El silencio que ya somos


Hay una sabiduría que no hace falta alcanzar, porque ya estamos en ella. No es un conocimiento que se adquiere ni una meta que haya que conquistar. Es una presencia que nos habita desde siempre, pero que nos cuesta reconocer. Nos da miedo. Nos inquieta su profundidad. Y por eso la negamos. La vamos tapando con pensamientos, objetivos, discursos, con todo aquello que nos distrae.

Incluso cuando entramos en el silencio —ya sea de forma espontánea o a través de una práctica meditativa— aparece rápidamente la necesidad de nombrarlo, de definirlo, de aferrarnos a una idea. Pero este espacio no pide ser comprendido, ni dominado, ni siquiera buscado. Simplemente es. Y lo único que se nos pide es dejarlo ser.

En la práctica meditativa, al principio ayuda tener un objeto de atención: la respiración, un mantra, una música o una oración. Es como un punto de apoyo que permite calmar la mente. A ese primer estado lo llamamos calma mental. Pero la práctica profunda empieza cuando soltamos también ese objeto y permanecemos en una apertura sin dirección, sin hacer. El problema no es el pensamiento, sino el impulso de hacer algo con ese silencio: darle un sentido, aprovecharlo, domesticarlo.

Hemos aprendido a buscar siempre un motivo, un beneficio: medito para estar mejor, para sanarme, para alcanzar algo. Pero meditar por nada no está de moda. No vende. No da frutos visibles. Y, sin embargo, es el único camino que apunta a lo que realmente somos.

Esa presencia es anterior a toda acción y a toda forma. No es algo que podamos construir, porque ya está aquí. Es anterior incluso a la idea del “yo”. Ese “yo” sin atributos, del que tanto se habla en muchas tradiciones, solo se muestra cuando dejamos de identificarnos con las etiquetas: “yo hago”, “yo soy esto”, “yo pienso”. En la medida en que esos atributos se disuelven, la presencia del ser aparece sola. Y ahí comienza la confianza.

La fe no es creer en una doctrina, sino confiar en esa naturaleza esencial que no necesita ninguna mejora. Confiar incluso cuando todo fuera parece inestable. No se trata de negar las emociones ni las dificultades, pero quedarse eternamente atrapados en el trabajo emocional es seguir alimentando la distracción.

El personaje que hemos construido —ese ego cambiante y adaptativo— no necesita ser eliminado. No hace falta matarlo. No es nuestro enemigo. Es una función, una expresión más de la vida. Pero sí necesita ser observado. Acogido. Y, sobre todo, no identificado. El personaje no es fijo; cambia con el tiempo, con las circunstancias, con los recuerdos. Es una construcción que se disuelve sola si no la sostenemos con nuestra energía.

Por eso, la clave es la observación. La observación desde un lugar que no juzga. Un lugar que acoge. Y eso solo es posible si se practica. No es una teoría. La práctica es esencial, y no porque nos lleve a algún sitio, sino porque nos devuelve al aquí, al ahora, a este instante siempre vivo.

En ese silencio que observamos, tarde o temprano aparecen nuestros fantasmas: miedos, dudas, traumas. No hay que rechazarlos. Tampoco analizarlos. Solo acogerlos. Permitir que salgan. Y, desde esa acogida, se van disolviendo. Esta es la verdadera alquimia del silencio.

Muchos buscan experiencias espirituales, estados alterados, realizaciones místicas. Pero la experiencia del ser no es una experiencia. No tiene forma. No es extraordinaria. Es tan sencilla como respirar, como mirar, como ser testigo de lo que sucede sin añadirle ninguna historia. Por eso cuesta tanto. Porque no hay nada que alcanzar. No hay premio. No hay meta.

Y, sin embargo, es la única libertad posible: reconocer que ya somos libres. Que no hay nada de lo que liberarse, salvo de la creencia de que no lo somos. Incluso en la prisión, incluso en la enfermedad, la libertad del ser no se apaga. Quienes lo han vivido lo saben. No es una teoría. Es una evidencia que se revela cuando todo cae.

Hay maestros, como Ramana Maharshi o U.G. Krishnamurti, que vivieron esto desde el más absoluto no-hacer. No crearon métodos, ni escuelas, ni doctrinas. Solo fueron. Y su presencia fue transformadora, precisamente porque no había nadie detrás.

Este es el corazón del camino: dejar de construir. Dejar de buscar. Dejar de querer llegar. Y quedarse en este silencio que ya somos. Un silencio que no está vacío, sino lleno de vida. Lleno de realidad. Lleno de todo lo que es.

Porque vivir desde el ser no es desconectarse del mundo, sino participar en él desde un lugar no condicionado. Es mirar a los otros y a la vida con la sorpresa intacta de quien no da nada por sabido. Es dejarse transformar, sin saber cómo. Es confiar en la inteligencia natural de lo que es.

Y, sobre todo, es comprender que lo que desmontas en ti, también libera un poco al mundo.

Resumen de la transcripción del encuentro el 10 de mayo del 25


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