Capítulo 2 de 12
Cuando empezamos a meditar suele haber una intención. Queremos estar mejor, encontrar calma, comprendernos o liberarnos de determinados patrones. Es normal. Algo nos ha llevado a sentarnos y, de alguna manera, necesitamos una cierta disposición para permanecer cuando aparece la primera incomodidad.
Pero, conforme observamos, puede empezar a mostrarse un movimiento bastante curioso: incluso una práctica que aparentemente nos invita a ir más allá de nosotros mismos puede continuar girando alrededor del mismo lugar.
Yo.
Mi silencio, mis patrones, mi despertar, mi conciencia, mi proceso.
Podemos estar años meditando alrededor de nosotros mismos.
No creo que tengamos que luchar contra esa voluntad ni sentirnos culpables por querer estar mejor.
Todos empezamos desde algún lugar. La cuestión es si, en algún momento, la práctica empieza a ampliar nuestra mirada y nos permite reconocer algo bastante evidente:
No estamos solos.
Vivimos en relación.
Nuestras reacciones, nuestras decisiones y nuestra manera de actuar no terminan en nosotros.
Dependemos de otras personas y, de la misma manera, nuestras acciones afectan a quienes nos rodean. Formamos parte de una red de relaciones mucho más amplia de lo que podemos percibir.
Por eso, en algún momento, aparece una cuestión que considero fundamental: la ética.
Siempre he pensado que una de las grandes aportaciones de muchas tradiciones religiosas ha sido situar la ética en el centro de la práctica. Después podemos discutir cómo se ha utilizado, porque también sabemos que la religión, cuando se institucionaliza y se mezcla con el poder, puede convertir esa ética en una herramienta de control. Pero esa es otra cuestión.
Aquí podemos entender la ética de una manera mucho más sencilla: intentar no hacernos daño y procurar no dañar conscientemente a los demás.
No siempre será posible evitar el daño. Podemos actuar con la mejor intención y provocar dolor en otra persona. Incluso nuestro silencio puede ser interpretado de una manera que no esperábamos. No tenemos control sobre todo lo que generan nuestras acciones, pero sí podemos empezar a observar desde dónde actuamos.
Y esto, de alguna manera, nos saca de nosotros mismos.
En una de las conversaciones del seminario alguien preguntó si era por eso por lo que algunas tradiciones daban tanta importancia a la motivación inicial y a dedicar la práctica al bienestar de todos los seres.
Creo que sí.
El budismo lo expresa de una forma muy clara. El cristianismo utiliza otro lenguaje y otras tradiciones lo formulan de maneras diferentes, pero en muchas de ellas encontramos una orientación semejante: el camino interior no tiene por qué separarnos del otro.
De hecho, si nos separa cada vez más, quizá convenga observar qué estamos haciendo.
En algunas prácticas budistas se invita a colocar simbólicamente delante de nosotros a aquellas personas con las que tenemos mayores dificultades. Tiene su gracia porque uno podría pensar que, puestos a imaginar, empezaríamos por la gente que queremos. Pues no. Delante colocamos precisamente a quien nos incomoda, a quien juzgamos o a quien, en determinados momentos, no soportamos.
Con quien queremos suele ser bastante fácil.
La dificultad aparece con quien nos incomoda.
Ahí podemos ver con mucha claridad cómo funciona la mente. Construimos una imagen de esa persona, repetimos internamente una historia y esa historia alimenta una emoción que, a su vez, parece confirmar todo lo que pensamos.
No se trata de obligarnos a querer a todo el mundo. Eso también sería una fantasía. Hay personas que no nos gustan, comportamientos que podemos considerar inaceptables y acciones que deben tener consecuencias. Comprender que alguien actúa desde su propia confusión o ignorancia no significa justificar lo que hace.
Podemos comprender y, al mismo tiempo, poner un límite; reconocer la humanidad de una persona no impide considerar que debe responder por sus actos.
Cuando hablamos de no separación, a veces caemos en una especie de idealización donde todo debe parecernos bien, como si reconocer una naturaleza común significara aceptar cualquier comportamiento.
No es eso.
Tampoco tenemos que convertirnos en personas incapaces de sentir rabia, rechazo o incluso, en algún momento, el deseo de que a alguien le vaya mal. Esos movimientos también pueden aparecer en nosotros.
Durante el seminario recordé una canción que interpretaba Luz Casal. La letra venía a decir algo así como «que te pase lo peor». Ella explicaba que, después de cantar tantas veces una canción desde ese lugar, había llegado a comprender mejor a esas personas que, en un momento de dolor, pueden desear lo peor a alguien.
Me acordé también de Paquita la del Barrio, la cantante mexicana. Algunas de sus canciones son demoledoras. No se anda precisamente con sutilezas cuando habla de determinados hombres y, sin embargo, podía cantar aquellas letras con una pasión y una humanidad capaces de emocionar.
Eso me interesa porque una cosa es el pensamiento que aparece y otra lo que hacemos con él.
Es posible tener un pensamiento terrible, sentir rabia o imaginar algo que jamás haríamos. Si no reconocemos que esos movimientos también forman parte de nuestra experiencia, corremos el riesgo de construir una imagen demasiado limpia de nosotros mismos.
Soy una persona consciente. Yo no odio. Yo nunca desearía algo así.
Y quizá el pensamiento está ahí.
No hace falta convertirlo en una acción ni sentirnos culpables simplemente porque haya aparecido. La meditación también nos pone delante de estas partes, no únicamente del silencio, la calma y la respiración.
A veces aparece una conversación desagradable, un juicio, una fantasía o una emoción que no encaja demasiado bien con la persona que creemos ser. Podemos intentar expulsarla, corregirla o vestirla rápidamente con una explicación espiritual. También podemos reconocerla y observar qué sucede después.
Quizá la ética pueda empezar ahí. No en fingir que determinados movimientos no existen, sino en reconocer la relación que establecemos con ellos: si los alimentamos, los justificamos o permitimos que se conviertan en una acción.
Hay algo más. Si acabamos de hacer daño conscientemente a una persona, es posible que, cuando nos sentemos, aparezca alguna forma de agitación. Podemos intentar ignorarla, construir una explicación o convencernos de que tenemos razón, pero el cuerpo está ahí. La respiración cambia, aparece tensión y la mente vuelve una y otra vez a la situación.
Por eso la ética no tiene que ser entendida únicamente como un conjunto de normas impuestas desde fuera. También podemos observarla directamente en nuestra experiencia.
¿Qué ocurre en mí cuando hago daño? ¿Qué sucede cuando alimento durante horas el odio hacia alguien? ¿Cómo responde mi cuerpo? ¿Cómo se modifica mi respiración?
No hace falta creer en nada para investigarlo.
A veces pensamos que la bondad es una cualidad extraordinaria, reservada a personas especialmente evolucionadas. Yo no lo veo así. Creo que hay una tendencia profundamente humana hacia el cuidado y la relación. Si no existiera, probablemente el mundo no podría sostenerse.
Nos fijamos mucho en la violencia, en las guerras y en las acciones terribles que los seres humanos somos capaces de realizar. Evidentemente existen y no debemos ignorarlas. Pero la vida también se sostiene porque muchas personas cuidan y porque existe una bondad profunda en la mayoría de la gente.
Eso no suele aparecer en las noticias, pero sostiene buena parte de nuestra vida.
No significa idealizar al ser humano. Dentro de nosotros también existen el rechazo, la rabia, los celos y otros movimientos que no siempre encajan con la imagen que tenemos de nosotros mismos.
La cuestión es si nos damos cuenta.
La meditación no consiste en convertirnos en buenas personas mediante un esfuerzo constante de corrección ni en eliminar aquello que consideramos oscuro. Podemos observar cómo aparece un pensamiento, sentir qué sucede en el cuerpo y reconocer la historia que la mente empieza a construir alrededor de él.
Entre lo que sentimos y lo que hacemos puede abrirse un espacio muy pequeño. A veces es casi imperceptible.
Pero quizá sea suficiente para que aparezca otra posibilidad.
Este texto forma parte de una serie de doce capítulos dedicados a la meditación, el silencio y la investigación de nuestra propia experiencia.
Próxima entrega: Capítulo 3. «El cuerpo está aquí»