13 ¿Quién sostiene la tormenta?


Si en nuestro último encuentro hablamos de cómo la incertidumbre desmonta nuestras seguridades externas, hoy quizá valga la pena mirar hacia adentro. Porque cuando la tormenta arrecia fuera, hay algo en nosotros que se tensa para intentar sostener lo insostenible.

A menudo llamamos a esa tensión «yo», pero si observamos con más calma, quizá descubramos que se trata de una construcción, un personaje que hemos ido armando para sentirnos seguros, aceptados o competentes. Y es natural. Todos necesitamos una identidad para navegar por el mundo. El problema surge cuando creemos que somos exclusivamente esa armadura y vivimos aterrorizados de que se agriete.

No es un miedo a una amenaza física real; es una inquietud más sutil. Es ese nudo en el estómago o esa rigidez en los hombros que aparece cuando sentimos que perdemos el control, cuando las cosas no salen como ese personaje necesita que salgan. Es el vértigo de pensar: «Si suelto esta imagen de seguridad, ¿qué queda de mí?».

Y cuando esa inquietud se vuelve insoportable, suele aparecer un mecanismo muy humano: la culpa. Buscamos desesperadamente a un responsable de nuestro malestar. A veces señalamos fuera (las circunstancias, los otros) y a veces apuntamos hacia dentro, castigándonos por no ser suficientes. La culpa es el intento desesperado del personaje por recuperar el control mediante el juicio. Pero, ¿alguna vez la culpa te ha traído verdadera paz? ¿O más bien te deja exhausto y paralizado?

Quizá exista otra posibilidad. Una que no tiene que ver con juzgar, sino con responder.

La responsabilidad, entendida no como una carga moral sino como la capacidad de hacerse cargo de la propia experiencia, cambia el paisaje. Es el momento en que dejas de preguntar «¿quién me ha hecho esto?» y empiezas a preguntarte: «¿Cómo me relaciono yo con esto que estoy sintiendo?».

No se trata de una técnica mental. Es algo físico. Cuando el miedo a que se caiga la fachada o el peso de la culpa aparezcan, la invitación es a volver a lo básico: el cuerpo.

En lugar de debatir con tus pensamientos, ¿qué pasa si simplemente notas el peso de tus pies en el suelo? ¿Qué ocurre si, en lugar de rechazar esa opresión en el pecho, respiras hacia ella y le haces espacio?

Al bajar al cuerpo, al sentir la realidad del momento sin la narrativa de la mente, el personaje pierde fuerza. No porque luches contra él, sino porque dejas de alimentarlo. En esa pausa, en esa respiración consciente, recuperas una autoridad tranquila sobre tu propia vida. No estás intentando arreglar nada; estás aprendiendo a estar contigo, con lo que hay, sin máscaras.

Y desde ahí, desde esa honestidad desnuda, las relaciones y las decisiones fluyen de otra manera. No porque tengas una estrategia mejor, sino porque estás presente.


Un momento de pausa (Práctica sugerida)

Te invito a cerrar los ojos un instante, si te apetece.

No hay nada que conseguir ahora, ni ningún estado especial que alcanzar.
Solo nota que estás aquí. Siente el contacto físico de tu cuerpo con la silla o el suelo.

Permite que la respiración suceda a su ritmo.

Si notas alguna tensión, alguna zona que se cierra, no intentes forzarla para que se relaje. Simplemente obsérvala con curiosidad, como quien acompaña a un amigo en silencio.

En este instante de sensación pura, no necesitas sostener ninguna imagen. Puedes descansar del esfuerzo de ser alguien.

Solo respira. Solo siente.


«Responsabilizarse no es cargar con una culpa, es recuperar la autoridad sobre la propia experiencia.»

Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».




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