3 La Presencia en el Día a Día


En el vaivén de las rutinas y el bullicio cotidiano, surge una invitación sutil: detenernos y observar. A menudo, es la vida misma la que, tras los saludos y las tareas diarias, nos guía hacia espacios de quietud y silencio interior. Al parar y prestar atención a lo que sucede dentro y fuera de nosotros, conectamos con una presencia que nos permite habitar el instante. Así descubrimos que, más allá de las ocupaciones, existe un lugar de calma al que siempre podemos regresar.

Hablar de «presencia» es hablar de estar aquí, de sentir plenamente lo que ocurre ahora. No es algo complicado. No requiere sentarse en silencio durante horas ni alcanzar un estado mental especial. La presencia se manifiesta cada vez que nos damos cuenta de lo que estamos sintiendo, del instante que vivimos. Ya sea al caminar, al percibir el sol en la piel o al simplemente escuchar un sonido que capta nuestra atención. Eso es presencia.

No se trata de estar presentes en todo de manera forzada y absoluta, sino de prestar atención genuina a lo que se siente en cada momento. Si algo te provoca tensión —un ruido, una textura, una emoción—, todo surge de nuestra parte sensible, la que nos conecta con el entorno y nos permite comprender cómo nos relacionamos con él.

La vida nos brinda a diario numerosas oportunidades para recordar que estamos presentes. Sin embargo, solemos estar tan identificados con nuestros pensamientos y sensaciones que olvidamos a ese testigo interior que todo lo observa. Reconocer a ese «yo» testigo no es fácil porque, en el fondo, nos resulta un gran desconocido.

A veces tomamos conciencia de él, por ejemplo, en ese instante al despertar de un sueño cuando no sabemos con certeza si estamos ya despiertos o seguimos soñando. Es un espacio de quietud, de vacío, que puede producir vértigo porque sentimos que no podemos «agarrar» la vida, que se nos escapa de las manos segundo a segundo. En ocasiones, la vida se asemeja a una película —de amor, de terror o de cualquier género— pero, por muy real que parezca, siempre la vivimos desde el lugar del espectador.

Esto puede causar inquietud, ya que anhelamos un sentido fijo y cierta seguridad, algo a lo que aferrarnos. Pero la vida no se deja atrapar. Fluye, aparece y desaparece, momento tras momento. Lo único constante es la observación silenciosa, ese testigo interior al que rara vez prestamos atención.

Y es hermoso recordar que, como en la música, entre cada nota hay un silencio; y como en el lenguaje, entre palabra y palabra, un espacio. Sin esos silencios, ni la música ni las frases podrían existir. Lo mismo ocurre entre pensamiento y pensamiento, entre sensación y sensación: hay un espacio de silencio que lo sostiene todo.

La práctica de la presencia no es más que volver, una y otra vez, a ese silencio y a ese testigo, sin buscar un sentido cerrado ni intentar controlar la vida. El sentido está en vivirla plenamente, participando y dejándonos llevar, pero con la sabiduría de que, en el fondo, somos ese «yo» silencioso que observa y da sentido a todo.

Así, la invitación es a sentir, a vivir, a permitir que la vida fluya a través de nosotros, sabiendo que nada puede retenerse, pero todo puede abrazarse desde la presencia. Gracias por estar ahí. Buen día.

«Fugaces son nuestros días y huyen como el agua de los ríos y los vientos del desierto; pero dos días me dejan indiferente: el que ayer murió y el que mañana aún no ha nacido.»

Meditación Breve: El Testigo

  1. Respira. Observa el aire y las pausas.
  2. Abre los sentidos. Recibe sonidos y sensaciones sin juzgar.
  3. Observa los pensamientos como una película, sin aferrarte. Sé el testigo.
  4. Regresa al silencio que hay detrás de todo.

«El descanso más profundo es estar despierto en el presente.»

Texto inspirado en la transcripción de una charla de Alfons Molina para «21 días de meditación».


Descubre más desde ALFONS MOLINA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


Deja un comentario