Nunca hemos salido de aquí


Capítulo 7 de 12

En el capítulo anterior intentábamos encontrar al observador. Cada vez que creíamos localizarlo, aquello que habíamos encontrado también podía ser percibido. La pregunta terminaba perdiendo su dirección: no aparecía un observador separado al que pudiéramos señalar.

Y, sin embargo, buscamos.

Quizá la búsqueda sea uno de los movimientos más profundamente humanos. Buscamos alimento, refugio, seguridad y relación. Buscamos comprender el mundo para poder movernos en él y aprendemos a dirigir nuestras acciones hacia aquello que necesitamos. Buena parte de nuestra vida funciona gracias a esa capacidad.

Si quiero aprender a cocinar, tendré que practicar. Si quiero conocer un idioma, necesitaré tiempo. Si quiero comprar una casa, más vale que haga unas cuantas cosas. Hay un punto de partida, un recorrido y algo que queremos alcanzar.

La dificultad aparece cuando trasladamos exactamente esa misma estructura a la investigación sobre nosotros mismos.

Ahora estoy aquí.

Algún día llegaré allí.

No siempre sabemos dónde está ese «allí», pero sentimos que existe. Puede ser la paz, el despertar, la iluminación, la conciencia, la presencia o una forma de libertad que imaginamos situada en algún punto hacia el que todavía debemos avanzar.

La palabra cambia, pero la distancia permanece.

Yo estoy aquí y aquello está allí.

Entonces empezamos a caminar.

No sé si debemos llamar a esto búsqueda espiritual. La palabra espiritual puede complicar las cosas porque enseguida la llenamos de imágenes, creencias y personajes. Prefiero observar algo más sencillo: la sensación de que nos falta algo y que, cuando finalmente lo encontremos, nuestra experiencia será diferente.

Esta promesa puede aparecer en muchos lugares.

Incluso un Ferrari puede formar parte de ella.

Parece una broma, pero no lo digo únicamente como una broma. Podemos querer un Ferrari porque nos gustan los coches, porque es bonito o porque disfrutamos conduciendo. No todo necesita una explicación profunda. Si alguien puede comprárselo y le hace ilusión, que se lo compre.

Pero también podemos observar cómo algunas cosas empiezan a cargarse de una promesa.

Cuando tenga esto, sentiré algo distinto; cuando llegue allí, mi vida cambiará; cuando consiga aquello, por fin…

Los puntos suspensivos son importantes porque muchas veces no sabemos exactamente qué esperamos encontrar. Quizá buscamos reconocimiento, intensidad, libertad o la sensación de haber llegado a algún lugar. El objeto concreto puede cambiar, pero el movimiento se parece: algo que todavía no tengo modificará lo que soy o la manera en que me siento.

Y cuando lo conseguimos, durante un tiempo puede funcionar.

Hay alegría, entusiasmo y una sensación de novedad. No necesitamos despreciar nada de eso ni repetir que los objetos materiales no dan la felicidad. A veces dan bastante alegría y algunas cosas son extraordinariamente agradables.

El Ferrari, además, debe de correr muchísimo.

Pero acaba en el garaje.

Aquello que ayer ocupaba toda nuestra atención empieza a formar parte de la vida habitual. La intensidad cambia y, tarde o temprano, puede aparecer otra cosa que queremos alcanzar.

No siempre buscamos objetos. Podemos buscar reconocimiento, una relación, una posición profesional o una determinada imagen de nosotros mismos. También podemos buscar experiencias.

Y podemos hacerlo meditando.

Nos sentamos porque hemos leído sobre estados de conciencia, silencio, unidad o despertar.

Escuchamos a alguien explicar una experiencia extraordinaria y pensamos que, con suficiente práctica, quizá algún día nos suceda lo mismo.

La meditación puede convertirse entonces en otro Ferrari. Más silencioso, más espiritual, pero un Ferrari.

Seguimos esperando que algo nos lleve a otro lugar.

No hay nada malo en empezar a meditar porque queremos estar más tranquilos o porque atravesamos un momento difícil. Tampoco necesitamos sentirnos culpables por buscar una experiencia profunda.

Todos empezamos desde algún lugar y nuestras motivaciones cambian.

La cuestión es si podemos reconocer el movimiento de la búsqueda.

¿Qué esperamos que suceda? ¿Qué tendríamos que sentir para pensar que la meditación funciona?

¿Cómo imaginamos a la persona en la que nos convertiremos si continuamos practicando?

La búsqueda puede ser extraordinariamente sutil. Podemos haber abandonado muchos deseos materiales y, sin embargo, sostener una enorme ambición espiritual. Ya no queremos dinero, queremos despertar; no buscamos reconocimiento, queremos disolver el ego; no necesitamos tener razón, queremos conocer la verdad.

Las palabras han cambiado.

La estructura puede continuar siendo la misma.

Hay alguien que siente que le falta algo y busca aquello que finalmente completará esa falta.

Quizá por eso podemos pasar de una práctica a otra. Meditamos durante un tiempo, después encontramos una técnica nueva, leemos un libro, conocemos a un maestro y más tarde descubrimos una tradición que parece todavía más profunda.

Cada vez tenemos la sensación de estar acercándonos.

Pero ¿acercándonos a qué?

No digo que no debamos aprender. He leído, practicado y me he interesado por tradiciones muy distintas. Algunas me han acompañado durante años y han modificado profundamente mi manera de mirar. Un libro puede abrir una pregunta, una persona puede mostrarnos algo que no habíamos visto y una práctica puede cambiar nuestra relación con la experiencia.

El problema no está en caminar.

Quizá está en la distancia que imaginamos.

Y, sin embargo, puede reaparecer la sensación de que hay alguien aquí que necesita llegar allí.

¿Quién tiene que llegar?

La pregunta no pretende negar nuestra vida funcional. Si quiero aprender algo, existe un proceso. Si tengo un problema, quizá necesite buscar una solución. Si estoy enfermo, puedo acudir a alguien que me ayude. No tendría demasiado sentido sentarme delante de una avería del coche y repetir que nunca he salido de aquí.

Hay distancias que necesitamos recorrer.

Pero ¿existe una distancia entre lo que está sucediendo y aquello que somos?

Podemos responder rápidamente. Una tradición dirá una cosa, otra utilizará palabras diferentes y quizá encontremos una explicación que nos resulte profundamente convincente. En cuanto respondemos, tenemos una nueva idea sobre la que apoyarnos.

Quizá podamos observar la búsqueda antes de explicarla.

Sentir ese impulso que dice «todavía no».

Todavía no he llegado.

Todavía no comprendo.

Todavía me falta algo.

No se trata de detenerlo ni de convertir el «no buscar» en una nueva práctica. Sería bastante fácil decidir que, a partir de hoy, ya no buscamos nada y empezar a vigilar cada deseo para comprobar si somos suficientemente no buscadores.

La mente tiene recursos.

Podemos simplemente reconocerlo.

Cuando buscamos algo, nuestra atención se dirige hacia aquello que esperamos encontrar. Si hemos perdido las llaves, miramos los lugares donde podrían estar. Si esperamos a una persona en una estación, buscamos su rostro entre la gente. La búsqueda organiza nuestra percepción.

En la meditación puede suceder lo mismo. Si esperamos silencio, estamos pendientes de si hay pensamientos. Si buscamos expansión, observamos continuamente el cuerpo para comprobar si aparece. Si queremos despertar, comparamos nuestra experiencia con todo lo que hemos leído sobre el despertar.

Miramos hacia allí.

Y quizá, mientras miramos hacia allí, dejamos de percibir lo que está sucediendo aquí.

No porque aquí haya una experiencia extraordinaria escondida esperando que la descubramos. Esa idea podría convertirse inmediatamente en otra búsqueda. Ahora buscaríamos «el aquí», intentaríamos permanecer presentes y nos esforzaríamos en sentir que hemos llegado.

No se trata de llegar al presente.

La frase resulta extraña porque, si la observamos un momento, ¿desde dónde tendríamos que llegar?

Estamos aquí.

Incluso cuando pensamos en el futuro, ese pensamiento aparece ahora. Cuando recordamos algo que sucedió hace veinte años, el recuerdo está apareciendo ahora. Podemos estar completamente perdidos en una historia y, aun así, la experiencia de estar perdidos está sucediendo.

Nunca hemos salido de aquí.

Podemos no darnos cuenta. Podemos pasar horas atrapados en un pensamiento, correr detrás de una experiencia o imaginar que nuestra vida empezará realmente cuando consigamos aquello que deseamos. Pero no hemos ido a ningún otro lugar.

La búsqueda también está sucediendo aquí.

Esto no significa que debamos concluir que ya estamos iluminados, que no hay nada que hacer o que cualquier práctica carece de sentido. Serían respuestas demasiado rápidas y, además, podrían convertirse en una posición bastante cómoda.

Podemos meditar, estudiar, practicar y continuar aprendiendo. Podemos reconocer nuestros automatismos y permitir que algunas cosas cambien. La vida está llena de procesos.

Pero quizá podamos mirar con un poco más de atención la distancia que construimos cuando pensamos que aquello que buscamos se encuentra fuera de este instante.

Yo estoy aquí.

Aquello está allí.

¿Es realmente así?

La pregunta puede quedar abierta.

Al observar ese movimiento de ir hacia algún lugar, podemos reconocer algo muy sencillo: incluso mientras buscamos, la experiencia ya está sucediendo.

Nunca hemos salido de aquí.


Este texto forma parte de una serie de doce capítulos sobre la meditación, el silencio y la exploración directa de nuestra propia experiencia.

Próxima entrega: Capítulo 8. «La vida ya está sucediendo»


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