10 El arte de la ilusión consciente


A menudo, en medio del ruido de nuestras vidas, surge una pregunta incómoda: si nada tiene una importancia última, ¿qué hacemos aquí? ¿Cuál es el sentido de todo este esfuerzo?

Esta pregunta conlleva una carga de vértigo existencial. La respuesta, sin embargo, no reside en una conclusión filosófica, sino en una indagación sutil sobre la naturaleza de nuestra experiencia.

Vivimos inmersos en un ecosistema de ilusiones. No se trata de que la vida sea «irreal», sino de que gran parte de lo que consideramos sólido e importante —nuestros roles, logros, preocupaciones e incluso nuestros sufrimientos más profundos— son construcciones mentales que surgen, persisten un tiempo y, inevitablemente, se diluyen. Son como obras de un arte efímero: formas que capturan la luz por un instante, pero cuya naturaleza es, precisamente, transitoria.

La paradoja de la importancia

Decir que «nada importa absolutamente» suena a nihilismo. Pero en el contexto de la autoindagación, esta frase adquiere otro matiz. No se trata de caer en la apatía, sino de comprender que la importancia es un valor que nosotros conferimos. La familia, el trabajo, nuestros proyectos… son importantes en el ámbito relativo y funcional de la vida. Dan estructura y significado a nuestra experiencia. El error no es valorarlos, sino confundirlos con nuestro ser esencial.

Cuando indagamos en «quién soy» más allá de estos ropajes, encontramos una realidad fascinante: la consciencia que testifica todo este teatro no necesita nada de esto para ser. Es el lienzo sobre el que se pinta el cuadro, silencioso e inmutable.

Vivir en la transitoriedad

¿Entonces, la solución es abandonarlo todo? Al contrario. La maestría reside en aprender a vivir en y con la transitoriedad, no a pesar de ella.

Podemos ilusionarnos con un proyecto, disfrutar de los afectos y saborear los placeres. La diferencia es que lo hacemos comprendiendo su naturaleza. Como un artista que se entrega a su obra sabiendo que el cuadro, una vez terminado, tendrá una vida independiente. No se aferra porque sabe que la belleza del acto creativo reside en su cualidad efímera.

Este entendimiento no nos blinda contra el dolor, pero sí transforma nuestra relación con él. Al saber que una situación dolorosa también es transitoria, podemos acogerla sin fundirnos completamente con ella. Dejamos de luchar contra la corriente natural de la vida, que incluye tanto la alegría como la pérdida.

Recuerdo la historia de un niño que no podía dormir, atormentado por la pregunta: «Si al final nos morimos, ¿qué sentido tiene la vida?».

La respuesta no llegó con un discurso sobre la felicidad, sino guiándolo a que contactara con la totalidad de su experiencia. No se le señaló solo lo agradable, sino la textura misma de estar vivo: el contacto con sus amigos, la intensidad del juego, la calma del aburrimiento e incluso la vulnerabilidad que sentía. La pregunta que lo liberó fue: «Con todo esto que experimentas —lo que te gusta y lo que no, lo fácil y lo difícil—, ¿crees que este estar vivo, en sí mismo, vale la pena?»

El niño, entonces, comprendió. No era que la vida fuera solo «cosas buenas». Era que la vida, en su flujo total —con su precariedad y su esplendor— contenía un valor intrínseco e innegable. La pregunta perdió su poder al conectar con la autoridad de la experiencia directa.

Integrar la indagación en el día a día

Este no es un ejercicio de positivismo. Es todo lo contrario: es un acto de honestidad con la condición humana.

Se trata de observar, en medio de una crisis o de una alegría: ¿quién está viviendo esto? Este reconocimiento nos permite participar en la vida desde un centro de gravedad diferente. El esfuerzo y la acción no se anulan, sino que se liberan de la pesada carga de tener que garantizar un resultado permanente.

La capacidad de crear no es un poder mágico para manifestar lo deseado, sino la habilidad humana de dar forma a nuestra experiencia dentro del flujo de lo real. Creamos significado, no realidades a nuestra medida.

Al final, la vida se convierte en una participación elegante con lo transitorio. Podemos bailar con pasión, sabiendo que la música terminará. Y en ese saber, encontramos una libertad profunda: la de poder crear, esforzarnos y amar, no para fijar la vida, sino para fluir con ella. El sentido no es una respuesta que se encuentra, sino la cualidad de una presencia que se abre por completo al misterio de estar vivo.


Pausa: El lienzo de la experiencia

Cierra los ojos. Siente el cuerpo. Solo el peso, el contacto.

Abre la atención a los sonidos. Déjalos llegar y marcharse, como testigos.

Observa los pensamientos. No los sigas. Sé el cielo que ve pasar las nubes.

Todo surge y se disuelve en este espacio de consciencia: sensaciones, sonidos, pensamientos… Siente su transitoriedad. No luches. No te aferres. Solo eres este lienzo tranquilo, bajo la pintura siempre cambiante de la vida.

Abre los ojos, llevando esta presencia al siguiente momento.

«La libertad no está en cambiar el curso del río, sino en aprender a nadar en sus aguas sin ahogarnos en ellas.»

Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».


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Una respuesta a “10 El arte de la ilusión consciente”

  1. uau. escrius molt be. es a dir, escrius molt be el que exposes i m’hi veig molt reflexat en les teves reflexions que son les que també hem de fer nosaltres, els altres. gracies! salut!

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