Buen día. Hoy quiero abordar un tema que a muchos nos resulta fascinante: el de los Maestros Ascendidos, los ángeles y las canalizaciones. Un universo que despierta la curiosidad, pero que merece una reflexión profunda sobre su naturaleza y nuestro lugar en relación con él.
Permítanme compartir una perspectiva que invita al discernimiento.
Todo este fenómeno, con toda su riqueza simbólica y potencial inspirador, surge y se manifiesta en el plano de la experiencia subjetiva. Es una expresión más del potencial de la conciencia, una de las múltiples formas en que se expresa la psique humana. La cuestión no reside necesariamente en validar o invalidar su existencia externa —reconozco que muchos de estos mensajes contienen belleza y pueden ofrecer consuelo—, sino en examinar dónde situamos nuestra autoridad y nuestro poder personal.
El riesgo concreto aparece cuando, movidos por una legítima sed de conexión, externalizamos nuestra sabiduría esencial. Sin darnos cuenta, lo que inicialmente era una inspiración puede convertirse en una dependencia sutil, delegando en voces ajenas lo que corresponde a nuestro propio discernimiento. La historia espiritual está llena de ejemplos en los que la entrega de la autoridad personal ha llevado a dinámicas de poder problemáticas o a la renuncia del propio criterio.
Es crucial aclarar que no se trata de negar otras dimensiones de experiencia o formas de consciencia. La pregunta fundamental no es tanto “¿Existe esto?” sino “¿Desde dónde me relaciono con ello?” y “¿Qué patrones se activan en mí?”. El universo perceptual es vasto —desde una intuición profunda hasta una experiencia visionaria—, pero el ancla de la cordura y la autenticidad siempre estará en la conciencia que percibe, no solo en lo percibido.
Cuando hablo de “verdad última”, me refiero a esa experiencia directa, no conceptual, de quietud y unidad que diversos buscadores, tradiciones y corrientes de pensamiento —desde el advaita vedanta hasta la psicología transpersonal— han descrito como un sustrato común, accesible en lo profundo del ser humano. No es una afirmación dogmática, sino la constatación de un potencial humano universal: la capacidad de reconocer nuestra naturaleza esencial más allá del ruido mental.
Entonces, si esta conciencia básica ya es lo que somos, ¿para qué indagar?
Precisamente porque el condicionamiento humano es profundo. Operamos desde la creencia arraigada de que la plenitud está “allá afuera” —en un maestro, una enseñanza o una experiencia especial—. La indagación honesta es el proceso de descondicionamiento para recordar. No es para que la Conciencia gane algo, sino para que esta identidad individual, que se experimenta como separada, descubra su verdadero contexto.
Este reconocimiento no invalida la riqueza de la experiencia relativa. Podemos apreciar el canto de un pájaro sin creer que nuestra existencia depende de él. Del mismo modo, podemos recibir inspiración de diversas fuentes sin proyectar en ellas nuestra autonomía. La paz que emerge no es una conquista sobre el mundo, sino la quietud natural que aparece cuando dejamos de buscar fuera lo que nunca se ha perdido dentro.
¿Y la práctica? Es profundamente simple, aunque no siempre fácil.
Se trata de crear espacios de silencio para observar con honestidad todo lo que surge —pensamientos, sensaciones, emociones, visiones— sin identificarnos automáticamente con ello. Este “sentarse y parar” es un acto radical de autonomía espiritual, donde cultivamos el discernimiento entre el contenido de la experiencia y la Consciencia que lo testifica.
Y aquí un punto crucial: la verdadera práctica sucede en la vida cotidiana. ¿De qué sirve una hora de quietud si, en las interacciones diarias, cedemos nuestra autoridad a cada estímulo externo? La práctica madura es llevar esta mirada discerniente a cada momento: cuando surge el conflicto, la reactividad o la tentación de buscar respuestas fuera, recordamos volver al centro interno de percepción.
El fruto es una serenidad que no niega los vaivenes de la vida, pero que ya no depende de ellos. Reconocer que todo —lo mundano y lo sublime— aparece en la misma Consciencia nos permite navegar el mundo relativo con mayor libertad y menos apego.
Por ello, mi invitación final es esta: no acepten ni rechacen nada de lo leído aquí. Pongan a prueba estas ideas en su propia experiencia. Examínenlas con escepticismo saludable y honestidad brutal. ¿Qué resuena como verdad profunda? ¿Qué genera dependencia? ¿Qué les empodera?
Porque el único criterio válido es el de su propia verificación consciente. Al sentarse en silencio y observar, no para huir del mundo sino para entender su naturaleza, pueden descubrir por sí mismos la diferencia entre la voz auténtica de su ser y el eco de lo que les han dicho que deberían ser.
Meditación: Reconocer el Espacio Consciente
- Observa: Siéntate y permite que lleguen sonidos, sensaciones corporales, pensamientos y emociones. No los juzgues.
- Investiga: Pregúntate con suavidad: «¿Dónde aparecen todas estas experiencias?». No busques una respuesta mental, sino siente el espacio consciente que las contiene.
- Sé: Descansa como ese Espacio Consciente (el testigo), no como lo que surge en él. Como el cielo que contiene las nubes, pero no es las nubes.
- Integra: Antes de abrir los ojos, lleva la intención de mantener esta reconocimiento en tu día. Eres la Conciencia que experimenta todo, no lo experimentado.
«No busques paz; reconoce que eres la conciencia desde donde todo -incluida la paz- se percibe.»
Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».