19 Diario de un silencio


Hoy se cumplen 19 días. Estamos rozando el final, pero no de una práctica, sino de una parada. De un extraño acuerdo conmigo mismo para no buscar nada, pero para observar todo. Y lo primero que aparece, ineludible, es el tiempo.

Las horas son las mismas, pero este cuerpo ya no responde con la misma urgencia. Los años pasan y la vida parece precipitarse, no porque el mundo gire más rápido, sino porque yo me muevo dentro de él con otra cadencia. Esta simple percepción ya es la primera puerta. Si el tiempo no es solo lo que marcan los relojes, ¿entonces qué es?

Y en esa pregunta, sin buscarlo, aparece el silencio. No un silencio impuesto, sino uno que se presenta solo, como una silla vacía en medio de la habitación. Esa silla no está esperando a un maestro ni a una enseñanza; está vacía porque no hay nada que explicar. Solo hay un espacio para que cada uno perciba, por sí mismo, la realidad de lo que Es. He estado usando demasiadas palabras para explicar lo que no necesita explicación. Hay un “centro del centro” que no se describe, se habita. Es el silencio del que todo surge, ese “caldo primigenio” del que, paradójicamente, emerge incluso este ruido de mis pensamientos. Cuando dejo de intentar definir ese centro, algo se relaja. No estoy buscando llegar a un lugar, sino reconociendo el lugar desde el que ya miro.

Aquí es donde tropiezo con la gran trampa, una en la que he caído incontables veces: convertir esto en un método. Querer “meditar”. La mente, ávida de control, toma esta sensación abierta y quiere empaquetarla: “Esto es meditación. Debo repetirlo. Debo mejorarlo”. Pero en realidad, no existe la meditación. No como verbo, no como acción que realizas. Existe, en todo caso, un estado de no-resistencia al que no llegas, del que parten todos los caminos. Es un parar. Un “dejar que las cosas pasen”, como el pastor en la montaña que, cuando le preguntan qué hace, responde con un verbo antiguo y preciso: «Badar». No es exactamente no hacer nada, ni tampoco meditar. Es simplemente estar ahí, encantado, sin pensar, entregado por completo a su propia observación.

Pero mi mente no es una montaña. Es una ciudad llena de tráfico. Y el intento de “badar” se convierte de inmediato en una lucha titánica contra el ruido. Quiero el silencio. Lo deseo. Y en ese deseo, lo convierto en el objeto más ruidoso de todos. Me vuelvo como el segundo alquimista de la historia, el que cree que puede dominar la fórmula de la piedra filosofal. Le pide al maestro el secreto y finalmente lo consigue, con una única y devastadora condición: “Cuando hagas la fórmula, no pienses en un cerdo”.

El resultado, claro está, es el fracaso absoluto. Mi mente, ante la negación, se dedica con fervor a construir el cerdo más grande, detallado e ineludible que haya existido. La orden de no pensar en algo se convierte en la arquitectura perfecta para que ese algo lo domine todo.

Esta parábola me desarma. No es solo una anécdota sobre pensamientos. Es la radiografía de toda búsqueda espiritual que se vuelve obsesión. Cada vez que trato de “controlar mi mente” para alcanzar el silencio, estoy pensando en el cerdo. Cada vez que me frustro por no “estar en el centro”, estoy alimentando al animal. Parece que la liberación no viene del control, sino del reconocimiento de esta mecánica absurda. Ver cómo, al intentar agarrar el silencio, solo consigo agarrar más ruido.

Y es justo en ese callejón sin salida donde, por cansancio o por gracia, algo se rinde. La lucha cesa. Y entonces…

¿Qué queda? ¿Un camino sin método? Precisamente. Queda «el acabose del comenzose».

Estos 19 días no son un logro, son el desprenderse de la idea de que se necesita lograr algo. Se disuelve la noción de niveles, de que hay alguien “más evolucionado”. Podemos diferenciarnos por actos, pero en esencia, eso no significa nada. Solo hay capas de comprensión que no se superan, se desdibujan. La montaña no es más espiritual que la ciudad; solo son contextos diferentes donde se libra la misma batalla (o se declara la misma rendición): la batalla contra nuestro propio deseo de controlar la experiencia.

Al final, estos días solo me dejan con una sensación, no con un conocimiento. La sensación de que todo esto —la prisa, el silencio, la búsqueda, el cerdo— ocurre dentro de un espacio más vasto y tranquilo. Un espacio que no he creado yo, que siempre ha estado aquí. El trabajo no es construirlo, sino dejar de construir tanto a su alrededor. Parar. Y en esa pausa, quizás, el silencio decida llegar. No porque lo haya convocado, sino porque he dejado de gritar su nombre.

Hoy es el día 19. No el final. Simplemente, un día más en el que recuerdo la última gran paradoja: no hay práctica, es cierto. Pero sin la práctica de no practicar, jamás nos daríamos cuenta de nuestro propio Badar. Solo sentándonos a «no hacer» descubrimos que el silencio siempre ha estado.

Solo este instante, con o sin cerdo, con o sin silencio. Y continuar.


«La enseñanza más profunda no se recibe: se encuentra en el centro de tu propio silencio.»


En algún momento de tu día, para completamente.

Durante sesenta segundos, no hagas nada.
No respires de forma especial.
No cambies tu postura para meditar.
No cierres los ojos si no quieres.

Simplemente, deja que todo sea exactamente como es.

Observa cómo el mundo sigue sucediendo: los sonidos llegan, los pensamientos pasan, la respiración viene y va. Tú no haces nada con ello.

Al final del minuto, antes de volver a la actividad, nota esto:
En ningún momento de ese minuto tú creaste el silencio. Solo dejaste de añadirle algo.

Eso es todo.

Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».


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