20 Cuando la mente descansa


En lo diario, en el constante movimiento de pensamientos, emociones y actividades, existe un anhelo profundo y común: encontrar un espacio de quietud. No una quietud física, sino esa calma interna que parece escurrirse entre nuestros dedos cuando más la buscamos. Curiosamente, ese espacio no está lejos; de hecho, lo habitamos más a menudo de lo que creemos, aunque no siempre lo reconozcamos. Esta búsqueda de calma es en general, el impulso a toda la vorágine de actividad en la que nos metemos para no sentir el silencio al que no estamos acostumbrados y miedo nos da.

La meditación es un ejercicio y una de sus funciones es acostumbrarnos a este silencio.

Siéntate y deja que el toro salga

Para explorar esto, podemos valernos de una imagen sencilla: la del toro en el campo.

Imagina un toro encerrado en un pequeño corral. Al liberarlo, corre desbocado y agitado, hasta que el agotamiento lo vence y se desploma a la sombra de un árbol, en un reposo profundo y natural. Ese toro es nuestra mente. Su naturaleza es moverse, generar pensamientos, emociones, historias. El torero, con su capa, representa nuestro personaje, esa identidad que intenta dirigir, controlar o estimular constantemente a la mente: «Tengo que hacer esto», «¿Por qué pienso aquello?», «Debo calmarme».

La lucha agotadora surge cuando, ante la inquietud mental (el toro corriendo), respondemos agitando aún más la capa: más análisis, más resistencia, más control. Creemos que la solución está en hacer algo con la mente. Sin embargo, la verdadera quietud no se conquista, se permite. Llega cuando el torero, cansado también, deja la capa; cuando nosotros dejamos de intentar arreglar o guiar nuestro estado interno y simplemente lo observamos.

El árbol bajo cuya sombra descansan —y el espacio mismo de la dehesa— es el lugar silencioso donde todo esto ocurre. No es un sitio físico ni un estado especial que alcanzar. Es la conciencia misma, el fondo desde el que surge el movimiento. En ese espacio no hay separación: el toro (la mente agitada), el torero (el personaje que intenta controlar) y la quietud (el reposo) no son cosas diferentes. Son expresiones de lo mismo. La agitación y la calma surgen y se disuelven en este campo consciente que ya somos.

Esta comprensión nos lleva a un punto esencial, más allá de la metáfora: todo lo que experimentamos —pensamientos, sensaciones, el mundo «exterior»— es fenoménico. Es decir, aparece y desaparece en este espacio. No tiene una existencia independiente y fija. Lo «objetivo» y lo «subjetivo» son interdependientes; se definen el uno al otro y surgen juntos. Este instante, tal como es, emerge de forma espontánea de esa red de interdependencia.

Comprender esto no significa negar la realidad de nuestra experiencia (no es que «nada exista»). Significa ver que nada existe por sí solo, de forma aislada y permanente. La mesa que ves existe en relación con tu vista, la luz, el concepto «mesa» y un sinfín de causas. Tu pensamiento de preocupación surge en dependencia de recuerdos, sensaciones corporales y el hábito mental de aferrarse. Al ver esta naturaleza relativa y fluida de todos los fenómenos, la mente comienza a relajarse de forma natural.

¿Por qué? Porque pierde el combustible de la identificación sólida. Si el pensamiento ansioso no es «algo mío» que deba combatir, sino un fenómeno pasajero que surge en el campo de la conciencia, puedo permitirle estar. Si la emoción dolorosa no es un estado permanente que define quién soy, sino una ola que llega y se va, puedo sentirla sin ahogarme en ella. El torero deja de pinchar al toro. La atención se retira de la lucha y se asienta en el espacio que la contiene. En ese espacio, paradójicamente, la lucha se disuelve.

La práctica, entonces, no consiste en crear quietud, sino en reconocerla. Ya está aquí. En cualquier momento puedes hacer una pausa. No para analizar tu mente, sino para sentir la sensación de «ser» detrás del pensamiento, el silencio entre los sonidos, la apertura en la que aparece la contracción. Es como si, en medio de la carrera, el toro intuyera la sombra del árbol: un refugio de calma mental. Es un recordatorio de que ya hay reposo, incluso en el movimiento.

Cuando vivimos desde esta comprensión, la vida no se detiene. El personaje sigue actuando y la mente sigue generando pensamientos, pero ya no hay una identificación absoluta con ello. Hay un flujo, una participación libre en el juego fenoménico, sabiendo que nuestra verdadera naturaleza es ese espacio silencioso, interdependiente y amorfo en el que todo el drama y toda la paz ocurren. No estás separado de la red de la vida; eres el nodo consciente a través del cual la vida se experimenta a sí misma, en su inquieta y quieta totalidad.


«El movimiento mental puede continuar; tú eres la quietud que lo contiene.»


Práctica del día: Soltar la capa

No necesitas dedicarle un tiempo especial; es una práctica para aplicar justo en medio del «ruido». Úsala cuando notes que la mente se acelera o surge la urgencia de controlar una situación.

1. Detecta la embestida
En cuanto sientas tensión, prisa mental o ganas de discutir con la realidad, detente un microsegundo. Reconoce: «Ahí está el toro corriendo». No lo juzgues.

2. Suelta la capa
Imagina, física y mentalmente, que sueltas la capa roja.
Dejas de alimentar el drama. Dejas de querer tener razón. Dejas de intentar calmarte a la fuerza.
Respira y no hagas nada con lo que estás sintiendo.

3. Reconoce la dehesa
Con la capa en el suelo, permite que se revele el espacio que ya está ahí.
No se trata de convertirte en algo, sino de recordar que ya eres el campo amplio (la dehesa) donde el toro corre y se cansa.
Descansa en esta certeza. El movimiento mental puede continuar; tú eres la quietud que lo contiene.

Sin lucha, no hay agotamiento. Solo vida sucediendo.

Recuerda: Darse cuenta es la práctica en sí misma. Es el mecanismo natural de la consciencia para volver a su esencia.

Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».


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