21 El viaje de regreso a lo que siempre ha estado


Hemos llegado al día 21. No es un final, sino un punto de encuentro contigo mismo después de un recorrido. Este viaje nació en mayo de 2020, en un momento de pausa global, como un espacio online donde, durante veintiún días, simplemente nos sentamos a observar. Lo que has leído en estos artículos es la esencia de aquella travesía: un intento de expresar con palabras sencillas, sin tecnicismos, aquello que surge cuando paramos.

El hilo fue claro, aunque no siempre fácil:
Comenzamos en el cuerpo. Ante el ruido mental, la propuesta fue simple: bajar la atención a las sensaciones. No para analizarlas, sino para sentir su realidad tangible. Era el primer gesto de salir del laberinto de los pensamientos y anclarnos en el territorio presente.
Luego, nos adentramos en la observación de la mente. Vimos cómo crea historias, cómo se aferra a barcas que ya no necesita (hábitos, identidades, razones). Aprendimos a no seguir cada pensamiento, sino a reconocerlos como fenómenos que pasan, como nubes en el cielo de nuestra conciencia.
Finalmente, la indagación nos llevó a la naturaleza de la mente misma. ¿Quién observa? ¿Qué es este espacio silencioso desde el que todo –el cuerpo, los pensamientos, el mundo– aparece y se desvanece? Aquí, el lenguaje se vuelve paradójico, porque intenta señalar lo que está antes de las palabras: esa presencia consciente que ya somos.

La práctica más allá de los clichés

Uno de los propósitos era alejarnos de ciertos clichés. Esto no era un curso de relajación, aunque a veces la calma llegara. No se trataba de crear una ficción agradable, sino de mirar de frente la realidad de nuestra experiencia, tal cual es. La autoindagación es ese gesto valiente de preguntar “¿quién soy yo?” más allá de las respuestas prefabricadas. No es un análisis psicológico (aunque pueda tocar esas capas); es un reconocimiento directo y no conceptual.

Y aquí toca hablar de lo que rara vez se menciona: la práctica no siempre es sublime ni cómoda. A veces es aburrida. De hecho, cuando aparece el aburrimiento y seguimos sentados, es quizás cuando realmente empezamos a meditar. Cuando perdemos el sentido y la curiosidad, esa que quiere ver quién está detrás de los condicionamientos. Cuando la motivación flaquea porque no sentimos el anhelo de libertad. Estos no son fracasos. Son las piedras del camino. Son la prueba de que estamos dejando de buscar entretenimiento en la práctica para encontrarnos con la práctica misma, desnuda de expectativas.

La motivación: ¿Qué nos mantiene sentados?

¿Por qué seguir entonces? Cada persona tiene su momento, y no todos están listos para esta indagación. A veces, es necesario un trabajo personal previo. No hay prisa. Este viaje es una opción, una de las muchas que la vida ofrece. No es más importante que otras; simplemente, es la que algunos elegimos tomar.
La motivación más profunda no nace de buscar paz, sino del asombro ante el misterio de la vida. De la fascinación por investigar: ¿Qué es esta existencia? ¿Quién es este “yo” que la vive? Cuando ese misterio nos toca, la práctica deja de ser una tarea y se convierte en un acto natural de curiosidad amorosa.

Un recordatorio esencial: tu propia autoridad

En todo este proceso, la actitud más sana es la de no dar crédito ciego a nadie. Ni a estos textos, ni al que los escribe, ni a ningún maestro. Lo verdaderamente transformador es darte la oportunidad de parar y ver por ti mismo. De observar tus inercias mentales, tus resistencias, tus momentos de quietud. Eres libre de explorar, de dudar, de verificar en tu propia experiencia. Esa es la brújula infalible.

Integrar el viaje en la vida que sigue

Entonces, ¿qué queda después de estos 21 días? No un diploma, sino una dirección:

Cuando el ruido mental arrecie, recuerda el cuerpo. Siente los pies en el suelo, la respiración. Es tu ancla.

Cuando te veas atrapado en un bucle de pensamientos, observa la historia sin creértela. Sé el testigo, no el personaje.

Cuando te inquietes en lo incierto y transitorio, reconoce el espacio que no cambia: esa conciencia silenciosa que está detrás de todo el movimiento.

La práctica no termina; se funde con el día a día. Se convierte en la pausa antes de reaccionar, en la escucha atenta, en la acción que surge desde una quietud interior.

Una última invitación

Para cerrar, te propongo esto, no como una meditación guiada, sino como un gesto de integración:

Para. Solo por un minuto. No cambies tu postura, no fuerces la respiración.

Observa. Deja que los sonidos, las sensaciones, los pensamientos, estén ahí. Sin juzgarlos, sin seguirles el hilo.

Reconoce. Fíjate en Eso que está observando. Ese “darse cuenta” que es previo a cualquier pensamiento. No lo definas. Solo siéntelo.

Descansa. Por un instante, deja caer todo esfuerzo. Incluso el esfuerzo por “estar presente”. Permite que todo sea exactamente como es.

En esa pausa, tal vez vislumbres lo que este viaje ha intentado señalar todo el tiempo: que lo que buscas (paz, claridad, sentido) no está en otro lugar, sino en la conciencia misma desde la que lees estas palabras. No es algo que construir, sino algo que reconocer.

El viaje de regreso no era hacia un lugar lejano. Era el regreso a lo que siempre ha estado aquí, sosteniendo incluso el deseo de buscar.

“El verdadero cierre no es el fin de la práctica, sino el principio de una mirada nueva: la que ve todo –el ruido y el silencio, la búsqueda y el hallazgo– como el juego vivo de tu propia conciencia, libre y despierta.”

Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».


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