Buen día. Buen día. Ya estamos aquí. Si nos fijamos, desde que empezamos este camino juntos hasta ahora, han pasado unos cuantos días. El tiempo parece avanzar inexorable, ¿verdad? Pero hoy quiero invitarte a un cambio de mirada: ese tiempo, y el espacio que te rodea, son el escenario más personal y maleable que experimentas.
Una percepción con café
Piensa en la taza que sostienes esta mañana. Para que exista como «taza» para ti, necesita un «dónde» y un «cuándo». Sin espacio-tiempo no hay objeto. Pero aquí está el primer giro: no hablo del espacio-tiempo de las ecuaciones, sino del espacio-tiempo de la experiencia humana; el escenario perceptivo básico que tu mente usa para ordenar el mundo. No es una caja fija; es una percepción activa, una creación de nuestra mente para poder funcionar.
Lo que realmente percibes no es la taza en sí, sino la construcción que tu mente hace de ella. Le da forma, función («esto es para café») y hasta valor emocional («me la regalaron»). Y lo más fascinante: nosotros, colectivamente, nos hemos puesto de acuerdo en qué atributos darle a las cosas. Hemos creado un consenso social. Por eso todos vemos una «silla» y nos sentamos. Este acuerdo es lo que hace posible el mundo funcional, el día a día. Es útil y maravilloso.
La impermanencia del escenario
Y aquí llegamos a algo que podemos observar: no podemos aferrarnos a nada. Todo lo que existe dentro de este escenario perceptivo es transitorio. No puedes atrapar el momento en que tenías 18 años, ni aferrarte al inicio de esta lectura, que ya ha pasado. Incluso la taza favorita, algún día, se romperá o perderá su color. Nuestra tendencia es querer que las cosas permanezcan, pero esa lucha es contra la naturaleza misma del espacio-tiempo. Nada de lo creado es eterno: ni los objetos, ni nuestra personalidad, ni nuestras sensaciones. Todo vibra y se transforma a cada instante. La temperatura del café en tus manos cambia ahora mismo, y la sensación que te produce también. Más que una teoría, es algo que se puede observar directamente.
El observador y la actitud
Entonces, si todo es una construcción transitoria dentro de este escenario perceptivo, surge una pregunta más interesante que «¿qué actitud me pongo?». La pregunta es: ¿puedo observar la actitud con la que ya me he levantado?
Esa inercia inicial —la prisa, el desánimo, la ligereza— tiñe el escenario entero. El primer acto de libertad no es elegir un disfraz nuevo de la nada, sino darte cuenta del que ya llevas puesto. Y desde ese lugar de observación, desde ese testigo que puede ver la «prisa» como un fenómeno más en el escenario, surge la posibilidad sutil de un cambio. No se trata de un esfuerzo por ser positivo, sino de un sencillo reajuste del foco. Puedes observar cómo la actitud de este instante, una vez vista con claridad, puede soltar su rigidez y abrirse a lo que el día trae, sin necesidad de que todo siga un guion prefijado.
Relativizar y soltar
Este reflexionar sobre el espacio-tiempo perceptivo no es un juego intelectual. Es una herramienta para relativizar. Nos permite ver que las situaciones de la vida, por abrumadoras que parezcan, son fenómenos que ocurren dentro de este escenario. Como venimos viendo desde el principio, todo lo fenoménico está en este espacio-tiempo perceptivo, y este es el escenario de la creación conceptual de la mente. Nada de ello tiene una existencia inherente y fija; como fenómeno, depende de infinitos factores para poder ser.
No se trata de negar la existencia de las cosas o la viveza de la vida, sino de observar cómo las observamos. Ver la transitoriedad de todos los fenómenos —de las crisis, de las alegrías, de nuestra propia identidad— es un trabajo de liberación primordial. El intelecto puede contar palabras y buscar sus bordes, pero la claridad, y una cierta bendición, entran por donde descansa el agarre. Soltar ese agarre es, en lo cotidiano, dejar de pelearse con lo que ocurre. Cuando la mente se vuelve simple, abierta y sin artificios, el significado se despierta por sí mismo
«¿Y si dejases de pelear con lo transitorio?»
Todo va pasando
Adopta una postura cómoda y, si quieres, cierra suavemente los ojos.
Puedes hacer una exhalación un poco más larga, como un pequeño suspiro,
y permitir que el cuerpo suelte un poco de tensión.
Siente que en ti caben el cuerpo, la respiración y los sonidos,
y también la actitud con la que estás aquí ahora.
Todo aparece y cambia en tu campo de conciencia.
Quédate unos momentos observando cómo todo va pasando,
sin intentar detenerlo ni forzarlo.
Cuando lo sientas, respira un poco más hondo,
nota de nuevo el cuerpo y el espacio,
y abre los ojos.
Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».