¿Quién observa?


Capítulo 6 de 12

Cuando nos sentamos y empezamos a observar lo que sucede, hay algo que parece sencillo.

Aparece un pensamiento y nos damos cuenta de que estamos pensando; sentimos una molestia en el cuerpo y podemos reconocer dónde está; surge una emoción y percibimos su intensidad, la manera en que modifica la respiración o cambia nuestra sensación corporal.

Observamos todo eso y, en algún momento, aparece una pregunta: si puedo observar un pensamiento, ¿soy yo ese pensamiento?

Un pensamiento aparece, permanece durante un tiempo y desaparece. Incluso podemos darnos cuenta de que llevábamos varios minutos completamente atrapados en él. Hace un momento estábamos dentro de la historia y, de repente, reconocemos que estábamos pensando.

Con el cuerpo sucede algo similar. Podemos localizar una tensión en el abdomen, una presión en el pecho o un dolor en la espalda. También podemos reconocer una emoción y decir que estamos enfadados, que tenemos miedo o que estamos tristes.

El lenguaje nos ayuda a nombrar la experiencia y es necesario para movernos en el mundo. No hay ningún problema en decir «estoy triste» o «me duele una muela». Si me duele una muela, duele; no vamos a negar el dolor porque estemos meditando.

Pero el hecho de poder observar lo que sucede abre una pregunta más difícil.

¿Quién observa?

Podemos localizar una sensación. El dolor está en la muela, la presión aparece en el pecho y la tensión se siente en el abdomen. Con los pensamientos resulta un poco más extraño porque muchas veces tenemos la impresión de que están en la cabeza, aunque no podamos señalar exactamente dónde se encuentra un pensamiento. Aun así, podemos reconocer que hay un pensamiento, una sensación o una emoción.

Cuando intentamos localizar aquello que observa, la experiencia empieza a complicarse. Quizá sentimos que está detrás de los ojos, en la cabeza o en algún lugar desde el que parece mirar todo lo demás. Cada persona puede tener una percepción distinta, pero podemos investigar directamente qué sucede cuando buscamos al observador.

Si cerramos los ojos y dirigimos la atención hacia aquello que parece estar mirando, quizá aparezca una sensación en la cabeza, una especie de centro desde el que sentimos que estamos observando. Sin embargo, ocurre algo curioso: también podemos percibir ese lugar. Si siento una presencia detrás de los ojos, puedo reconocer esa sensación; si aparece una imagen de mí mismo observando desde algún punto, también puedo verla. Incluso la sensación de estar aquí, en el centro de la experiencia, puede ser percibida.

Entonces la pregunta vuelve a aparecer.

¿Quién observa?

En cuanto intentamos responder, la mente empieza a trabajar. Necesitamos saber quién está ahí y podemos llamarlo conciencia, presencia, el Ser o el testigo. Las tradiciones contemplativas han utilizado muchas palabras y algunas proceden de investigaciones de una enorme profundidad. Las palabras nos ayudan a señalar, compartir y reconocer determinados aspectos de nuestra experiencia.

La dificultad aparece cuando la palabra cierra la pregunta.

Podemos decir «soy la conciencia» y sentir que finalmente hemos encontrado una respuesta. Pero ¿qué es la conciencia?

Podemos buscar una definición, leer un libro o escuchar a alguien que parece tenerlo clarísimo. La explicación puede resultar extraordinariamente convincente y quizá sintamos que por fin hemos comprendido algo.

Pero una explicación no es necesariamente aquello que está señalando.

En el capítulo anterior hablábamos de la forma y de nuestra tendencia a sostenerla incluso cuando quizá ya ha cumplido su función. Lo mismo ocurre con las respuestas. Una palabra nos ayuda a aproximarnos a una experiencia, pero después podemos quedarnos agarrados a ella y convertirla en el lugar donde descansamos. Decimos que ya sabemos quién observa y la investigación termina.

Quizá podamos continuar mirando antes de responder.

Aparece un pensamiento y lo reconocemos; surge una sensación y la sentimos; una emoción modifica el cuerpo y percibimos algo de ese movimiento. Después dirigimos la atención hacia aquello que parece estar observando y descubrimos que no resulta tan fácil encontrarlo.

Estamos acostumbrados a orientarnos mediante referencias. Sabemos dónde está nuestro cuerpo, conocemos nuestro nombre y tenemos una historia que nos permite reconocernos. Recordamos cosas que hemos vivido y podemos imaginar, con mayor o menor claridad, lo que queremos hacer mañana.

Todo eso es necesario. Si alguien me llama por mi nombre, respondo; si tengo una cita, intento recordar a qué hora es y, si voy al médico, puedo explicar qué me sucede y contar parte de mi historia.

No necesitamos destruir al personaje ni negar nuestra identidad para meditar.

Sin embargo, cuando observamos directamente, la pregunta continúa siendo interesante: ¿dónde está exactamente ese yo que parece estar viviendo la experiencia?

Podemos señalar el cuerpo y decir «aquí estoy», pero el cuerpo es percibido. También podemos hablar de nuestra historia y afirmar «esto soy yo», aunque esa historia puede ser recordada, pensada e interpretada de maneras diferentes. Otra posibilidad es identificarnos con nuestra personalidad, nuestra forma de reaccionar o el conjunto de experiencias que hemos vivido. Son aproximaciones perfectamente válidas y pueden ayudarnos a comprender muchos aspectos de nosotros mismos.

Aquí, sin embargo, estamos utilizando el microscopio de otra manera. No intentamos construir una definición psicológica ni encontrar una explicación filosófica. Estamos mirando qué podemos observar directamente.

Hay un sonido, una sensación, un pensamiento o quizá una imagen. Y también aparece la sensación de que todo eso me está sucediendo a mí.

Esto me interesa especialmente. No la discusión sobre si existe o no existe un yo, porque puede ocuparnos durante siglos y, de hecho, lo ha hecho. Me interesa la experiencia concreta de sentir que hay alguien en el centro de lo que sucede.

¿Cómo aparece esa sensación? ¿Está siempre presente? ¿Tiene una localización? ¿Cambia?

Podemos investigar.

A veces estamos tan implicados en una experiencia que no parece existir ninguna distancia. Si sentimos una rabia intensa, durante unos instantes hay enfado, pensamientos, tensión corporal y una enorme urgencia por actuar. Después puede aparecer el reconocimiento: «Estoy muy enfadado».

Algo ha cambiado. La rabia puede continuar exactamente ahí, pero ahora está siendo reconocida.

¿Quién la reconoce?

La psicología utiliza la figura del observador y puede ser extraordinariamente útil. Aprender a reconocer un pensamiento, tomar cierta distancia de una emoción o mirar una situación desde otra perspectiva puede ayudarnos a vivir de una forma más funcional. No hay ninguna necesidad de despreciar ese nivel de trabajo.

Pero podemos seguir mirando.

Si hay un observador contemplando una emoción, parece que tenemos dos lugares: aquello que sucede y alguien que lo observa. Yo estoy aquí, la emoción está ahí y yo la miro. Sin embargo, cuando intentamos encontrar directamente a ese yo que mira, volvemos a tener dificultades.

Cada vez que creemos haberlo localizado, descubrimos que aquello que hemos encontrado también puede ser percibido.

Si el observador parece estar detrás de los ojos, esa sensación es percibida. Si aparece como una presencia silenciosa, la presencia es reconocida. Si sentimos que somos el testigo de todo lo que sucede, también podemos reconocer la sensación de ser ese testigo.

Podríamos convertir esto en un juego mental interminable, con un observador que observa al observador que observa al observador, hasta acabar completamente mareados. Pero no se trata de eso.

La pregunta no pretende conducirnos hacia una respuesta lógica.

Estamos acostumbrados a observar objetos, sensaciones, pensamientos y acontecimientos. Siempre parece haber algo delante de nosotros que podemos estudiar. Cuando intentamos mirar al que mira, el instrumento se vuelve sobre sí mismo.

Es como intentar que el ojo se vea directamente sin utilizar un espejo. Podemos ver una imagen reflejada, construir una representación o describir cómo creemos que somos, pero aquello que mira no aparece como un objeto separado que podamos colocar delante de nosotros.

En nuestra necesidad de responder podemos acudir rápidamente a una tradición. El budismo puede ofrecernos un lenguaje, el advaita otro y la psicología utilizará conceptos diferentes. También podemos recurrir a la neurociencia y preguntarnos qué procesos cerebrales participan en la construcción de la sensación de identidad. Todas estas aproximaciones pueden resultar enormemente interesantes.

Pero, durante un momento, podemos dejarlas a un lado y volver a la experiencia.

Estamos sentados. Hay respiración, aparece un sonido, surge un pensamiento y todo ello puede ser percibido. Entonces preguntamos de nuevo quién se da cuenta y dirigimos la mirada hacia el lugar donde suponemos que debería encontrarse el observador.

Buscamos.

Cada vez que aparece algo que podemos señalar —una sensación detrás de los ojos, una imagen, una presencia, incluso la impresión de ser conciencia— eso también está siendo percibido. Podemos seguir buscando, retirar una respuesta tras otra y volver una y otra vez a la misma pregunta.

¿Quién observa?

Quizá llegue un momento en que la pregunta ya no pueda avanzar. No necesariamente porque desconozcamos la respuesta ni porque nos falte investigar un poco más. La pregunta presupone que hay alguien que observa y que, si buscamos suficientemente, podremos encontrarlo.

Pero, cuando miramos, encontramos pensamientos, sensaciones, sonidos, imágenes y la propia sensación de estar aquí. Incluso la impresión de ser quien está observando aparece dentro de la experiencia.

No encontramos al observador separado de lo observado.

Entonces, ¿quién podría responder?

Incluso decir «no lo sé» puede conservar la impresión de que hay alguien que no sabe, un yo situado frente a la pregunta reconociendo su incapacidad para responder. Pero quizá la dificultad no esté en una falta de conocimiento. Aquello que busca la respuesta también forma parte de lo que está siendo percibido.

La respiración sucede, el sonido aparece y el pensamiento surge. De algún modo, todo ello está siendo percibido.

En cuanto preguntamos quién se da cuenta, volvemos a buscar una entidad, un centro, alguien a quien atribuir la experiencia. Sin embargo, al mirar directamente, ese alguien no aparece separado de lo que sucede.

No necesitamos concluir que «no hay nadie». Eso volvería a ser una respuesta, una idea que podríamos aprender, recordar y repetir. Habríamos sustituido «yo soy el observador» por «no hay observador» y la mente tendría una nueva posición desde la que explicar la experiencia.

Seguimos mirando hasta donde la pregunta nos lleve.

¿Quién observa?

Y quizá, cuando ya no encontramos a nadie que pueda responder, la pregunta termina por sí misma.


Este texto forma parte de una serie de doce capítulos sobre la meditación, el silencio y la exploración directa de nuestra propia experiencia.

Próxima entrega: Capítulo 7. «Nunca hemos salido de aquí»

*Del libro «El Ferrari Espiritual», sección «¿Quién observa?».*


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