
Después de un vuelo agradable, con buena compañía —la gente de los asientos cercanos, primero de Barcelona a Shanghái y luego de Shanghái a Pekín—, el viaje ya empezó a abrirse. Personas interesantes con las que fui intercambiando palabras, miradas, pequeñas conversaciones. Eso es algo que me gusta de viajar: salir de los patrones habituales y abrirse a lo que va llegando.
El primer día, como siempre, sosteniéndolo con calma para adaptarme lo mejor posible y minimizar el jet lag.
Llegar a Pekín y encontrar calma no era lo que esperaba.
Después de alojarme, decidí ir a ver la Ciudad Prohibida. No era algo que tuviera en mente, pero al final me dejé llevar y me gustó mucho. Además, no había demasiada gente, así que pude disfrutarla con tranquilidad.

El barrio donde estoy alojado es una zona de hutongs: pequeñas barriadas de calles estrechas donde la vida ha sido tradicional durante generaciones. Algunas se han transformado en zonas comerciales, con tiendas, comida y souvenirs, pero aun así conservan su esencia. Los edificios siguen siendo auténticos y el lugar mantiene una belleza muy particular.
Pekín es enorme, y uno imagina caos: coches, motos, bicicletas por todas partes. Y los hay. Pero lo sorprendente es que el ruido y la contaminación por tráfico son mínimos. La mayoría de vehículos son eléctricos, así que el sonido es muy suave, casi silencioso. Eso cambia completamente la experiencia de la ciudad.
Aun así, es una ciudad grande y densa, y se percibe cierta contaminación, más por su escala que por el tráfico. Pero el ritmo no es tan acelerado como esperaba. No ves a la gente corriendo constantemente. Hay algo más pausado, más humano. Y eso me está permitiendo bajar el ritmo. Mi cuerpo lo agradece.

Esta mañana he desayunado en un bar local. Aquí es muy común tomar sopas con distintos toppings, y sientan de maravilla para empezar el día. Después he ido al Templo de los Lamas, un antiguo templo tibetano que, tras cerrarse durante la revolución, se reabrió en los años 80.
Es un lugar impresionante, con múltiples salas, y sigue siendo un espacio vivo de culto. La gente viene a ofrecer incienso, a rezar. Puede parecer algo folclórico desde fuera, pero tiene mucha fuerza. Hay una devoción muy palpable.

Luego me he ido al distrito 798, una antigua zona industrial reconvertida en espacio artístico. Las naves se han transformado en galerías, muchas de ellas gratuitas, con propuestas muy interesantes.
También destaca la vida en la calle: es una zona viva, pero tranquila. Hay movimiento, pero no agobia. Está en las afueras, así que no hay grandes aglomeraciones. De hecho, hasta ahora no me he encontrado con esa masificación que esperaba.

Algo que me ha sorprendido mucho es la cantidad de baños públicos. Hay uno detrás de otro, continuamente. Son gratuitos, están limpios y hacen que moverte por la ciudad sea muy cómodo. Sabes que, cuando lo necesitas, siempre vas a encontrar uno cerca.

Eso sí, caminando hay que ir con atención. En las aceras no solo hay peatones: también circulan motos eléctricas. Son tan silenciosas que no las oyes venir, y de repente las tienes encima. Suelen avisar, pero es fácil despistarse, así que conviene estar presente.

La comida está siendo muy interesante. Estoy comiendo en sitios pequeños, locales. La gente es muy amable. Te miran con curiosidad, porque aquí eres el raro, casi una pequeña atracción. No hay mucho turismo visible, así que te sientes bastante único entre la gente local.

Cuando dices “ni hao”, responden con una sonrisa. No hablo chino ni entiendo los caracteres, pero con unas pocas palabras y una actitud abierta, la comunicación fluye. Cuando eres amable y agradecido, la gente responde muy bien.
Moverse por Pekín es sencillo. El transporte funciona bien y pagar con el móvil es clave. WeChat y Alipay lo hacen todo más fácil. La mayoría de gente paga así, y muchos sitios no tienen cambio, así que venir preparado es importante.

Hoy ya me he sentido más adaptado al jet lag. He caminado unos 20 kilómetros, pasando también por una zona más financiera, con edificios altos, comercios y parques.
Los parques, sobre todo al atardecer, son fascinantes. La gente se reúne para bailar, practicar tai chi, entrenar con sables… Son espacios vivos, de encuentro, donde todo fluye con naturalidad.
También impresiona el flujo de bicicletas a la salida del trabajo. Es continuo. Muchas son compartidas: las desbloqueas con el móvil, las usas y las dejas en otro punto. Un sistema simple y muy eficaz.
Me quedo con la tranquilidad que me está dando este viaje: no tener un plan fijo, dejarme llevar, descubrir.
Al final, incluso sin compartir idioma, hay entendimiento. A través de los gestos, del respeto, de la actitud. La amabilidad y el agradecimiento son universales.
