sol. El cambio en la ciudad es radical. Tras los días de agua, las calles de Pingyao han despertado llenas de vida y animación. Es el reverso de los días lluviosos, que mirándolo bien también fueron una suerte para poder caminar en soledad. Ahora se respira una energía desbordante: gente bailando por la calle, personas de todas las edades —principalmente jubilados que, como en todas partes, conquistan las mañanas— y escenas curiosas que capturan la mirada. Mujeres vestidas con el Hanfu, los trajes tradicionales tradicionales, luciendo peinados sofisticados y telas coloridas. En cada esquina, en cada rincón fotogénico, siempre hay alguien grabándose en vídeo. La fiebre por las redes sociales aquí es total.

Y con tranquilidad me dirijo a la estación de tren. Nos acerca el propio dueño del hotel, junto a un viajero francés muy agradable con el que he podido charlar un rato y con quien he estado en contacto durante mi estancia en Xi’an.
El viaje avanza y, al llegar a mi destino, me dirijo directamente al hotel. Me llevo una sorpresa: es un hotel de lujo que no me esperaba para nada, con un precio excelente y ubicado en una zona muy tranquila. No está en el centro neurálgico, pero el barrio es magnífico, rodeado de pequeños puestos callejeros, bares y locales idóneos para comer una sopa o tomar algo. El ambiente nocturno es fantástico; en casi todos los locales hay música en directo de una calidad tremenda. Ha sido una verdadera delicia hospedarme allí. Dejo las maletas rápidamente y, como ya son pasadas las tres de la tarde, me lanzo a explorar el centro de Xi’an.

Al llegar, la primera constante se repite: gente grabándose por todas partes. El corazón de Xi’an está presidido por la majestuosidad de la Torre de la Campana y la Torre del Tambor. Justo al lado se extiende la calle neurálgica de la ciudad, una arteria vibrante repleta de puestecitos de comida que por la noche se ilumina a más no poder. El turismo es constante y masivo, pero sobre todo turismo interno; la propia gente del país se mueve muchísimo.

Estas torres, al igual que las que vi en Beijing, marcaban antiguamente los horarios y los ritmos de la vida imperial. Xi’an es una imponente ciudad amurallada formando parte de la ruta de la seda. Su muralla, perfectamente conservada, dibuja un perímetro de casi 14 kilómetros que se puede recorrer a pie o en bicicleta. Sin embargo, a mí lo que más me cautivó no fue subir a ella, sino pasear por su parte externa.
La muralla está rodeada por unos jardines maravillosos, y caminar por allí es un auténtico gustazo, no solo por la vegetación, sino por la desbordante actividad humana que alberga. A primera hora de la mañana el parque se llena de vida: ves a gente jugando al ping-pong, al bádminton, haciendo estiramientos o practicando Tai Chi. Hay muchísimos niños pequeños con sus padres y abuelos.

El arte también brota de forma espontánea; me crucé con varios grupos de personas mayores tocando instrumentos tradicionales chinos y cantando melodías de toda la vida. Lo divertido es que incluso los ancianos se graban a sí mismos con el móvil. Aquí todo el mundo, desde los jóvenes hasta los mayores, está completamente enganchado a la pantalla. El uso del teléfono es omnipresente para cualquier acción cotidiana, especialmente para los pagos. Si en el metro de Barcelona nos llama la atención ver a gente absorta en sus pantallas, allí es un porcentaje muy alto, incluso caminando por la calle.
Muy cerca de las torres del centro se encuentra el Barrio Musulmán, reconocible por sus bulliciosos callejones y por albergar una mezquita construida con una arquitectura de puro estilo chino. Xi’an posee una mezcla espiritual interesante, mostrando una convivencia armoniosa entre el budismo (especialmente el budismo chan), el taoísmo y el islam.
No parece haber ningún impedimento para las creencias individuales; la práctica espiritual está muy viva. Es habitual ver a los fieles acudir a los templos a realizar sus plegarias y, por las mañanas en el vagón de metro, te encuentras a personas concentradas rezando mientras pasan las cuentas de sus Nian zhu (los rosarios De plegarias) de camino al trabajo. Existe una atmósfera de gran tolerancia religiosa.

En mi primera toma de contacto por el centro, tras comprobar que el templo taoísta que buscaba ya estaba cerrado, me dediqué a observar el magnetismo que rodea a la Torre de la Campana. Es una gran plaza circular y, por todo el perímetro, te encuentras a cientos de mujeres ataviadas con los vestidos tradicionales posando para sesiones de fotos. No son unas pocas, son cientos de ellas a la vez; un espectáculo visual impresionante. Caminar sin prisas viendo su entusiasmo, y la alegría con la que lo hacen es divertidísimo.

Para comer, las opciones son infinitas. Existen unos pequeños locales populares conocidos como «restaurantes mosca», donde la comida está expuesta de forma totalmente frontal y luego entras a un espacio minúsculo donde se come de maravilla. La gastronomía tradicional de Xi’an es espectacular, destacando unos fideos de harina de arroz que son increíblemente largos, anchos y planos, servidos en un caldo sabrosísimo acompañados de verdura o carne. Curiosamente, no he visto demasiada verdura fresca en los puestos callejeros, pero fruta hay en abundancia. Encontré un local estupendo donde la fruta ya estaba limpia y pelada; tú elegías las piezas, te las pesaban y podías llevártelas enteras o pedir que las pasaran por la trituradora para hacer un batido. Opté por el batido, pero elegí tantas fruta que me salieron tres vasos enormes. Por suerte, justo detrás de mí venía un grupo de turistas catalanes y les pude regalar dos de los vasos.

Viajar solo por China propicia encuentros muy curiosos. Los jóvenes locales están ávidos por practicar su inglés y, en cuanto ven a un turista extranjero solitario, se arman de valor y se acercan a hablar con total naturalidad. Me ha pasado varias veces que se sientan a conversar amigablemente para romper el aburrimiento y pasar el rato, lo cual resulta muy enriquecedor.
Otro aspecto que como amante de la música me tiene fascinado es la calidad técnica deL sonido. Ya me llamó la atención en Beijing, pero es que la sonorización y la ecualización en los directos aquí es impecable, tanto en locales pequeños como al aire libre. El sonido no se satura ni se mezcla de forma caótica; la nitidez te permite identificar acústicamente cada instrumento por separado. Los bares de la ciudad son sumamente acogedores, rincones confortables donde refugiarse a saborear un té riquísimo o una cerveza local, que suelen ser muy suaves.

Mi segundo día completo en la ciudad comenzó temprano dirigiéndome a la Gran Pagoda del Ganso Salvaje (Dayan Ta), ubicada en las afueras del casco antiguo fortificado.

Es una estructura alargada y esbelta de siete pisos, con la forma de una gran estupa, situada dentro del complejo del templo budista Daci’en. Escogí el destino simplemente para fijarme un rumbo en el mapa, pero la visita me conmovió profundamente. Al entrar en la primera sala y contemplar la bellísima escultura de Buda, sentí una emoción tan intensa que se me saltaron las lágrimas.

A medida que recorría el templo, rodeado de la palpable, llegué a una sala dedicada a la compilación de los textos del Tripitaka. Estos son los antiguos escritos budistas que fueron trasladados desde la India hasta China por el monje Xuanzang, una gesta histórica que dio pie a Viaje al Oeste, una de las obras cumbres de la literatura china. Es una historia medieval de tintes fantásticos que narra las mil dificultades del viaje junto al Rey Mono (un personaje tan popular que, como curiosidad, inspiró directamente el manga y los dibujos animados de Bola de Dragón). En esa sala se exhiben unos impresionantes grabados en madera que ilustran detalladamente toda la crónica de la travesía. Para mí fue un momento mágico: al haberme leído el libro, caminar entre esas representaciones fue como reencontrarme con algo profundamente conocido y familiar.

Entendí perfectamente por qué mi cuerpo había reaccionado con lágrimas al entrar; de alguna manera, sabía exactamente dónde estaba.

Por la tarde, cediendo a la insistencia de todo el mundo, tomé un taxi para ir a ver los famosos Guerreros de Terracota, situados a una hora de la ciudad. El acceso fue fluido y sin colas en el exterior, pero una vez dentro de la gran nave principal, la masificación era abrumadora. Debo reconocer, desde el respeto a su inmenso valor arqueológico, que a mí personalmente no me impresionó ni lo disfruté. La marea de gente intentando conseguir una foto resultaban estresantes, así que decidí marcharme de allí lo más rápido posible.

A mitad de camino de regreso a Xi’an, le pedí al taxista que me dejara en el Palacio de Huaqing, situado al pie de la montaña Li. Este palacio es la puerta de entrada a un paraje natural boscoso repleto de pequeños senderos y templos salpicados por la ladera. Fue una lástima no haberlo descubierto antes, porque me habría encantado pasar el día entero recorriendo sus rutas. Es un lugar bellísimo, aunque exigente: en poco tiempo salvas un desnivel de 500 metros subiendo cerca de 2.000 escalones de piedra que luego toca descender. Los caminos están cuidados con un esmero impecable. Toda China destaca por su limpieza.

Estuve disfrutando del entorno de la montaña hasta la hora del cierre, a las siete de la tarde, y luego caminé hacia la parada de metro que hay justo en la entrada para emprender el viaje de una hora de vuelta a la ciudad.

Llegué con un hambre atroz, ya que no había probado bocado en todo el día, así que mi primera parada a las ocho de la tarde fue un pequeño local del Barrio Musulmán. Me pedí una ensalada con un toque fermentado riquísima y los tradicionales fideos anchos y planos. Tras recuperar fuerzas, continué callejeando. Me encanta perderme sin rumbo por los callejones estrechos para observar la vida cotidiana de los barrios. Cerca de las once de la noche, las calles seguían vibrando con vecinos que sacaban mesas y sillas plegable a las aceras para jugar relajadamente y entre risas al Mahjong, un juego tradicional similar al dominó. Para cerrar el día, encontré un rincón muy tranquilo donde tomarme un té antes de ir a descansar a mi impecable hotel.

A la mañana siguiente, inicié la jornada caminando de nuevo hacia la muralla, pero al ver desde lo alto la maravillosa actividad que bullía en los jardines del foso exterior, decidí bajar para mezclarme con la gente. Volví a recrearme con los ancianos cantando música tradicional, las prácticas de Tai Chi, el manejo coreografiado de sables, el ping-pong y el bálminton.

Además, se agradece enormemente la infraestructura pública de la ciudad: hay baños limpios y disponibles de manera constante en cualquier esquina.
Xi’an es una ciudad diseñada para ser paseada y descubierta a pie; si te limitas a los monumentos del centro te pierdes su verdadera magia. Deambulando de este modo, me topé con una preciosa coincidencia: era 20 de mayo, una fecha que en China se ha convertido en el Día de los Enamorados (el equivalente a nuestro Sant Jordi en Cataluña). Las calles estaban inundadas de jóvenes regalando rosas a sus parejas. No se regalan libros. En mi caminata descubrí el Templo de los Enamorados, una joya oculta donde muchísimas parejas acudían a declararse su amor y a hacerse reportajes fotográficos. Fue un momento divertidísimo de presenciar.

Siguiendo mi ruta, descubrí una pastelería local donde degusté un pequeño pastel. Lo que me gusta de la repostería china es que apenas utilizan azúcar, lo cual me parece ideal. Más tarde, localicé una callejuela encantadora repleta de pequeños establecimientos pensados para tomar un té, un aperitivo o una copa nocturna. Me senté en uno de ellos, pedí un té y me dediqué a mi actividad favorita cuando viajo: quedarme completamente quieto en un lugar, observando en silencio el fluir y el movimiento de los habitantes. Es la manera de empezar a conocer el alma de una ciudad.

A continuación, me dirigí al Templo del Dios de la Ciudad (Chenghuang Miao), un importante templo taoísta situado muy cerca de la Torre del Tambor. Es un recinto grande, hermoso y cargado de historia que originalmente estuvo en otra ubicación antes de ser trasladado hace siglos a su emplatado actual. En su interior se respira una profunda devoción local. La sala principal alberga la figura de la deidad central flanqueada por cuatro estatuas gigantescas de los guardianes protectores, que resultan imponentes.

Al caer la noche, asistí al espectáculo teatral The Great Qin, una superproducción centrada en la figura del emperador Qin Shi Huang, el unificador de China. El despliegue técnico es colosal: el patio de butacas está domotizado, toda la estructura de asientos se desplaza físicamente hacia delante y hacia atrás a través de la gran profundidad del escenario para seguir las distintas escenas—. Es un montaje, con música atronadora, efectos de luces y una trama repleta de seres y animales fantásticos. A los chinos les fascina el dramatismo y la fantasía en sus producciones. No obstante, como opinión estrictamente personal, diría que si se dispone de poco tiempo en Xi’an, es una atracción prescindible. Para mí, el verdadero valor de esta ciudad radica en callejear, perderse en sus templos urbanos y fundirse con la vida cotidiana de sus calles.

De regreso al hotel, amenizado por más músicos callejeros, cené en un pequeño restaurante al aire libre con mesas y sillas bajas que preparaba brochetas de carne a la brasa. Al verme solo, unos comensales locales que hablaban inglés se acercaron enseguida a charlar conmigo. Fueron muy hospitalarios, me invitaron a parte de la cena y me fueron pidiendo diferentes platos tradicionales para que los probara. La amabilidad de la gente en este viaje es una constante absoluta; no he tenido ni un solo percance ni discusión, todo el mundo busca la manera de ayudarte. Para coronar la noche, hice una parada en un bar que le tenía echado el ojo, donde un coctelero magnífico me dio a probar un whisky de alta calidad de producción china. Era suave, aromático y elegante, el broche de oro perfecto antes de ir a dormir.

La última mañana comenzó con un excelente desayuno en el hotel, tras el cual me encaminé hacia el metro para trasladarme a la estación de Xi’an Norte (Xi’anbei), donde tomaré el tren de alta velocidad hacia Shanghái. En el trayecto hacia el metro me topé con un animado mercado vecinal al aire libre, una oportunidad genial para observar la dinámica comercial y cotidiana de los residentes del barrio. Y, como ya viene siendo tradición en cada rincón de este país, justo antes de acceder a la boca del metro, me despedí de la ciudad contemplando a un grupo de personas bailando alegremente en la plaza.
Ya estoy acomodado en el tren, viendo pasar los paisajes camino a Shanghái. ¡Nos vemos en la próxima parada!