Reflexiones sobre la práctica de la observación y el despertar de la consciencia
Cuando pensamos en meditación, a menudo imaginamos un estado de calma, de silencio agradable, de relajación profunda. Y sí, la meditación puede llevarnos a eso. Pero es solo el principio. De hecho, es cuando aparece la incomodidad —física o mental— que la verdadera meditación comienza. Y es más: la meditación auténtica no tiene ningún propósito. No busca relajarnos, ni mejorarnos, ni iluminarnos. Es simplemente lo que queda cuando dejamos de fingir que somos alguien que debe llegar a algún sitio.
Este artículo recoge las reflexiones de una jornada de práctica y diálogo en torno a tres ejes fundamentales: el cuerpo, la palabra y la mente. Tres dimensiones que, cuando se observan con sinceridad, revelan que no hay nada que conseguir.
LA PRIMERA SORPRESA: LA INCOMODIDAD ES EL CAMINO
Normalmente, cuando nos sentamos a meditar, buscamos paz. Y durante los primeros minutos, la encontramos. Pero pronto llega el aburrimiento, el dolor de espalda, la inquietud. Y entonces pensamos: «Esto ya no es meditación.»
Error. Es aquí donde empieza.
La meditación no consiste en huir de las incomodidades, sino en aprender a estar presentes en ellas. Observarlas sin juicio. Dejar que la tensión, el dolor o el desasosiego sean simplemente otra sensación que atraviesa el cuerpo. Cuando huimos, la meditación se acaba. Cuando nos quedamos, empieza el verdadero trabajo.
Pero cuidado: este «trabajo» no es una tarea. No hay nada que hacer, porque no hay nadie que haga nada. La vida, la respiración, los pensamientos, todo ocurre por sí solo. Creer que nosotros somos los autores de nuestra práctica es una forma sutil de ego.
CUERPO, PALABRA, MENTE: LA TRÍADA DE LA COHERENCIA
En la tradición budista, existe una expresión sánscrita: Om Ah Hum. Significa cuerpo, palabra y mente. Y es el eje de la coherencia interna, pero no como una meta a alcanzar, sino como una descripción de lo que ya somos.
- El cuerpo es lo que sentimos. Su presencia física, sus sensaciones, su peso. No es una herramienta para conseguir nada; es simplemente el vehículo a través del cual la vida se expresa.
- La palabra no es solo el habla, sino la creación mental: las estructuras, los pensamientos, las historias que nos contamos. Pero estas historias no son «nuestras»; son el resultado de innumerables causas y condiciones.
- La mente es la consciencia que puede observarlo todo sin aferrarse. Pero esta consciencia no es algo que debamos desarrollar; ya está aquí, siempre presente.
Cuando estos tres elementos se observan con claridad, vemos que no hay ningún «yo» detrás. Solo un proceso, una danza.
LA PRÁCTICA DEL CUERPO: SENTIR LA GRAVEDAD
Desde una perspectiva práctica, podemos decir que la gravedad es una aliada poderosa para conectar con el cuerpo. No como una fuerza que nos hunde, sino como una presencia que nos sostiene.
En la práctica, aprender a sentir el peso del cuerpo —su dirección hacia abajo— nos ayuda a habitarlo. Y desde ahí, podemos observar las tensiones, las resistencias, los patrones que se acumulan en él. No para eliminarlos, sino para verlos tal como son.
La respiración consciente, especialmente la espiración lenta y profunda, es el vehículo para soltar. Cuando espiramos, relajamos. Cuando dejamos que el aire salga hasta el final, el cuerpo suele tomar el relevo e inspirar por sí mismo. No hace falta forzar nada. Solo acompañar, y darse cuenta de que incluso esto —la respiración— ocurre sin un «yo» que la controle.
LA MENTE Y LA INERCIA DEL PENSAMIENTO
Llega un momento en que, tras calmar el cuerpo, la mente empieza a proyectar su película. Aparecen pensamientos, emociones, recuerdos. Y aquí solemos huir.
Pero la invitación es justamente la contraria: observarlos. Ver que los pensamientos no tienen permanencia. Que van cambiando, que no los podemos atrapar. Que son impermanentes. Y, sobre todo, que no son «nuestros».
La inercia mental nos lleva a repetir siempre las mismas historias, los mismos patrones. Y para salir de ella, no hace falta hacer nada más que observar. No hay una decisión que tomar, porque ¿quién tomaría esa decisión? La observación misma es lo que permite que la inercia se vaya disipando. Como en una rueda: cuanto más cerca del centro, menos movimiento. Y el centro es el silencio, la consciencia sin contenido.
LA INTERCONEXIÓN Y LA RESPONSABILIDAD
Uno de los descubrimientos más profundos de la práctica es que no estamos separados. Nuestros miedos, nuestras rabias, nuestras tensiones, no son solo nuestras. Son herederas de una historia colectiva, de generaciones enteras, de la humanidad entera. Y, sin embargo, no hay nadie a quien culpar. Todo es el resultado de causas y condiciones.
Cuando observamos con atención, vemos que todo está interconectado. Que lo que pasa al otro lado del mundo nos afecta. Que nuestros actos, palabras y pensamientos tienen repercusiones más allá de lo que imaginamos.
Por eso, la práctica no es solo un trabajo individual. Es un trabajo que, en beneficio propio, repercute en todos los seres. Pero cuidado: este «beneficio propio» es otra ilusión. No hay un «yo» que se beneficie. Simplemente, cuando la confusión se disipa, la acción que surge es naturalmente armónica, no porque alguien la decida, sino porque la realidad es así.
LA RABIA Y LAS EMOCIONES DIFÍCILES
Cuando aparece una emoción intensa —rabia, tristeza, miedo—, la tendencia es querer resolverla, eliminarla o huir de ella. Pero la práctica enseña otra vía: quedarse ahí.
Sentarse con la rabia. Sentirla en el cuerpo. Observarla sin actuarla. Dejar que haga su ciclo. No porque esperemos que pase, sino porque, simplemente, ya está pasando. Y resistirse a ella solo la perpetúa.
Un maestro dijo una vez a alguien que estaba muy enfadado: «Siéntate aquí. Mientras estés sentado, no matarás a nadie.» Esta sencilla indicación contiene toda la sabiduría: la emoción, acogida, pierde su fuerza destructiva. Y si repetimos este ejercicio una y otra vez, el sistema se acostumbra. La rabia ya no nos atrapa tanto. Aparece, pero pasa. Como una ola que viene y se va. Y al final, ni siquiera hace falta «acogerla»: solo ver que no es nuestra.
LA DUDA Y EL MIEDO AL CAMBIO
Uno de los grandes obstáculos para salir de la inercia es la duda. Nos da miedo tomar decisiones porque abren la puerta a lo desconocido. Y lo desconocido nos asusta.
Pero la verdadera revolución no consiste en tomar decisiones heroicas. Consiste en ver que no hay nadie que decida. Las decisiones, como todo, son parte del flujo de causas y condiciones. El miedo, la duda, son solo pensamientos más. Observarlos es suficiente.
Y después, esperar. Sin exigir resultados. Sin pretender entenderlo todo. Porque el entendimiento, a menudo, es otra trampa mental. Una tapadera que nos hace creer que lo hemos resuelto, cuando solo lo hemos etiquetado.
EL CUERPO COMO REFUGIO
En medio de la tormenta mental, siempre nos queda el cuerpo. Podemos volver a la sensación del peso, a la respiración, a la gravedad. Podemos llevar la atención a los pies, a la conexión con la tierra.
El cuerpo no juzga. El cuerpo no fabrica historias. El cuerpo simplemente siente. Y en este sentir, hay una puerta a la presencia. Pero esta presencia no es algo que debamos mantener; es lo que siempre es, cuando dejamos de interferir.
Cuando una emoción nos sacude, si la llevamos al cuerpo y la respiramos, se transforma. Perdemos el miedo. Ganamos claridad. Pero incluso esto —»ganamos claridad»— es una forma de hablar. En realidad, la claridad siempre está ahí; solo la confusión la tapaba.
Y AL FINAL, ¿QUIÉN ERES TÚ?
Si nos preguntamos «¿quién soy yo?», no encontraremos una respuesta definitiva. No hay un yo fijo, permanente. Hay un conjunto de causas y condiciones, una expresión única de la consciencia. Pero esta consciencia no es algo que tengamos; es lo que somos. Y lo que somos no se puede objetivar.
El ego es solo una idea, una construcción. Pero le damos tanta fuerza que nos identificamos completamente con él. La invitación de la práctica es ir más allá. Observar sin aferrarse. Sentir sin etiquetar.
Y es esa observación, sin más, sin generar acción alguna, la que nos libera de la inercia. Vivamos la vida, pues ella va marcando el ritmo. No se trata de controlar, es más el hecho de dejarnos sorprender por el devenir.
Si la meditación aparece en tu vida, no hace falta que la hagas perfecta. Quizás en algún momento, siéntate. Media hora, diez minutos, lo que surja.
Conecta con el peso del cuerpo. Respira. Y cuando lleguen pensamientos, no luches contra ellos. Obsérvalos. Déjalos pasar. Pero no lo hagas para conseguir nada. No esperes resultados. No busques la paz. Simplemente siéntate, porque sí.
Y si surge una emoción difícil, quédate con ella. Acógela. Respírala. Confía en que pasará. Pero no confíes porque alguien te lo haya dicho; confía porque, simplemente, no tienes nada que perder.
Porque, al fin y al cabo, la práctica no es una huida. Es un retorno. A casa. A ti mismo. A la sencillez de ser. Y esta sencillez no se puede explicar. Solo se puede vivir.
UNA MIRADA FINAL: LA NO-DUALIDAD COMO MITO PEDAGÓGICO
Todo lo que hemos dicho hasta ahora —cuerpo, palabra, mente, gravedad, observación— son solo imágenes, metáforas, «mitos pedagógicos» para aquellos que todavía necesitamos representaciones mentales. La no-dualidad es un caramelo para la mente, no la realidad última.
La realidad no se puede atrapar con palabras. Cualquier intento de definirla la traiciona. Por eso, lo que realmente importa no es entender nada, sino estar disponible. Escuchar sin filtros. Dejar que la vida viva a través de nosotros, sin pretender dirigirla.
Y en esta disponibilidad, quizás —solo quizás— hay algo que no se puede decir. Pero que se puede vivir.
Que la práctica te acompañe.