Viernes, 15 de mayo. Último día en Pekín.
La verdad es que esta ciudad me está encantando. Poder pasear sin rumbo por sus calles, perderme por los hutongs (callejuelas tradicionales de Pekín), es una de las experiencias más vivas del viaje.
Más allá de los grandes edificios, que aparecen por todas partes, siempre hay un lago, un templo o un rincón que antes estaba en las afueras y que ahora ha quedado absorbido por la ciudad.
Mi hotel está en pleno corazón de los hutongs, así que salgo caminando directamente a ese entramado de calles donde realmente se siente la vida. Hay zonas más comerciales, sí, pero lo interesante es callejear, observar cómo la gente entra y sale, cómo se mueve el día a día. Es un lugar donde vive una parte importante de la población de Pekín.


Y hay algo que me encanta: aunque desde fuera las calles son estrechas, al adentrarte descubres patios interiores enormes. Muchos de esos patios se han convertido en restaurantes, cafeterías, teterías o pequeños comercios. Cuando llevas un rato caminando y necesitas una pausa, encontrarte uno de estos lugares es como dar con un remanso de paz. Son muy agradables, con una energía tranquila que contrasta con el bullicio de las callejuelas.

A veces sorprende: de repente aparecen colegios enormes, y a la hora de la salida se llenan de padres y abuelos recogiendo a los niños. Hay muchas sonrisas, juegos, una energía muy alegre.
También me llaman mucho las plazas. Son puntos de encuentro donde la gente —muchas veces jubilados, otras no tanto— se reúne para bailar, hacer coreografías o jugar. Hay un juego llamado jianzi, una especie de volante con plumas que se golpea con los pies, y es increíble la coordinación que tienen. Me invitaron a jugar… pero no daba ni una. Ellos lo hacían con una facilidad impresionante.

Y luego están los jóvenes. En muchas plazas ves grupos grabándose vídeos constantemente. No parece que hagan nada especial: simplemente hablan, se filman, repiten… supongo que TikTok o algo parecido, pero resulta curioso ver tantos a la vez.

Esa mañana fui a visitar la Torre del Tambor y la Torre de la Campana. Entré en la del tambor y tuve la suerte de asistir a una sesión en directo. Antiguamente funcionaba como reloj de la ciudad, marcando los ritmos del día. Es interesante, pero sobre todo destaca la plaza: llena de vida, de movimiento, de gente jugando y bailando.

Después seguí caminando y encontré un lugar donde comer. Me encantan las sopas y los noodles; incluso para desayunar entran de maravilla.
Una cosa curiosa: hay muchos gatos. Tranquilos, bien cuidados, dentro de bares, casas, moviéndose con total naturalidad. Me recuerda un poco a Estambul, aunque aquí hay menos.

También pasé por Galaxy Soho, un edificio muy moderno. Arquitectónicamente es interesante, pero no me atrapó. Prefiero mil veces perderme por las calles y observar la vida cotidiana.
Algo que repito porque realmente me parece increíble: la cantidad de baños públicos. En los hutongs hay uno cada 100 o 200 metros. Muchas casas no tienen baño, así que estos espacios son esenciales. Y la verdad, es una libertad poder moverte por la ciudad sin preocuparte. Eso sí, algunos son muy… públicos: estilo letrina, sin puertas, solo separadores. Una experiencia en sí misma.

Por la noche, Pekín se activa aún más. Hay muchos locales con música en directo y karaokes. Entré en uno y me sorprendió la calidad: cuatro músicos y una cantante con un sonido impecable. Cada instrumento tenía su espacio, todo muy cuidado.

Termino el día cansado, sabiendo que al día siguiente toca tren hacia Pingyao.
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Sábado 16 y domingo 17. Llegada a Pingyao.

El trayecto en tren es cómodo, similar al AVE en velocidad. Las estaciones, de momento, sin aglomeraciones. Todo funciona de forma muy fluida: el pasaporte es tu billete, tu acceso a todo.
Llegué a Pingyao en un día de lluvia. El propietario del hotel me estaba esperando en la estación. No hablamos el mismo idioma, pero gracias al traductor nos entendemos perfectamente. Aquí me siento completamente analfabeto… y también tiene su encanto.
El hotel es precioso: dentro de la ciudad antigua, con un patio interior y una habitación de dos plantas. Un refugio perfecto, sobre todo porque el tiempo no acompaña.

Pingyao tiene algo especial. Fue uno de los grandes centros financieros de China durante las dinastías Ming y Qing. Aquí nacieron las primeras «bancas de cambio», los piaohao (primeros bancos chinos, de la dinastía Qing), que permitían transferir dinero entre distintas regiones del país. Algo así como el inicio del sistema bancario moderno.
Toda la ciudad está amurallada —unos 6 km de perímetro— y es una de las mejor conservadas de China. De hecho, es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Caminar por sus calles es como entrar en otra época: imaginas a comerciantes, guardias, familias, toda una vida organizada dentro de ese espacio protegido.


Mi primera tarde fue, como siempre, de callejeo. Encontré un restaurante muy agradable donde comí hot pot: una olla que hierve en el centro de la mesa y donde vas cocinando los ingredientes. Luego los mojas en salsas que les dan el sabor final.

Por la noche, las calles se llenan de luz y de gente. Es un lugar muy turístico, sí, pero mantiene su encanto. La arquitectura está muy bien conservada.
Algo curioso: muchas mujeres pasean vestidas con hanfu —la vestimenta tradicional china—, maquilladas y peinadas al estilo antiguo, y se hacen fotos. Hay tiendas donde te preparan para vivir esa experiencia durante unas horas.

También es una zona famosa por el vinagre negro de arroz. El olor está presente en algunas calles. Lo probé: intenso, pero muy aromático.
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Domingo 17. Mi cumpleaños.
No suelo hablar de mis cumpleaños, pero este es especial: 60 años.
Y curiosamente, aquí sí lo he celebrado. La gente del hotel me trajo el desayuno cantándome el cumpleaños feliz en chino. Fue un detalle muy bonito.

El día amaneció lluvioso, muy lluvioso. Salí igualmente, me empapé completamente y tuve que volver a cambiarme. Pero valió la pena.

Primero encontré una cafetería con un aire francés, cuadros de Van Gogh y música de ópera. Un regalo.
Después, buscando un baño, encontré algo inesperado: el Youjian Pingyao Theatre, un espacio dedicado a uno de los espectáculos inmersivos más importantes de China.

Entré sin pensarlo mucho… y fue impresionante.
Era un espectáculo totalmente inmersivo. Íbamos caminando por distintos espacios mientras la obra se desarrollaba a nuestro alrededor. Sin entender el idioma, podía intuir la historia: el auge financiero de Pingyao, su evolución, sus transformaciones.

La organización del movimiento de tanta gente era impecable. Nadie se sentía presionado, todo fluía.

A nivel técnico, espectacular: coreografías precisas, luces, sonido, percusión… una explosión sensorial. Y al final, una gran sala donde todo culmina en una escena colectiva impresionante.

Salí… y seguía lloviendo.
Volví al hotel completamente mojado, me sequé como pude, descansé un poco y respondí a los mensajes de cumpleaños. Más tarde salí a comer —a las seis de la tarde, sin haber comido en todo el día— y di un último paseo.

Estos días me acompaña un libro: La prueba del cielo, del doctor Eben Alexander, sobre experiencias cercanas a la muerte. Es un tema que me toca de cerca. He tenido dos experiencias así, aunque nunca las he compartido en profundidad. Quizá algún día.

Y así termina el día. Preparando todo para el siguiente destino: Xi’an.
Descansar… y seguir.