16 La apertura como esencia


Imagina por un momento que no eres solo tu historia, tus pensamientos o incluso tu cuerpo en cambio constante. Imagina que tu esencia más profunda es, simplemente, un espacio de posibilidad. Esta es la provocadora idea que una cita del filósofo Heidegger plantea: «Una persona no es una cosa o un proceso, sino una apertura a través de la cual se manifiesta lo absoluto».

No se trata de un concepto místico, sino de una lente para observar la vida cotidiana. Lo «absoluto» –llámalo conciencia pura, presencia o sentido– no habita en otro lugar; se revela en el instante presente, a través de nuestra propia experiencia. Somos el canal, no el agua que fluye. Este es el punto de partida de un viaje que explora quiénes somos y cómo vivimos el cambio perpetuo.

El testigo y el escenario

La confusión comienza cuando nos identificamos con el contenido de nuestra vida y olvidamos el contexto. Nos creemos el drama, la comedia o la tragedia, sin recordar que somos, ante todo, el testigo consciente que lo observa todo desde un lugar de quietud. Se dibuja una línea clara entre:

  • Los procesos: Nuestras adaptaciones, pensamientos, emociones y la biología constante de nuestro cuerpo.
  • La apertura: La conciencia inmutable que presencia todo ese movimiento sin perderse en él.

Vivimos inmersos en los procesos, y eso es natural. Pero el sufrimiento surge cuando olvidamos nuestra naturaleza como ese espacio abierto y creemos que somos únicamente la ola, olvidando que somos todo el océano.

La danza inevitable de la adaptación

Observa tu propio cuerpo: es un milagro de adaptación constante. Se ajusta a la temperatura, regenera tejidos, responde a cada estímulo. Esta no es una excepción; es la ley fundamental de la existencia. A nivel psicológico y vital, la historia es la misma: nos adaptamos a nuevas situaciones, pérdidas, logros y entornos.

El problema, entonces, no es el cambio. El problema es nuestra resistencia a él. Por comodidad y miedo, nos aferramos a lo conocido. Incluso cuando anhelamos un cambio –como planear un viaje–, tendemos a proyectarlo sobre un mapa familiar, evitando la sorpresa genuina. Luchamos contra la corriente natural de la vida, y esa lucha es la fuente de gran parte de nuestro desasosiego.

Reconocer al guardián de la puerta

¿Qué sientes cuando enfrentas lo desconocido? ¿Una opresión en el pecho, un murmullo de «mejor quédate donde estás»? Eso es la resistencia. Se viste de preocupación, insatisfacción o la búsqueda frenética de certezas. Y a pesar de todo, incluso la resistencia está en cambio. Cuando la observas sin juzgarla, sin fusionarte con ella, comienzas a ver cómo se mueve, se transforma y finalmente cede. No eres esa resistencia; eres la conciencia que la presencia. Al darle espacio, dejas de ser su prisionero.

Observación y silencio

Reconectar con esa «apertura» que somos requiere práctica, no solo teoría. Un camino accesible comienza con la observación amable. Es como quien estudia una piedra: sus conclusiones dicen más sobre su mente que sobre la roca. Así podemos observar nuestros pensamientos y emociones, no como verdades absolutas, sino como fenómenos que aparecen en el vasto espacio de nuestra conciencia. Este acto simple crea una distancia liberadora.

Desde ahí, se abre naturalmente la posibilidad de cultivar el silencio interno. Más que ausencia de ruido, es una cualidad de pausa y receptividad. En ese silencio, puedes presenciar cómo la vida se despliega y se adapta por sí misma, sin tu necesidad de controlar cada paso. Es en este terreno fértil donde puede darse el paso más valiente: abrazar la vulnerabilidad. Permitir el cambio es soltar la armadura del «yo» que cree saberlo todo y atreverse a estar abierto, permeable. En esa apertura, paradójicamente, encontramos una fortaleza que no depende de la rigidez, sino de la confianza en el flujo mismo de la existencia.

Co-creamos la expresión de vivir

Este viaje no termina en la propia paz interior. Al vivir desde esa conciencia abierta, nuestra forma de relacionarnos se transforma. La comunicación se vuelve más auténtica, la empatía más natural. Comenzamos a ver que la realidad es una co-creación. Cuando operamos desde la resistencia, co-creamos rigidez. Cuando lo hacemos desde la apertura consciente, tejemos posibilidades y un entendimiento que trasciende lo individual.

La invitación final es práctica: explora, en tu día a día, esta distinción entre lo que vives y el espacio desde el que lo vives. Permanece curioso. Observa la resistencia sin seguirla. Y, paso a paso, descubre la libertad de ser simplemente la apertura a través de la cual la vida, en toda su magnífica e implacable fluidez, se expresa.


La conciencia que observa

Siéntate cómodamente y dirige tu atención a la respiración. No la alteres; solo nota su ritmo natural.
Ahora expande tu atención: percibe los sonidos, las sensaciones del cuerpo, el flujo de los pensamientos. No los analices ni los sigas.

Simplemente observa. Reconoce la diferencia entre lo que aparece —el sonido, la sensación, el pensamiento— y el espacio consciente en el que aparece.

Permanece unos instantes como ese espacio, como ese testigo.

Cuando notes que te has identificado con un pensamiento o una sensación —que te has convertido en eso—, vuelve suavemente a la posición del observador. La práctica es ese regreso.

Para terminar, lleva esta cualidad de observación desapegada a tu próximo movimiento.


«La libertad frente al cambio reside en ser la conciencia que lo observa, no en ser los pensamientos y procesos.»


Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».


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