“Más allá del contacto: El arte de sostener en Biodinámica Craneosacral”


Lo que está sucediendo en nuestras vidas no es un proceso individual, aislado, ni mucho menos lineal. Es una danza en la que cada edad, cada etapa vital, se corresponde con una situación determinada, con un paisaje emocional, corporal y relacional que se manifiesta en nosotros de manera singular, pero nunca separada del conjunto. Es un trabajo en equipo. Aunque no lo sepamos, aunque no seamos conscientes de ello, lo que vivimos es parte de un entramado mayor.

Somos expresión de una totalidad. Y cuanto más nos aquietamos, más posibilidad tiene ese entramado de reorganizarse en nosotros y a través de nosotros. No sólo sanamos a nivel individual, sino que, al entrar en esa equidad silenciosa, también se reorganiza el entorno, las relaciones, incluso el tejido colectivo. Aunque en la superficie parezca que todo se desmorona, en lo profundo siempre hay un equilibrio que se restablece.

La biodinámica craneosacral nos ofrece un acceso directo a esta experiencia. Porque no exige un recorrido espiritual previo ni un trabajo personal sistematizado: simplemente se apoya en lo que ya está presente, en lo innato. Nos devuelve al centro desde el cual todo se ordena. Nos permite encontrarnos con ese punto de quietud que no busca comprender ni solucionar, sino simplemente estar.

Desde ese punto de presencia, de aquietamiento, las tensiones internas, los fulcros, los síntomas, las memorias, comienzan a entrar en diálogo con una inteligencia mayor. No es un diálogo verbal ni racional, es un reconocimiento silencioso. Allí, las mareas del cuerpo –la marea media, la marea larga– interactúan con la matriz de lo que somos, devolviendo al sistema una dirección, un sentido, un pulso.

La salud no es la ausencia de síntomas. Es espacio. Espacio para que lo que tenga que expresarse, se exprese. Espacio para permitir que las memorias se manifiesten, que las tensiones encuentren su cauce, que la historia del cuerpo y del alma tenga lugar. La contracción surge de la falta de espacio, de la presión que ejercemos sobre lo que debería fluir.

Y no es algo que hacemos. Es algo que permitimos. Cuando escuchamos desde la presencia, cuando sostenemos un cuerpo, una historia, una emoción, lo que emerge no es sólo información fisiológica o emocional, sino un orden. Un orden que no imponemos, que no controlamos, pero que está ahí. Es el aliento de vida.

Entrar en ese espacio requiere sostener la paradoja de no hacer. De no buscar nada. Incluso cuando el campo se llena de vibración, cuando la energía aumenta y sentimos que algo está a punto de sobrepasarnos, lo que se nos pide es soltar. Contener sin retener. Sostener sin intervenir. Y para eso necesitamos arraigo, necesitamos cuerpo. Sin cuerpo, sin peso, sin gravedad, esa energía puede llevarnos a la confusión.

El contacto en biodinámica no es un gesto físico. Es una sintonía. Puedes estar tocando con toda la técnica aprendida y no estar en contacto. Y puedes estar en otra sala, o incluso a distancia, y seguir en contacto. Porque el contacto es presencia, es relación, es ese campo compartido donde la sanación sucede por sí misma.

A veces, cuando una persona viene a consulta, parece que no ha cambiado nada. Pero luego comienzan a ocurrir cosas en su entorno: se reorganizan relaciones, se liberan decisiones estancadas, se suelta una rigidez. Porque la sesión no trata el síntoma. Trata el campo. Y el campo se comunica.

Trabajar desde el campo es permitir que las cosas se ordenen sin intención. Y esto nos confronta con nuestra necesidad de hacer, de obtener resultados. Nos obliga a confiar. A dejar que las cosas se den cuando se tengan que dar.

En ocasiones, los momentos más potentes son aquellos en los que creemos que no ha pasado nada. Cuando estamos cansados, cuando nos sentimos limitados, cuando soltamos todo intento de controlar. Y entonces, de repente, algo se acomoda. No por lo que hemos hecho, sino por la coherencia de haber estado. A pesar de nosotros.

Y esta coherencia, esta sintonía, no es algo que se adquiera con conocimientos o con esfuerzo. Es algo que se reconoce, que se va desplegando desde dentro. No se trata de alinearse con el otro para que vibre igual que tú. Se trata de permitir que entre ambos surja una nueva nota. Un Acorde.

La línea media, el vacío, la marea larga… no son ideas abstractas. Son experiencia directa. Y aunque cueste al principio reconocerlas porque «no pasa nada», están ahí. Lo que ocurre es que hemos aprendido a identificar lo real sólo cuando hay estímulo, cuando hay acción. Pero en biodinámica, a menudo, cuanto más sucede, menos se nota.

Este vacío que a veces sentimos, esta suspensión, no es desconexión. Es un estado vibracional profundo. Y sostener ese estado, sin desconectarse, es el verdadero trabajo. Contener la nada. No para hacer nada con ella, sino para dejar que desde ahí surja lo que tenga que surgir.

Porque al final, todo es vibración. Nuestro cuerpo, el de la persona que acompañamos, el campo que compartimos. Todo vibra. Y esta vibración, cuando encuentra espacio, encuentra también la vía para recodificarse, para recordar su forma original.

Y entonces, la salud no es un objetivo. Es una dirección. Un pulso. Un aliento. Que, como la cuerda de una guitarra, resuena en cada una de nuestras células para que vuelvan a cantar la melodía que las creó.

Gracias por estar. Por aquietarse. Por sostener el espacio en el que la vida puede escucharse de nuevo.




Resumen del encuentro con terapeutas en biodinámica junio del 25


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