El Arte de Observar sin Juicio en Biodinámica


¿Te suena esta situación?

Tal vez trabajes en camilla, tal vez no. Pero seguro que te relacionas cada día con personas que están en tensión, en conflicto o en crisis: familiares, amigos, compañeros de trabajo, pacientes, alumnos. Y en esas situaciones, ¿cuántas veces has sentido la tentación de decirles lo que deberían hacer? ¿Cuántas veces has querido «arreglarles» el problema?

En biodinámica craneosacral aprendemos que hay otra manera. Una manera que no pasa por imponer, sino por acompañar. Y todo empieza por una palabra: observar.

La base de todo es la interconexión

Cuando hablamos de biodinámica, hablamos de muchas cosas: del sistema nervioso, de las membranas de tensión recíproca, del movimiento de los líquidos, de las emociones. Pero si hay algo que lo atraviesa todo, es la interconexión.

Como decíamos en una conversación reciente: «Es entender que, lo pilles por donde lo pilles, siempre hay una reciprocidad. Una de las cosas primordiales es entender que no hay nada que exista de forma inherente por sí misma.»

Esto no significa negar la realidad del mundo. El mundo existe, las personas existen, este espacio existe. Lo que señalamos es que todo es interdependiente. Nada surge en aislamiento, todo se da en relación. Y es precisamente dentro de esa interdependencia desde donde podemos acompañar procesos. Si todo estuviera aislado, no habría comunicación posible. Es porque estamos interconectados que el acompañamiento tiene sentido.

El sistema nervioso: nuestra antena

Dentro de esa red de relaciones, el sistema nervioso juega un papel central. Podemos hablar de energía, de tensión, de musculatura, de emociones. Pero todo eso tiene un eje principal: el sistema nervioso.

Sin sistema nervioso no hay experiencia consciente. El cuerpo es como una antena, un instrumento de captación. Sin él, la información estaría ahí, pero no habría forma de sentirla, procesarla o expresarla. Y lo que somos en el fondo, más allá de esa antena, es algo inefable, que se escapa a cualquier definición.

Para ver una película necesitas un aparato que pueda captar la señal. En nuestro cuerpo sucede algo similar: somos ese aparato. La cuestión es cómo esa captación del medio se convierte en emociones, sensaciones y movimiento. En cierta forma, es magia.

Cuando tocamos, tocamos mucho más que un cuerpo

En biodinámica craneosacral, cuando colocamos las manos en el cuerpo, lo primero que notamos es todo, esa totalidad. Ese movimiento que percibimos está relacionado con los tejidos, con el líquido, pero también con la información y el sistema nervioso.

Cuando tocamos algo, tocamos toda la información del individuo, y no solo la suya, sino la de todo lo que se relaciona con él. Cuando hacemos una sesión, ponemos el foco, la atención en ese instante. Y al hacerlo, se genera esa comunicación con la otra persona.

Pero esto no sucede solo en la camilla. Sucede constantemente, en cada interacción humana. De alguna forma, siempre nos estamos comunicando y transfiriendo información.

La comunicación va más allá de las palabras

Cuando nos comunicamos, tendemos a pensar que la palabra es lo más importante. Sin embargo, «en la comunicación, la parte menos importante es la palabra. Es más importante todo lo que son los gestos, el hecho de poner la atención, de estar presente, de permitirse sentir, observar las sensaciones, observar al otro a través de las sensaciones.»

El lenguaje no verbal, la presencia, la atención: eso es lo que realmente transmite información. Como terapeutas, tenemos esa capacidad de observar, de ir un poco más allá. Lo único que necesitamos es poner el foco. Cuando lo hacemos, nuestro sistema se activa y se vuelve más receptivo.

El gran error del terapeuta: el retorno condicionado

Aquí aparece un punto delicado. Como terapeutas, y como personas, tendemos a hacer algo que llamamos «retorno condicionado». Escuchamos al otro, pero devolvemos una información filtrada por nuestras propias expectativas, por nuestro propio nivel de tensión.

«Cuando estamos hablando y nuestro nivel de tensión hace que yo quiera que tú actúes de una forma determinada (‘me estás hartando porque no funciona como yo quiero’), ya estamos enviando una información condicionada que genera desconexión e incomunicación, y hace que la tensión aumente.»

Es decir, cuando queremos que el otro sea o actúe como nosotros esperamos, estamos generando más tensión, no liberándola. Estamos condicionando, no acompañando.

La clave está en uno mismo: la auto-observación

Entonces, ¿qué hacer? La respuesta puede parecer paradójica, pero es simple: el trabajo con el otro comienza por el trabajo con uno mismo.

«Si queremos trabajar realmente con la biodinámica, tiene que haber ese compromiso de observarse, de sentirse, de observar esos picos de tensión y qué provocan en nosotros.»

Y eso incluye, por supuesto, observar nuestras propias emociones. Sentir la rabia, la tristeza o el miedo en el cuerpo antes de convertirlos en una historia sobre el otro. Porque si no somos capaces de sostener nuestra propia experiencia emocional, difícilmente podremos sostener la del otro sin invadirla o condicionarla.

Cuando somos capaces de observar nuestras tensiones y nuestros condicionamientos, podemos relacionarnos desde un lugar más limpio, más presente. Entonces, lo que sucede en la relación se co-crea desde la interdependencia, no desde la imposición.

Acompañar no es solucionar

Y desde esa auto-observación, cambia también la forma en que entendemos qué significa ayudar al otro. Uno de los aprendizajes más importantes en este camino es entender que no se trata de solucionar nada. Al menos, no en el sentido habitual.

«No es tanto solucionar las cosas, porque las cosas se van a solucionar de una forma u otra, sino ayudar a las personas a eliminar ese pico de tensión para que puedan ver la situación desde otro ángulo.»

Aquí es clave hacer una distinción. Desde una visión absoluta, desde lo más profundo, no hay nada que solucionar. Todo es como tiene que ser, todo forma parte de un proceso más grande que no podemos abarcar. No hay error, solo experiencia.

Pero desde la visión fenomenológica, desde la experiencia cotidiana, sí hay procesos que acompañar, sí hay tensión que liberar. Cuando alguien sufre, cuando alguien no puede con su vida, desde lo absoluto podemos decir «todo está bien», pero desde lo humano esa persona necesita ayuda, necesita que alguien le sostenga mientras libera esa tensión que le impide vivir.

No hay contradicción entre ambas visiones. Operan en niveles diferentes. Una nos da paz, la otra nos da acción. Como terapeutas, necesitamos las dos: la paz para no angustiarnos con el proceso del otro, y la acción para acompañarlo efectivamente.

Para cerrar: el misterio que no podemos abarcar

Termino con una referencia que me gusta especialmente. Hay un libro de budismo tibetano, el Sutra del Corazón. Dentro están las versiones pequeña, mediana y grande. Pues bien, dicen que ni los budas, a los que se atribuye la capacidad de omnisciencia, pueden saberlo todo.

Eso me parece hermoso. Nos recuerda que, por mucho que nos formemos, por mucho que observemos, por mucho que acompañemos, siempre hay un misterio que no podemos abarcar.

Y quizá el mejor lugar para entrenar este arte de observar sin juicio no es solo la camilla, sino cada conversación que tenemos en nuestro día a día.


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