La vida ya está sucediendo


Capítulo 8 de 12

En el capítulo anterior observábamos la distancia que aparece cuando sentimos que estamos aquí y aquello que necesitamos se encuentra en otro lugar. A veces pasamos mucho tiempo caminando hacia una experiencia, un estado o una comprensión que imaginamos situada más adelante.

Sin embargo, mientras buscamos, algo continúa sucediendo.

Respiramos. Escuchamos sonidos. El cuerpo cambia de posición y responde a lo que ocurre a nuestro alrededor. Aparecen pensamientos, sensaciones y emociones. Todo eso sucede antes de que hayamos decidido qué hacer con ello.

La experiencia no espera.

Tal vez estamos escuchando música y, durante unos instantes, algo cambia. El cuerpo empieza a moverse, la atención deja de estar tan centrada en nuestros pensamientos y aparece una sensación difícil de explicar: amplitud, alegría o una disminución momentánea de esa sensación habitual de estar continuamente ocupados con nosotros mismos.

Después pensamos: «Qué experiencia tan extraordinaria».

Pero la experiencia ya había sucedido.

El pensamiento llega después.

Con la danza puede ocurrir algo semejante. Al principio quizá estamos pendientes del cuerpo, del movimiento o de las personas que tenemos alrededor. Hay una cierta vigilancia. Nos movemos y, al mismo tiempo, observamos cómo nos movemos.

En algún momento, esa vigilancia puede disminuir. El cuerpo encuentra un gesto que no habíamos pensado, aparece otro movimiento y, durante unos instantes, no parece necesario dirigir cada parte de la acción.

Después podemos decir que nos hemos soltado, que hemos entrado en un estado de presencia o que el movimiento sucedía por sí mismo.

Las palabras aparecen después.

Esto no significa que sean inútiles. Necesitamos nombrar lo que vivimos para poder compartirlo y, muchas veces, también para comprender algo de nuestra propia experiencia. Decimos miedo, alegría, tristeza, calma o silencio y esas palabras nos permiten orientarnos.

Pero la palabra no contiene aquello que nombra.

La palabra «agua» no calma la sed. Podemos estudiar su composición, conocer su fórmula química y hablar durante horas sobre sus propiedades, pero, si tenemos sed, tendremos que beber.

Con la experiencia sucede algo similar.

Es posible conocer muchas cosas sobre la alegría y no estar alegres. También podemos estudiar el miedo, comprender sus mecanismos y sentir cómo responde el cuerpo cuando aparece. El conocimiento puede ayudarnos mucho, pero la explicación siempre llega a una experiencia que ya está sucediendo.

Primero sentimos.

Después nombramos.

Aunque quizá ni siquiera sea tan ordenado. Muchas veces el cuerpo ha respondido antes de que seamos capaces de reconocer qué está ocurriendo. Alguien entra en una habitación y algo cambia.

Escuchamos una voz, percibimos una mirada o sentimos una presencia y el cuerpo responde.

La respiración se modifica, aparece una tensión o sentimos una proximidad agradable. Después empezamos a construir una explicación.

«Esta persona me pone nervioso.»

«Me siento bien aquí.»

«Hay algo que no me gusta.»

Quizá la explicación sea acertada. Tal vez nuestra percepción ha reconocido señales que todavía no podemos describir conscientemente. También podemos equivocarnos y atribuir a la situación algo que pertenece a nuestra propia historia.

No lo sabemos todavía.

Pero algo ya ha sucedido.

Esto me interesa porque muchas veces vivimos intentando alcanzar la experiencia que ya estamos teniendo. Aparece alegría y pensamos que deberíamos disfrutarla más. Sentimos calma y queremos permanecer en ella. Durante una meditación surge un momento de silencio y, casi inmediatamente, intentamos comprender qué hemos hecho para que aparezca.

La experiencia sucede y, después, empezamos a relacionarnos con ella.

Queremos conservarla.

Repetirla.

Comprenderla.

Ahí puede comenzar otro movimiento.

No porque pensar sobre una experiencia sea un problema. Al recordar algo que hemos vivido, podemos descubrir aspectos que en aquel momento no percibimos, compartirlos con alguien, escribir sobre ellos o intentar comprender qué condiciones los hicieron posibles.

La cuestión es reconocer que, cuando hacemos todo eso, ya estamos en otro momento.

La experiencia original ha pasado.

Esto resulta especialmente evidente cuando intentamos repetir un estado. Un día nos sentamos a meditar y aparece una gran quietud. El cuerpo parece amplio, los pensamientos pierden intensidad y durante un tiempo no necesitamos hacer nada.

Al día siguiente volvemos a sentarnos.

Colocamos el mismo cojín, adoptamos la misma postura y quizá incluso intentamos respirar de la misma manera. Sin darnos cuenta, estamos comparando lo que sucede con el recuerdo del día anterior.

Hoy no es igual.

Hay más pensamientos.

El cuerpo está inquieto.

No consigo llegar.

Pero ¿llegar a dónde?

La experiencia de ayer ya no está sucediendo. Lo que está sucediendo es esto: un cuerpo inquieto, pensamientos, comparación y la sensación de que algo debería ser diferente.

Mientras intentamos recuperar la experiencia anterior, podemos dejar de percibir la experiencia presente.

La mente tiene una extraordinaria capacidad para apropiarse de lo vivido. Algo sucede y rápidamente aparece una historia alrededor.

«Esto me ha pasado a mí.»

«He tenido una experiencia.»

«He llegado a un estado muy profundo.»

No creo que tengamos que vigilar cada palabra ni prohibirnos hablar de nuestras experiencias. Sería absurdo. Si algo me ha sucedido, evidentemente puedo decir que me ha sucedido.

Pero quizá podamos observar cómo una experiencia empieza a convertirse en una referencia.

La recordamos, la explicamos y, poco a poco, construimos una idea de lo que significó. Después utilizamos esa idea para interpretar lo que sucede ahora.

Ya sabemos cómo debería sentirse el silencio.

Sabemos cómo es estar presentes.

Sabemos qué significa soltar.

Y, cuando la experiencia no coincide con lo que sabemos, pensamos que algo está fallando.

Quizá por eso resulta tan sencillo pasar por alto lo evidente.

La vida ya está sucediendo.

No hace falta una experiencia extraordinaria para comprobarlo.

Ahora mismo el cuerpo está haciendo una enorme cantidad de cosas sin que tengamos que dirigirlas conscientemente. La respiración sucede, el corazón continúa latiendo y la digestión sigue su curso. Hay procesos que podemos modificar parcialmente y otros que apenas percibimos.

También escuchamos antes de decidir escuchar. Un sonido aparece y después reconocemos que es un coche, una voz o un pájaro. La percepción ocurre y la mente organiza.

Esto no significa que exista una experiencia pura completamente separada de nuestra historia, nuestra memoria o nuestro sistema nervioso. No sé si podemos establecer una frontera tan clara. Nuestra manera de percibir está condicionada por muchas cosas.

Sin embargo, hay algo sencillo que podemos observar: muchas veces la experiencia ya está en marcha cuando empezamos a hablar sobre ella.

Y entonces añadimos.

Añadimos un nombre, una explicación, una comparación o un deseo. A veces ese añadido es necesario.

Si siento un dolor intenso, quizá necesite identificarlo, explicarlo y buscar ayuda. Si una situación me produce miedo, puede ser importante comprender qué está sucediendo.

No se trata de vivir sin interpretar.

Se trata de reconocer la diferencia entre la experiencia y aquello que vamos construyendo alrededor.

Si hay alegría, ya está siendo sentida. No hace falta decirnos que tenemos que disfrutar del momento para que sea más verdadera. Si aparece tristeza, ya se está expresando antes de que sepamos explicar su origen.

Quizá después necesitemos comprender, hablar o actuar. Cada situación será distinta. Pero durante un instante podemos reconocer que la vida no espera a que tengamos una explicación correcta.

Sucede.

Hay algo profundamente sencillo en esto y, precisamente por eso, la mente puede convertirlo rápidamente en una idea.

«Tengo que vivir la experiencia antes del concepto.»

Y ya tenemos otra tarea.

Empezamos a vigilar si estamos sintiendo de verdad, si la mente ha intervenido demasiado pronto o si nuestra experiencia es suficientemente directa. Podemos volvernos extraordinariamente sofisticados intentando vivir con naturalidad.

No hace falta.

Incluso la interpretación forma parte de lo que está sucediendo.

Aparece una sensación, surge un pensamiento y construimos una explicación. Podemos darnos cuenta de ese movimiento sin tener que eliminar ninguna de sus partes.

Quizá el problema no sea que la mente nombre la experiencia.

La dificultad aparece cuando confundimos completamente el nombre con aquello que está sucediendo.

Decimos «miedo» y parece que ya sabemos lo que sentimos.

Pero el miedo de hoy puede no sentirse como el de ayer.

Decimos «silencio» y buscamos una experiencia conocida.

Hablamos de presencia y quizá empezamos a comprobar si estamos suficientemente presentes.

La palabra señala.

Después podemos mirar.

¿Qué está sucediendo realmente ahora?

No qué debería suceder ni qué ocurrió ayer. Tampoco qué nombre vamos a ponerle o qué significado tendrá dentro de nuestra historia.

¿Qué está sucediendo?

Quizá hay cansancio. Puede haber alegría, inquietud o una sensación difícil de nombrar. Tal vez no encontramos nada especialmente interesante.

La vida no necesita ser interesante para estar sucediendo.

Esto puede resultar decepcionante si llevamos mucho tiempo buscando una experiencia que nos transforme. Esperamos que, en algún momento, algo se abra y podamos reconocer finalmente aquello que tantas tradiciones han intentado explicar.

Puede suceder una experiencia extraordinaria. No tengo ninguna razón para negarlo. Los seres humanos vivimos estados de una enorme intensidad, momentos de unidad, apertura, éxtasis o silencio que pueden modificar profundamente nuestra manera de comprender la vida.

Pero también eso sucede.

Y después cambia.

Quizá lo importante no sea convertir la experiencia en una prueba de algo ni apresurarnos a decidir qué significa. La experiencia puede hacer su recorrido.

Después quizá hablaremos de ella.

Le pondremos un nombre.

Intentaremos comprender.

Y puede que construyamos una teoría extraordinaria.

Pero antes de todo eso, la experiencia ya estaba ahí.

La música sonaba.

El cuerpo se movía.

La respiración sucedía.

La vida no esperaba nuestra explicación.

Ya estaba sucediendo.


Este texto forma parte de una serie de doce capítulos sobre la meditación, el silencio y la exploración directa de nuestra propia experiencia.

Próxima entrega: Capítulo 9. «No hace falta creer»


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