La meditación y el reconocimiento del Ser


La meditación es frecuentemente percibida como un medio para alcanzar algo: paz, calma o claridad mental. Sin embargo, cuando nos acercamos al ser desde esta perspectiva, estamos cayendo en una trampa mental. El ser no es algo que podamos buscar, alcanzar o desarrollar. Ya somos. No hay nada que trabajar ni conseguir. Lo que somos, ya es, sin esfuerzo, sin atributos, sin necesidad de explicación.

Este es un punto esencial: todo intento de conceptualizar el ser es, en última instancia, una creación de la mente. Las palabras que utilizamos para describirlo son, en el mejor de los casos, aproximaciones. Pueden parecer significativas en un momento y perder su sentido en el siguiente. El ser, por su naturaleza, está más allá de las palabras y del pensamiento.

Cuando nos detenemos, observamos y nos damos cuenta, este proceso sucede en la mente, no en el ser. Todas nuestras prácticas y esfuerzos son trabajos de la mente: cómo funciona, cómo se relaciona con el cuerpo y cómo interactúa con el entorno, con nuestra familia, nuestro trabajo o nuestras experiencias. Parar, estar en silencio o conectar con la quietud no transforma el ser. El ser no necesita transformación; ya es pleno en sí mismo. Lo que estos momentos nos ofrecen es una pausa en la reactividad de la mente, un espacio en el que podemos percibir con mayor claridad.

Es importante recordar que el ser no tiene identidad, ego o atributos. No es un “yo” que se pueda describir o alcanzar. Cuando decimos “el yo se da cuenta”, en realidad es la mente que se observa a sí misma. La mente es una herramienta valiosa que genera pensamientos y estructuras necesarias para nuestra experiencia de vida. Pero la búsqueda de tranquilidad, felicidad o bienestar no pertenece al ser; es parte del instinto de supervivencia de la mente y el cuerpo.

Todos los seres humanos anhelamos bienestar porque está arraigado en nuestra naturaleza. En un entorno favorable, nuestra supervivencia es más probable, y en un entorno hostil, nuestra mente y cuerpo trabajan constantemente para adaptarse. Sin embargo, incluso en las circunstancias más desafiantes, seguimos buscando esa paz interior que nos permite vivir con mayor armonía.

En este contexto, el ser puede parecer, desde un punto de vista mental, como algo cercano a un amor incondicionado. Este amor no tiene que ver con la emoción o la afectividad, sino con la aceptación de todo lo que es, tal y como es. Sin embargo, atribuir características al ser es, nuevamente, una limitación. El ser no necesita atributos; simplemente es.

Muchas prácticas espirituales confunden la búsqueda de bienestar con el reconocimiento del ser. Pero esta búsqueda pertenece al ámbito de la mente y la supervivencia. Reconocer esta distinción es crucial. Si no diferenciamos entre ambas, corremos el riesgo de perpetuar la confusión que queremos trascender. Liberar la mente de esta confusión nos permite ver con claridad y comprender que no hay nada que conseguir, porque el ser ya es.

Así que, aunque no sea necesario meditar para ser, la práctica de sentarse en silencio, sin buscar nada, tiene su valor. No para alcanzar el ser, sino para liberar la mente de su constante actividad reactiva y condicionada. Si lo que se desea es relajación, hay muchas técnicas útiles y efectivas. Pero la meditación, entendida como un retorno al silencio, no tiene como objetivo la relajación, sino la observación sin juicio, sin voluntad, sin meta.

Cuando nos sentamos en quietud, permitimos que el cuerpo sienta, que los sentidos perciban, que la mente funcione tal como es. Sin intervenir, sin intentar cambiar nada, simplemente dejamos que todo sea. Este acto sencillo y profundo transforma nuestra percepción. Poco a poco, la mente comienza a liberar sus patrones reactivos y condicionados, permitiéndonos percibir lo que somos más allá de cualquier pensamiento, emoción o atributo.

La verdadera liberación no consiste en cambiar nada externo, sino en trascender las construcciones mentales que nos mantienen atrapados en una ilusión de separación. Al ir más allá de los pensamientos, las sensaciones y los condicionamientos, reconocemos que no hay nada que buscar, porque ya estamos en el ser. Este reconocimiento no requiere palabras ni explicaciones. Es una comprensión directa y silenciosa, una aceptación plena de lo que ya es.

Por eso, el acto más simple y profundo que podemos hacer es sentarnos en silencio y permitir que todo sea. No hay nada que solucionar ni ningún lugar al que llegar. En ese silencio, la mente puede ver con claridad, no como un esfuerzo, sino como un darse cuenta natural. Y en esa claridad, reconocemos que lo que somos ya está aquí, completo y pleno.


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